jueves, 13 de junio de 2013

¿una maestra regañona?





La templanza es una de las cuatro virtudes maestras. Sin embargo, es la única que parece no entonar con el mundo contemporáneo. Se le desprecia por asociársele con las prohibiciones y el puritanismo. Se le ve como maestra regañona por imperar en la cultura actual el hedonismo, el consumismo, la permisividad y el relativismo. Aun así, la templanza no deja de ser una virtud maestra. No es ni regañona, ni egoísta, ni fea, ni avinagrada. Es la maestra hermosa del autodominio, del buen gusto y de la buena vida. Es una virtud que pueden y deben inculcar los padres a sus hijos.


Desde la antigüedad clásica—podríamos decir desde siempre—, se distinguieron cuatro virtudes maestras: la prudencia, la justicia, la fortaleza (valentía para los griegos) y la templanza.

La prudencia y la justicia se refieren a la toma de decisiones sobre los bienes concretos que nuestra voluntad debe abrazar.

La prudencia nos permite decidir sobre cómo mejor conseguirlos. La justicia nos permite asignar las responsabilidades y los beneficios que corresponden a cada uno a la hora de procurar y de gozar esos bienes.

La fortaleza y la templanza se refieren a la fuerza de voluntad que necesitamos ejercer para conseguir esos bienes. La fortaleza nos da el vigor para caminar hacia los grandes bienes elegidos. La templanza nos da el vigor para no quedarnos a medio camino con bienes menores a los elegidos. La primera conquista lo difícil. La segunda no se conforma con lo fácil.

A estas cuatro virtudes se les dice maestras porque sostienen y hacen posibles todas las demás. De la prudencia sigue, por ejemplo, el ser avisado; de la justicia, el respeto a los demás; de la fortaleza, la perseverancia, y de la templanza, la castidad.

La templanza, ¿una maestra regañona?
Nadie duda sobre la importancia de la prudencia, ¿a quien le gustaría que lo consideren tonto?; nadie, sobre la excelencia de la justicia, ¿a quien le agradaría que lo llamen ladrón?; nadie, sobre el esplendor de la valentía, ¿quién no se avergonzaría de haber sido alguna vez cobarde, de no haberse atrevido al éxito?
De lo que hay dudas es sobre la templanza. Muchos se preguntarían, ¿qué es eso? Es más, de ser varones, una gran mayoría se burlarían del joven que a los 20 años conserve todavía su virginidad.

—¿Quintito, eh? ¿No sufrirás de un problema físico o psicológico?—, le preguntarían.

Tal vez se lo pregunten así porque, entre las grandes maestras, la templanza parece la regañona. Si la fortaleza nos anima con el “tú puedes, tú puedes”, la templanza nos desinfla, desde que somos pequeños, con su interminable lista de “noes”:

—No te hagas pipí en la cama.
—No te atragantes de dulces.
—No juegues con la comida.
—No golpees a tu hermanito.
—No te metas los dedos en la nariz y menos los metas en el enchufe eléctrico.
—No salgas encuerado a la calle, es más, no salgas a la calle.
—No veas tanta televisión.
—No grites, no llores, no te rías, no hables, no respires...
—No te juntes con esos niños malcriados.
—No tortures al gatito con alfileres.
—No llegues tarde a cenar.
—No dejes tirada tu ropa.
—No se anden besando ni tocando.

En fin, además de sonarnos regañona, la templanza se nos presenta con cara de avinagrada, intolerante y envidiosa. No quiere que hagamos justo lo que se nos antoja, nos gusta y podemos en el momento hacer.

—¡Ah!—pensamos—, ahí viene de aguafiestas porque, tal vez señorita todavía, no puede o no ha probado las mieles.

