domingo, 30 de junio de 2013

LA COMPAÑÍA DE DIOS




Podrás pensar que mi vida ha sido fácil y aquí estoy, sin trabajo, a mis cincuenta años, luchando cada día por llevar el pan a la casa.

Curiosamente, vivo tranquilo. Ilusionado. Agradecido con Dios por el don de la vida, por los hijos, la familia, pidiendo como un mendigo la “gracia”.

Anoche pensé en los porqués de la vida, y recordé las palabras de san Alberto Hurtado, aquél sacerdote chileno que veía a Cristo en los pobres y clamaba emocionado: “El pobre es Cristo”.

“¿Para qué está el hombre en este mundo? El hombre está en el mundo porque alguien lo amó: Dios. El hombre está en el mundo para amar y ser amado”.

He pasado largo rato en oración. Ha sido un hablar maravilloso con Dios, en medio de la noche y el silencio.

A medida que pasaba el tiempo comprendí que soy como una jarra astillada, esperando al alfarero que la repare. Me di cuenta de mi poca fe.

Para ser verdaderamente feliz, debo aprender a confiar en las promesas de Dios:

“No se inquieten entonces, diciendo: "¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?". Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6-31,33).

Quiero aprender el amor. Salir cada mañana de mi casa, amando a mis semejantes. Tener caridad. Llevar a Dios a mis hermanos, los que viven solos, los que sufren, los que no han sentido el abrazo de un amigo.

Las horas pasaron y todo fue silencio, hasta la madrugada. De pronto, súbitamente, comprendí: Era verdad lo que decía santa Teresa: “Sólo Dios basta”. No necesitas más.

Me invadió una esperanza tan grande. Una paz sobrenatural. Una alegría inmensa.

¿Será la presencia de Dios?

Fue como si una flama incendiara mi corazón, surgió una necesidad de amar y de golpe me di cuenta: “El camino, es el amor”. “El sentido de la vida, es el amor”.

Esa llama, que todos guardamos, hay que avivarla, usarla para incendiar este mundo cansado, con el fuego y el amor de Dios.

Al amanecer, dejé atrás la incertidumbre y el temor y empiezo de nuevo a caminar. Esta vez más seguro, más confiado, porque sé que no estamos solos.

El hombre no está sólo. Dios lo acompaña.


Autor: Claudio De Castro

viernes, 28 de junio de 2013

Conduce sin espejos retrovisores






“En el atardecer, danos tu luz, Señor.” Estamos en el atardecer. Estoy en los sesenta-y-seis años de mi vida que es un don magnífico del Padre celestial. Las dos terceras partes de mis contemporáneos han pasado ya a la otra vida. Así que yo también me tengo que preparar para el gran momento. El pensamiento de la muerte no me produce inquietud... Mi salud es excelente y todavía robusta, pero no me tengo que fiar. Me quiero preparar a poder responder: “Aquí estoy”, a la llamada, tal vez inesperada. La vejez –que es otro gran don del Señor- tiene que ser para mí motivo de callada alegría interior y de abandono diario al Señor mismo, al que me dirijo como un niño hacia los brazos abiertos de su padre.

    Mi ya larga y humilde vida se ha ido devanando como una madeja bajo el signo de la simplicidad y de la pureza. No me cuesta nada reconocer y repetir que no soy más ni valgo más que un pobre pordiosero. El Señor me hizo nacer en el seno de una familia pobre. El ha pensado en todo. Yo le he dejado hacer... Es verdad que “la voluntad de Dios es mi paz.” Y mi esperanza está puesta totalmente en la misericordia de Jesús...

    Pienso que el Señor me tiene reservado, para mi completa mortificación y purificación, para admitirme en su gozo eterno, alguna gran aflicción o pena, del cuerpo y del espíritu antes de que me muera. Bien, pues, lo acepto de todo corazón, que sirva todo para su mayor gloria y el bien de mi alma y de mis queridos hijos espirituales. Temo la debilidad de mi resistencia y le pido que me ayude ya que no tengo casi ninguna confianza en mí mismo, pero una total confianza en el Señor Jesús.

    Hay dos puertas que dan al paraíso: la inocencia y la penitencia. ¿Quién puede pretender, oh hombre frágil, encontrar la primera abierta de par en par? Pero la segunda es acceso seguro. Jesús pasó por ella con su cruz cargado, expiando nuestros pecados. El nos invita a seguirlo.