A todo esto hemos de agregar que la templanza tiene unas hermanastras más celosas que ella misma en eso de impedirnos darnos gusto: las prohibiciones. Si la primera nos persuade y nos da fuerza para no ceder ante los antojos, las segundas simplemente nos ponen barreras externas para no alcanzarlos:

—Prohibido que compres y bebas alcohol
—Prohibido circular sin cinturón de seguridad.
—Prohibido tirar la basura.
—Prohibida la prostitución.
—Prohibido besarse en público.

Como algunas prohibiciones absolutas—por ejemplo, la del alcohol—no han funcionado, es más, como han hecho más peligroso el vicio al fomentar la venta de alcohol adulterado, no pocas personas concluyen que ninguna prohibición sirve, y de paso niegan que “la maestra regañona” sirva después de todo para alguna cosa buena.

Esta mala reputación de la templanza se agrava en el contexto de la cultura contemporánea. Nuestro estilo de vida es hedonista, consumista, permisivo y relativista. Nos dice:
—Tú goza el día, quien sabe cómo pinte el mañana—. Y se corrige:

—Tú goza el día, que como quiera pintará bien mañana, pues ya hay edulcorantes y grasa artificiales que no engordan, ya hay anticonceptivos, es más, el látex que reduce el riesgo del sida, ya hay, en fin, en caso de que falle todo, camaradas de avanzada que te aplaudirán si abortas, perdón, si ejerces tu “derecho a decidir”, y hay quienes, moribunda tú de sida en el hospital, te recordarán allá en la calle en su propaganda política, no como promiscua, que lo fuiste, sino como una persona que te atreviste a desafiar “prejuicios”, que te atreviste a vivir a tu manera.
Finalmente, el desprestigio de la templanza toca fondo cuando sus impostores, es decir el puritanismo y el “todo es malo”, se presentan como sus representantes legítimos y pregonan:

—El sexo es sucio; el vino, fatal; los bailes, frívolos; reír, de necios; cantar, de impíos; un tuetanito con sal, antesala de la tumba; comer carne, de asesinos de animales; admirar la belleza de una mujer, de cerdos; fumar un cigarrillo, de suicidas; gozar, en fin, de la vida, cosa del demonio.

La verdad sobre la templanza
La templanza parece tener un rostro muy desagradable, pero, aun cuando así lo fuese, seguiría siendo una de las cuatro virtudes maestras: es la que evita que el hombre malbarate su vida en poquedades.

De hecho, no tiene nada de avinagrada ni de amargada. Santo Tomás de Aquino [i] pide que no confundamos la templanza con ser o volverse insensibles y apocados. El templado no es insensible a la sabrosura de los placeres que pone a un lado, ni es un apocado que tema o se avergüence de simplemente haberlos deseado. El templado reconoce esos placeres, puede incluso desearlos, pero no se distrae con ellos para no perder los bienes que mejor le convienen.

El templado, en vez de insensible, se caracteriza por el buen gusto. Pone a un lado lo bueno por preferir lo mejor. El templado no es tampoco un hombre débil que no se aproxima al placer porque no pueda, sino un hombre fortísimo que, aunque puede gozar de ese placer ordinario, renuncia a él por perseguir un bien aun mayor y más difícil. Renuncia, por ejemplo, a una gran cena de langosta con la alta sociedad. Lo hace no por que no pueda comerla o no pueda codearse con la crèmè de la crèmè, sino porque puede mucho más: reservar su apetito a una cita de tostadas con frijoles que le preparó para esa noche su amada. Así una niña, desde pequeña, renuncia a los muchos dulces y a los muchos pasteles porque sabe que así la mirarán a ella y no al vestido durante la fiesta de los quince años. Un hombre se olvida de las muchas mujeres no porque no pueda revolcarse con todas ellas, sino porque puede algo mejor y más difícil: amar de lleno a la más bella que es su esposa. Y un sacerdote no ha renunciado a casarse por ser un castrado. Al revés, porque tiene muchos pantalones es que se atrevió a dedicarse de lleno a Dios. De alguna manera, así son o deben ser las renuncias de todos nosotros. Nos lo prescribe el mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”.