Beato Juan XXIII (1881-1963), papa. Diario del alma, junio 1957( antes de su elección al Papado)

lunes, 24 de junio de 2013

La lluvia, el Sol, y Dios






Fray Jacinto era otro cuando llegaba una tormenta y llovía a cántaros. Su corazón se expandía como esponja. Daba una y otra vez gracias a Dios al contemplar sin cansarse cómo las gotas rebotaban en tejados y terrazas, cómo bajaban alegre por cañerías y caminos, cómo dejaban empapados campos y ventanas.

Fray Bernardo, en cambio, amaba intensamente los días de Sol. Su corazón se abría con una sonrisa inmensa cuando contemplaba el cambio de colores del cielo por la mañana, mientras se levanta aquella estrella que calienta los campos, que hace cantar a los jilgueros y a los mirlos, que da un color vivo a las flores y los árboles. Desde lo más profundo de su alma agradecía a Dios por cada jornada llena de luz y de alegría.

Era frecuente que fray Jacinto sintiese cierta pena cuando la lluvia tardaba en llegar. Rezaba una y otra vez para que el cielo abriese sus compuertas y las aguas llegasen nuevamente a fecundar la tierra.

También era habitual que fray Bernardo sintiese una cierta congoja y opresión interior cuando un día sí y otro también el cielo parecía de plomo y el Sol permanecía secuestrado entre nubes amenazadoras.

Cuando hablaban entre sí, se hacía patente las perspectivas tan diferentes que tenían fray Jacinto y fray Bernardo. Incluso a veces, medio en broma y no tan en broma, fray Jacinto reprochaba a fray Bernardo el que la lluvia se hiciera esperar, o fray Bernardo encaraba a fray Jacinto por rezar tanto por la lluvia y porque era “muy escuchado” por el Padre de los cielos.

Un buen día, los dos se dieron cuenta de que lluvia o Sol, agua o calor, vientos o bonanza, todo procedía de Dios.

Era Dios quien establecía cuándo y cómo llegaba el “buen tiempo” o empezaban las lluvias. Era Dios el que ponía un límite a las aguas y el que adornaba las nubes con un arco iris presagio de paz y de luminosidad. Era Dios el que permitía días o semanas de prueba, cuando la sequía dejaba campos y bosques en angustias, o cuando las lluvias torrenciales desbordaban ríos y provocaban avalanchas de barro en las colinas.

Así, sencillamente, los dos frailes aprendieron que un gusto personal no puede condicionar el querer divino, y que Dios sabe lo que es mejor en cada momento para sus hijos, aunque no siempre los hombres lo comprendamos ni lo que ocurre encaje con nuestros deseos.

Desde entonces, su oración no era pedir una y otra vez la deseada lluvia (fray Jacinto), o suplicar que las nubes huyeran lejos para dejar al Sol el cielo abierto (fray Bernardo). Empezaron a pedirle al Señor que, si era su Voluntad, bendijese y acompañase a sus creaturas, hombres y jazmines, liebres y alcornoques, con su Bondad infinita y misteriosa. Esa Bondad sabe darnos siempre lo que más nos conviene, aunque no siempre sea lo que deseamos. Si, además, Dios hace que alternan días de lluvia y días de sol, pues los dos contentos y agradecidos...


Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

viernes, 21 de junio de 2013

Coge la cruz de cada día





 “Que coja su cruz cada día y me siga”

    El peso de la cruz, que Cristo ha cargado, es la corrupción de la naturaleza humana con todas sus consecuencias de pecado y sufrimiento, con las cuales la castigada humanidad está abatida. Sustraer del mundo esa carga, ése es el sentido del vía crucis. No se trata, pues, de un recuerdo simplemente piadoso de los sufrimientos del Señor cuando alguien desea el sufrimiento. La expiación voluntaria es lo que nos une más profundamente y de un modo real y auténtico con el Señor. Y ésa nace de una unión ya existente con Cristo. Pues la naturaleza humana huya del sufrimiento… Sólo puede aspirar a la expiación quien tiene abiertos los ojos del espíritu al sentido sobrenatural de los acontecimientos del mundo; esto resulta posible sólo en los hombres en los que habita el Espíritu de Cristo…

    Ayudar a Cristo a llevar la cruz proporciona una alegría fuerte y pura… De ahí que la preferencia por el camino de la cruz no signifique ninguna repugnancia ante el hecho de que el Viernes Santo ya haya pasado y la obra de redención haya sido consumada. Solamente los redimidos, los hijos de la gracia, pueden ser portadores de la cruz de Cristo. El sufrimiento humano recibe fuerza expiatoria sólo si está unido al sufrimiento de la cabeza divina.