Si la templanza vence al mal gusto, debe, pues, tener un rostro amable. Y sí que lo tiene, pues vence además a la inmadurez, a la puerilidad y a la incontinencia, vicios, según santo Tomás, que sólo se toleran a los niños por no aprender ellos todavía a controlar sus esfínteres y sus impulsos.

La madurez es fruto de la templanza, y se manifiesta con el autodominio, con no ser veleta que se mueve según el primer viento que sople. El desenfreno, en cambio, es de bestias que, por carecer de razón, nunca pueden tomar la rienda de sus apetitos.

Así, la belleza, dice santo Tomás, es otro de los frutos de la templanza. Y digo yo: ésta reviste al hombre y a la mujer, aun desnudos, de una gracia y hermosura fundados en el dominio de sí mismos y en el goce de la buena vida y las buenas costumbres. Con el desenfreno el hombre y la mujer se bestializan. Aunque se cubran con un abrigo de esquimales, no pueden ser sino feos. Miran, se encorvan y se mueven según sus impulsos más primitivos. Lucen vulgares por no comportarse mejor que los animales.

Es más, el desenfreno, contrario a la templanza, es peor que la cobardía. Según Aristóteles y santo Tomás de Aquino, la cobardía es al menos un impulso natural que sigue al miedo a la muerte. El desenfreno es un impulso antinatural que busca la muerte, pues despilfarra tu hacienda, enloda tu reputación, te gana enemigos, destruye tu familia, arruina tu cuerpo, extingue tu salud, cava tu tumba y condena tu alma. No otra cosa le siguen a esos abusos, manifestaciones del desenfreno, llamados glotonería, drogadicción, borrachera y lujuria, los cuales la templanza combate con las virtudes de la moderación, abstinencia, sobriedad y castidad.

Si el desenfreno te hace perder tu dinero, la templanza te permite conservarlo. Tanto la fortaleza como la templanza se combinan para mejorar tu economía, la una con la inversión y la otra con el ahorro.

Pero volvamos al desenfreno. No sólo calienta tu vientre, sino peor aun la cabeza. He allí esos brutos que ante la más pequeña contrariedad no pueden detenerse y estallan en la ira. Así desatan odios, atizan pleitos, alimentan rencores, violentan cuerpos y almas, derraman sangre, libran guerras y siembran muerte por donde pasan. ¡Peor aun!, recrudecen la venganza dejándose llevar por un impulso ponzoñoso que ni los animales se permiten: la crueldad. No es sino la templanza que puede venir al rescate. Lo hace a través de tres discípulas: la calma, la mansedumbre y la clemencia.

No es sino la templanza la que permite que las manos no cojan, los ojos no vean, los oídos no escuchen y aun la mente no piense lo que no les corresponde. Es, además, la templanza la que amarra a esa fiera temible, me refiero a la lengua, la cual suelta tiene más filo y hace más daño que una espada. Es, en fin, la templanza el salvavidas que rescata al corazón cuando el torbellino de la tristeza y el aturdimiento del dolor quieren hundirlo en la desesperación. De algún modo, la templanza es así fuente de alegría.

Pero decía que el desenfreno calienta la cabeza. Agrego ahora: también la llena de humo. De abandonarse el hombre al amor desmedido hacia sí mismo, acaba perdiéndose entre las vanidades y la soberbia.

De nuevo es la templanza la que viene al rescate, ahora con la humildad. Si la soberbia es el primero de los pecados y con ella Adán y Eva perdieron el Paraíso, la humildad es la primera de las virtudes, el escalón inicial que nos pone en marcha al Cielo. La templanza solidifica también esa humildad con la sencillez, es más, con la modestia en el vivir, en el actuar, en el hablar, en los gestos y en el vestir.

Sin la templanza, fijémosnos bien, las demás virtudes desfallecen. La prudencia se ciega con las pasiones desbordadas. No puede ya ver lo que es verdaderamente bueno. La valentía se olvida de pelear porque, como Aquiles, se entretiene con los rencores y los bajos apetitos. La justicia ya no da a cada quien lo suyo porque, avarienta, quiere todo para sí.
Es interesante precisar el remedio de santo Tomás de Aquino contra la curiosidad indebida y desaforada. Ésta se templa no con la ignorancia sino procurando el conocimiento de manera ordenada, con la disciplina del estudio. La templanza es madre así de la cultura, de las artes, de la civilización.

Por tanto, no consideremos más a la templanza como una maestra regañona, egoísta, fea y avinagrada. Es la maestra hermosa del autodominio, del buen gusto y de la buena vida.

La dificultad de la templanza
Tanto la fortaleza como la templanza dependen de voluntades poderosas. Para ello, la voluntad debe adquirir el debido vigor con ejercicios que la pongan a prueba y así acrecienten.
Desgraciadamente, dice José Ortega y Gasset, [ii] vivimos en tiempos en que ya no hay retos para ejercitarse, para fortalecerse. Vivimos en una época comodona en que para conseguir algo ya no se tiene que trabajar a fondo. Si queremos iluminar una recámara, ya no hay que prender un fuego, basta mover un switch. Si queremos cubrir nuestros cuerpos, ya no hay que hilar ni tejer, basta ir a la tienda y comprar un vestido.

¡Vamos!, si queremos descubrir el cuerpo de una mujer, ya no hay que casarse con ella, ya no hay tampoco que seducirla engañosamente, ya no hay ni siquiera que pagarle su cuota a una prostituta, basta conectarse a la internet y perderse en sus millones de páginas pornográficas gratuitas. Somos, en términos de fortaleza, una sociedad blandengue porque no nos cuesta ya nada conseguir lo que queremos.

Frente a la abundancia y la facilidad de los bienes pudiera al menos uno fortalecer su voluntad a través de la templanza, renunciando a lo que no es ni conveniente ni necesario. Pero los dictados de nuestra sociedad actual son los de una sociedad hedonista, permisiva y de consumo:

—Atragántate, hártate, empuércate, no de otra manera serás feliz—, nos bombardean los medios masivos en cada segundo de nuestras vidas.

Un paso previo para educar la templanza es, pues, el convencernos de que los medios masivos y la sociedad consumista en general nos mienten. Para ello, echemos una mirada crítica al paradigma de felicidad que nos ofrecen: hombres que triunfan porque tienen con qué satisfacer cualesquiera de sus caprichos. Hollywood en alguna medida identifica el lugar donde encontraríamos las mayores oportunidades para así triunfar: Estados Unidos. Allí cada individuo puede vivir, se nos dice, “a su manera”, y lograr el “sueño americano”. Revisemos este paradigma no por criticar a nuestros vecinos sino para no dejarnos engañar por el modelo hedonista, relativista, consumista y permisivo propuesto.

Si se dice que los estadounidenses son exitosos porque pueden satisfacer mejor sus antojos, tal vez por ello muchos sufren de un alma gorda y blandengue. Tan ensimismados en sus fáciles caprichos, carecen de la suficiente fuerza como para renunciar un poquito a sí mismos y sostener alguna relación permanente y profunda con alguien más. Un americano rompe un promedio de siete veces en su vida con la comunidad la cual se propuso hacer permanente, mudándose, en cada ocasión, a otra a miles de millas de distancia donde tampoco echará raíces. [iii] Es decir, no tiene lazos comunitarios, ni amigos, ni huella en ningún sitio permanentes. Es más, solo un 23% de los adultos permanecen casados, pues sólo la mitad de sus “familias” llegan a fundarlas en el matrimonio y, de ellas, la mitad de sus “familias” las deshacen por el divorcio—“la ropa interior dura más que la mayoría de los matrimonios”, ha aguijoneado un bromista—; es más, entre los divorciados, aquéllos que se vuelven a casar tienen las más altas probabilidades de reincidir en el divorcio. En fin, la cantidad de viviendas con personas solas supera ya al número de viviendas con familias tradicionales. [iv] A estas estadísticas del último censo estadunidense podrían agregárseles los hallazgos de David Blakenhorn, del Institute of American Values: en los programas de educación pública americanos se prefiere ahora la palabra “relación” a la de “matrimonio” [v] a tal punto que las autoridades locales a lo largo del país “no aceptarían de ninguna manera materiales escolares que avalen al matrimonio”. [vi] Algunas escuelas, como la Rodeph Sholem en Manhattan, han prohibido incluso las celebraciones del Día de la Madre para “no ofender los sentimientos” de los niños a quienes deliberadamente se les ha privado de una madre, pues están a cargo de papás siempre solteros o de parejas gay. [vii] La comunidad y la familia no son ya “valores americanos” [viii] porque nuestros vecinos no han sabido ni podido, por blandengues, renunciar a su individualismo. Muchos americanos son hombres que viven en la más triste de las soledades.