    Sufrir y ser felices en el sufrimiento, estar en la tierra, recorrer los sucios y ásperos caminos de esta tierra, y con todo reinar con Cristo a la derecha del Padre; reir y llorar con los hijos de este mundo, y con los coros de los ángeles cantar ininterrumpidamente alabanzas a Dios: ésta es la vida del cristiano hasta el día en que rompa el alba de la eternidad.


Santa Teresa Benedicta de la Cruz [Édith Stein] (1891-1942), carmelita, mártir, copatrona de Europa. “El amor a la Cruz” meditación del 24/11/1934

jueves, 20 de junio de 2013

Prudencia y Calma








Una persona que vive la virtud de la Prudencia

La persona que vive la virtud de la Prudencia se distingue porque en su trabajo
y en sus relaciones con los demás, recoge una información que enjuicia interiormente de acuerdo con los criterios rectos y verdaderos. Luego, analiza las consecuencias buenas o malas para sí misma y para los demás. Por último, antes de tomar una decisión, actúa o deja de actuar, de acuerdo con aquello que haya decidido.
La virtud de la Prudencia nos permite reflexionar adecuadamente antes de tomar cualquier decisión. Para decidir, es necesario reflexionar con calma para ver lo bueno o lo malo de esa decisión. Se trata de analizar las consecuencias. La virtud de la prudencia es la que nos educa para reflexionar bien y así, decidir bien.
Bien dicen que la Prudencia es la "madre de todas las virtudes". Sin una buena reflexión no habrá buenas decisiones. Si se reflexiona con superficialidad o equivocadamente, nada realmente de provecho se logrará en la vida.
Si no se reflexiona bien, el pecado entrará en tu vida, pues decidirás libremente seguirlo ya que no descubres la maldad que hay detrás de él. Quedarás engañado y esclavizado.

La prudencia de los padres.

La vida de los padres no es fácil. Hay muchas preocupaciones, actividades y dificultades que no nos permiten reflexionar con calma ante las decisiones que hemos de tomar respecto a nuestros hijos. Generalmente, vamos decidiendo según sean las circunstancias que nos rodean y muchas veces no tomamos las mejores y oportunas decisiones.
Posiblemente los padres no tomen decisiones muy importantes con sus hijos, pero sí toman pequeñas decisiones continuamente. Desde que los hijos se levantan, deciden "mil y una" cosas pequeñas: qué se han de vestir, qué han de desayunar, cómo arreglarlos, a qué hora salir para la escuela, como corregirlos inmediatamente cuando desobedecen o se portan mal,… Son ocasiones que requieren la intervención de los papás.
Pero, ¿saben los padres realmente qué quieren de sus hijos? ¿Conocen las consecuencias que tendrá tratarlos con dureza o demasiada exigencia? ¿Saben realmente qué es lo mejor para ellos, lo que les ayudará a ser personas maduras?
Cuando un padre desarrolla la virtud de la Prudencia, se informa sobre aquellos detalles que realmente han de ser útiles para la educación de sus hijos.

Distinguir entre qué es lo importante y lo que no.

Por ejemplo, si tu hijo se ha esforzado realmente por hacer sus deberes de la escuela, con tenacidad y dedicación, pero en el exámen se pone nervioso y lo hace mal. ¿Qué es lo más importante? ¿Haber sacado un ocho o haberse esforzado aunque no haya sacado diez? ¿Acaso te preocupas más por las cosas que no son importantes?

Los enemigos de la Prudencia

La precipitación:
Es decir, cuando se decide sin reflexionar, por las prisas o los agobios.
¡Detente en el camino! Observa bien el mapa. Aprende a distinguir por dónde has de avanzar. Si no lo piensas, te precipitarás y tomarás decisiones imprudentes.

La debilidad de voluntad:
Cuando un padre de familia es débil de voluntad y se deja llevar por sus estados de ánimo, enojos e impaciencias, no podrá reflexionar bien antes de tomar las decisiones que se requieran. La falta de dominio personal lleva a tomar decisiones imprudentes.

Las pasiones:
Si por un lado la debilidad de voluntad nos hace ser imprudentes, las pasiones son el otro enemigo que entra en juego. Si no sé cómo dominar esas pasiones, ellas me cegarán al tomar las decisiones. Nunca tomes una decisión cuando estés bajo el dominio de una pasión.

¿Qué se necesita para ser prudente?

Reflexiona: Esfuérzate por pensar bien sobre lo que vas a hacer. Analiza las consecuencias, responsabilízate de ellas, valora diferentes opciones. No decidas lo primero que se te viene a la cabeza.

Posee valores: Para ser verdaderamente prudente, tenemos que tener nuestros valores muy bien establecidos, como vimos en sesiones pasadas. Si para mí no es un valor decir la verdad, ¿cómo seré prudente cuando me vea tentado a mentir?