Así, aunque consuman hasta el hartazgo, forman una sociedad que sufre un profundo vacío de vida. Y tienen que llenar ese vacío de vida con algo, lo que sea. Así, si en México uno de cada veinte habitantes alguna vez han abusado de alguna droga,[ix] en Estados Unidos lo han hecho uno de cada tres, inclusive sus dos últimos presidentes.[x]

Clinton específicamente estuvo a punto de perder la Presidencia por su relación con la Lewinski. Según nos confiesa en su reciente libro Mi vida,[xi] se enredó con la mujer porque no había obstáculos, porque le fue fácil, porque no tenía ni que esforzarse en conquistarla, es decir, porque él fue un débil. Con la colegiala ya encima, no tuvo la templanza, la fuerza de voluntad, de decir “no”.

De hecho, no sólo con droga, sino con la más degradante pornografía intentan los americanos simular el contento. Producen 800 millones de videos triple XXX al año, un promedio de tres por habitante, más de cinco por adulto.[xii] Para entender la perversidad de esta cifra, hay que visualizarla en casos concretos. Un tailandés, compañero mío de estudios, compartió un dormitorio universitario con un americano por seis meses. Compartió también el teléfono. ¡Qué susto se llevó el tailandés al recibir el primer recibo telefónico! Se había gastado el americano varios miles de dólares en llamadas pornográficas. Le preocupaba al tailandés menos el lograr que el americano pagase los dólares que le correspondían que el pensar que su compañero de cuarto era un degenerado sexual.

Una sociedad blandengue es también una sociedad que no puede contener su ira. Algunos pensarían que la violencia contra la mujer es mayor en Italia y en España, donde sus varones les gusta presumir de muy machos, y cuyas culturas se alimentan aún, dicen algunos, del oscurantismo eclesiástico y medieval.

Pues no. La violencia y aun asesinatos contra la mujer prevalecen en los países más ricos y “progresistas” de Europa, es decir, Finlandia, Dinamarca, Suecia, Alemania y el Reino Unido. Lo que une a estos países es su cultura permisiva, hedonista, relativista, consumista y su riqueza sin límite. Si ceder a tus impulsos, cualesquiera que sean, es aceptable y aun encomiable, entonces también es aceptable y encomiable que golpees a las mujeres: “es que así me nace”. No hay templanza, por tanto, no hay freno contra la violencia hacia la mujer.[xiii]

La educación de la templanza
No nos hagamos tontos, pues, acerca del valor de la templanza. Es una virtud maestra y debemos inculcarla en nuestros hijos. Para ello les ofrezco las siguientes recomendaciones:

1º. No te dé pena ser firme, incansable, constante en repetir la interminable lista de “noes” a tus hijos (“no hagas esto, no hagas lo otro”). Pero no lo hagas con pena, con enojo, con amargura. Que no piensen que la templanza, las renuncias, son propias de una señora regañona, seca y avinagrada. Las renuncias son de una señora hermosa y de buen gusto.

2º. Salvo algunas excepciones, la templanza nos permite renunciar no a cosas feas, sucias o absolutamente malas, sino a cosas buenas en favor de otras mejores. Por tanto, no presentes el sexo como sucio, ni los dulces como feos, ni el vino como el demonio. El día que los prueben tus hijos descubrirán que fuiste un mentiroso. Lo que deben saber, pues, tus hijos es que renuncian a esos bienes para asegurarse otros que más les convienen.

3º. Por tanto, en la medida en que tus hijos vayan teniendo uso de razón, infórmales y recuérdales los bienes mayores que persiguen tras renunciar a los menores con la templanza.

4º. De allí sigue el formarles el buen gusto. Para ello, si les pides que renuncien a los muchos dulces, demuéstrales que la renuncia es sensata, que el platillo por el cual esperan hasta la hora de la comida no sólo alimenta sino además es mucho más sabroso. En consecuencia, preocúpate por cocinar mejor que el vendedor de fritos y refrescos embotellados de la esquina. Preocúpate por demostrarles, con ejemplos de vida, que el amor es más hermoso que una página pornográfica.

Según santo Tomás de Aquino, hay dos tipos de desenfreno. Uno es consecuencia de la impetuosidad: el hombre responde inmediatamente a sus impulsos y se abandona tontamente a ellos sin informarse. Otro desenfreno es consecuencia de la debilidad de carácter: aunque el hombre esté informado, aun así cede a sus bajos apetitos. De esta distinción siguen las siguientes dos recomendaciones para educar la templanza:

5º. Logra que tus hijos, antes de obrar, se acostumbren a informarse. Que aprendan a ser prudentes, que no reaccionen como resorte y ciegamente a sus impulsos. Así vencerán al desenfreno por impetuosidad.

6º. Ahora bien, el desenfreno por debilidad de carácter lo vencen dándole vigor a la voluntad. Educa, pues, la fortaleza de tus hijos. No les des todo en la boca. Según su edad, que cada uno vaya gradualmente encargándose de conseguir sus cosas. “Si quieren azul celeste, que les cueste”. El vigor propio de la fortaleza finalmente es un vigor que redunda a favor de toda la voluntad, es decir, también en favor de la templanza.
Otras formas de vigorizar la templanza son las siguientes:

7º. La templanza se puede fortalecer directamente si empezamos con su hija menor, la modestia. Ésta es tan modesta que no pide ni grandes ni aparatosas renuncias. Las pide pequeñitas. No nos dice “no compres vestidos” sino “ no compres vestidos caros”; no nos dice “no comas pastel” sino “no te comas todo el pastel”; no nos dice “cállate” sino “no hables solamente tú”. De este modo, si ya aprendimos a hacer pequeñas renuncias, nos será más fácil hacer grandes renuncias después.

8º. Pero si les pides renuncias a tus hijos, ponles el ejemplo. Demuéstrales que tú también puedes, y que puedes mucho. Renuncia, por ejemplo, a concretar el más grande negocio de tu vida, a la oportunidad de lograr la paz entre los palestinos y los judíos, a ganar el título mundial “Non Plus Ultra” si así lo exige el tiempo no solo “cualitativo”, sino también cuantitativo que requieren tus hijos. No te conformes con evitar la glotonería y las borracheras, extrémate en la calma, la humildad, la mansedumbre, la alegría, la clemencia, la fidelidad en el matrimonio y aun la castidad, pues la castidad es también para los esposos. Tu esposa no es un objeto de uso, no es un trozo de carne que conseguiste por allí para desfogar tus genitales. Ella es tu amada. Por tanto, respétala, ámala. Sean los dos no únicamente un solo cuerpo sino también una sola alma.

Ahora bien, debes ponerle especialmente el ejemplo a tus hijos al corregirlos en sus destemplanzas. Por tanto, no cedas a la ira. Escoge mejor la mansedumbre y la humildad, frutos de la templanza. La humildad en particular no puede permitirse eso del orgullo herido, eso de “¡Qué bochorno!”, eso de “¡Hijo mío, por qué me haces esto, a mí, tu padre!” La humildad no puede sino solidarizarse con la fragilidad humana.