Conoce criterios rectos y verdaderos: Si soy cristiano, he de conocer los criterios que Jesucristo quiere que yo viva en mi vida, para que las decisiones que tome sean conforme a ellos. Por ejemplo, si no conozco ni aprecio los mandamientos de la Ley de Dios, ¿cómo he de decidir ante las circunstancias de la vida? ¿Cómo sabré si el divorcio, el adulterio o el aborto son buenos o malos, si no conozco lo que Dios piensa de ellos? ¿Cómo podré ser honrado,
honesto, veraz si desconozco los criterios del Señor sobre ellos?

Acrecienta tu fuerza de voluntad: Sucederá que conoces qué valores son los que te acercan a Dios, los criterios que el mismo Dios te da, pero, ¿cómo decidir conforme a ellos si tienes una voluntad débil que se deja vencer por las tentaciones? ¿Cómo vas a decidir luchar en contra del pecado si tu voluntad es de papel? Y cuando las pasiones te ataquen, ¿cómo guardarás la serenidad para reflexionar si tu voluntad es débil?

Capacidades hay que desarrollar en nuestros hijos para que sean prudentes

- Que sepan observar bien: quien se detiene a observar, podrá reconocer lo bueno y lo malo.
- Que sepan distinguir entre lo que sucedió y lo que dice la gente que sucedió.
- Que sepan distinguir entre lo que es importante y lo que no lo es.
- Que sepan buscar bien la información que les permitirá decidir bien.
- Que sepan analizar lo que se les dice. Que no repitan de memoria las cosas, sino que las entiendan.
- Que sepan analizar las consecuencias de algo que van a decidir.
- Que sepan dominar sus enojos para que vean con serenidad la realidad.

Si los padres de familia ayudan a sus hijos a que reflexionen constantemente sobre lo que hacen y las consecuencias que traerán sus decisiones, poco a poco se irán acostumbrando a reflexionar y a ser prudentes.

En la Biblia, en (San Lucas 11, 38-42) verás a Marta y a María, dos amigas de Jesús. Él las visita y María escucha la palabra del Señor. Marta, en cambio, prefiere hacer los quehaceres de la casa. Jesús le dice: "Marta, Marta, tú te inquietas y te preocupas por muchas cosas. En realidad, una sola es necesaria. María escogió la parte mejor, que no le será quitada".

Autor: Francisco Cardona

miércoles, 19 de junio de 2013

¿De qué sirve rezar?






Al principio encontramos a Adán y Eva en el jardín con Dios. Cuando Cristo resucitó, se apareció a María Magdalena también en el jardín (Jn 20,11) Ese jardín es hoy nuestro corazón. Con el bautismo, Dios ha hecho de nuestro corazón un jardín donde quiere pasarlo bien con cada uno de sus hijos, en una relación íntima y familiar, como lo hacía con Adán mientras paseaba con él en el jardín del Edén tomando la brisa de la tarde.

Dios está dentro, pero los espacios físicos para el encuentro con Dios importan; pueden ayudar o estorbar. Dios quiso que lo percibiéramos con los sentidos. Dios se ha hecho visible: "Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos..." (1 Jn 1,1)

Las cosas de Dios deben irradiar la luz de la belleza divina. Son camino para conocerle a Él y medio para despertar o avivar el deseo del encuentro. De allí la importancia del sentido estético en las capillas.

Estábamos construyendo una ermita dedicada al Sagrado Corazón en un centro misionero y de espiritualidad que tenemos en Chilapa, en el Pico de Orizaba, México. Gracias a Dios ya la terminamos.

Desde que comencé a misionar en aquel lugar, quedé sorprendido por su belleza: la belleza de la gente y de los paisajes. Me daba la impresión de que era la belleza de Dios derramada sobre el mundo. Las cosas bellas nos transportan hasta la belleza de Dios, nos hablan de Él

Darse el tiempo para gustar la belleza de la creación es darle al Espíritu la oportunidad de que haga brotar en nosotros una oración como la de San Agustín:

"¡Tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo... Pero tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera." (S. Agustín, Confesiones

Alguien me preguntó: ¿De qué sirve hacer una ermita? Es como preguntar: ¿De qué sirve rezar?
En la relación con Dios, la gratuidad es determinante. Él no se preguntó eso cuando nos hizo. No puedo explicarlo mejor que Javier Sánchez (Sevilla), en su artículo: "Lo bello y lo inútil de la liturgia". Cito algunos párrafos:

"Nada más destructivo que preguntar: "¿para qué sirve?", en vez de admirar la cosa en sí misma, en su bondad y belleza intrínsecas. Es la pregunta de la sociedad utilitarista. En el caótico mundo de la producción y la eficacia, ¿cabe aún lo inútil? ¿Para qué sirven las rosas? Para nada... pero ¿sería mundo de personas un mundo sin rosas? ¿Para qué sirven las plantas, el lirio y la margarita.... el abrazo fraterno, el regalo navideño, la llamada telefónica...? Para nada.... sin embargo, ¿sería habitable nuestro mundo sin una bocanada de natural gratuidad, que nos invita a recrearnos olvidándonos de la agitada producción?"