Por supuesto, lo hace no para aplaudir o abandonarse en la mediocridad, sino para levantarse y salir de ella. Del mismo modo, la mansedumbre no significa permisividad. Significa sólo que la firmeza se expresa no iracunda sino calmada.

9º La templanza además se fortalece y ennoblece dándole directamente un valor positivo a la renuncia. Entonces, que no sea para tus hijos un simple privarse de algo. Que sea mejor un acto de justicia: que den lo que les sobra a los que no tienen. Que sea mejor un acto de generosidad: que den lo que no les sobra a quienes no tienen. Que sea incluso un acto de amor: que se den ellos mismos a los demás.

Dios, que es Amor, resume la razón de la templanza con estas palabras:

—El que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará.
La templanza nos exige, pues, no sólo pequeñas renuncias. A veces nos las exige grandes, renuncias completas, como el entregar nuestras mismas vidas. De allí que deba adelantarles a ustedes una última recomendación.

10º. Denle vigor a su templanza con la virtud de la religión, ármenla con la fortaleza de Dios, que hay renuncias tan grandes que no podrían sus hijos, ni ustedes, ni nadie cumplir de no sostenernos su Santo Espíritu.

Autor: Arturo Zárate Ruiz | Fuente: arbil.org


Notas

[i] .El tema de la templanza lo desarrolla santo Tomás de Aquino en su Suma de Teología, II–II, cuestiones 141–170.
[ii] .Ver La rebelión de las masas.

[iii] .Uno de cada 15 norteamericanos se muda permanentemente de condado cada año, precisa Robert Putman en “Who Killed Civic America?” Prospect (Londres: Marzo de 1996), y agrega que en las últimas décadas la desintegración de las comunidades se ha agravado por la proliferación de lo que se llama “suburbia”, es decir, zonas rurales urbanizadas en donde los vecinos viven lo suficientemente lejos los unos de los otros como para ignorarse del todo.

[iv] . Ver, por ejemplo, “Menos del 25% en EU vive casado y con hijos. Cada vez son más los estadounidenses que viven solos, reporta el censo”, nota de la agencia REUTERS publicada por El Norte (Monterrey: 16 de mayo del 2001) 23A.
[v] . En México, es muy normal que hablemos ya no de “mi esposa” o “mi esposo” sino de “mi pareja”.

[vi] . Ver David Blakenhorn, “On marriage” Propositions (Invierno del 2000), citado por Richard John Neuhaus, “The Public Square”, First Things 113 (Mayo del 2001).
[vii] .Ver Jonah Goldberg, NRO editor, “My School Bans Mother’s Day”, National Review Online, (8 de mayo del 2001), .
[viii] .Notese que se empezaría a romper el cerco relativista si en lugar de hablar de “valores americanos” se hablase, con razones, simplemente de valores.

[ix] .Ver Encuesta Nacional de Adicciones, DGE, IMP, CONADIC/SSA, 1998.
[x] .Ver Michael D. Lyman y Gary W. Potter, Drugs in Society. Causes, Concepts, and Control, (Cincinnati: Anderson Publishing Co., 1996) 77, quienes citan el reporte nacional del U.S. Bureau of Justice Statististics de 1992.
[xi] .Ver Bill Clinton, My Life, (Knopf, 2004).
[xii] .Ver, por ejemplo, “El cine porno con todo”, www.zonagratuita.com; “El cine porno genera, solo en los EEUU, ventas por valor de 10.000 millones de dólares anuales”, www.noticiasdot.com.


[xiii] .Ver Miguel A. Loma, “Golpe a golpe”, Revista Arbil, Apostando a los valores, 81 (España: junio del 2004) www.iespana.es/revista-arbil/arbi-d81htm.

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