El "hacer" no es el criterio del "valer". Mirar las cosas con los ojos del pragmatismo es igual que cerrar los ojos ante el multiforme espectáculo de la belleza de la vida, de la creación, de la persona. Y el que cierra los ojos no penetra sólo en su egoísta función: todo lo mide, lo cuantifica, lo pesa, ¿cabe por algún sitio lo gratuito?

"Lo bello vale tanto como lo útil. Tal vez aún más".

La estética humaniza y eleva al hombre, le hace salir de sí mismo y entrar en la belleza, permitiéndole el acceso a unas realidades superiores donde el espíritu humano penetra con respeto y, a la vez, se enriquece. Aquí las ideas se disparan y multiplican, y, al verse impotentes en su descripción, enmudecen, dejando paso al asombro, a la admiración, al silencio contemplativo. Y también aquí los sentimientos empiezan a surgir, sin orden ni concierto, en maravillosa sinfonía, como tormenta torrencial que deja la tierra humedecida.

En el mundo de la naturaleza todo es gratuito. Nada ha sido producido por el hombre. Si este deja de tomar las cosas por su eficacia y productividad, y las mira por lo que son, no por lo que valen, las maravillas de la naturaleza se tornarán en fuente de belleza y primer ejemplo de gratuidad: todo le ha sido dado al hombre.

La gratuidad es indispensable en el amor; también en el amor a Dios. Gratuidad es generosidad, es dar sin necesidad, sin tener que hacerlo, simplemente por amor. Dios ha sido magnánimo con nosotros, se nos ha dado en sobreabundancia, sin ningún mérito por parte nuestra. El estilo de amor de Dios con nosotros es una continua invitación a que nosotros le tratemos a Él con la misma generosidad con que Él nos trata.

Y quisiera citar otro texto que habla del mismo tema desde otro punto de vista. Para mí es una invitación a orar más, a contemplar más a Dios, a darme más tiempo y tiempo de más calidad para estar con Él simplemente "porque sí" y luego dejar que Dios se manifieste.

"La obra de la cultura es, en efecto, revelación. Ella intenta, aunque el artesano no pueda tener conciencia del Espíritu que le ilumina, manifestar la Gloria de Dios oculta y cautiva en la creación. En la vasija que modela, en los hijos que despierta a su libertad o en el poema que crea, el hombre que cultiva la creación trata de revelar el significado de una inmensa sinfonía donde él es, a la vez, instrumento insustituible y testigo maravillado. Busca el Rostro amado que lo llama desde las profundidades de su ser" (...)
"Para que nuestra mirada libere toda la Belleza escondida en todos los seres, necesita antes ser bañada de luz, en Aquel cuya mirada derrama la Belleza. Para que nuestra palabra pueda expresar la sinfonía del Verbo, debe primero fundirse en el silencio y en la armonía. Para que nuestras manos modelen el icono de la creación, antes tenemos que dejarnos hacer por Aquel que une nuestra Carne al esplendor del Padre". (Jean Corbon)


Autor: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com

martes, 18 de junio de 2013

Los silencios del microscopio






El microscopio permanece en silencio. Sus poderes quedan en potencia mientras espera que algún ojo y, sobre todo, alguna mente, se asome a sus cristales de aumento. Espera que alguien lo use, que lo tome, que observe horizontes insospechados de vida y de materia, que piense, que estudie y que decida.

Son más las cosas ante las que el microscopio calla que las que pueda hacer visibles. Calla ante los valores, pues no es capaz de distinguir entre un experimento hecho para curar y otro hecho para matar. Calla ante la verdad, pues hay quienes mienten a la hora de interpretar lo que han visto a través de las lentes. Calla ante la justicia: un descubrimiento puede servir para beneficiar a los pobres o para hacer más ricos y más egoístas a los poderosos.

Calla el microscopio ante la dignidad del ser humano. Al ver a un embrión no puede decirnos si es algo para “usar y tirar” o si merece el respeto propio de una dignidad superior. Aunque no se “vea”, todo ser humano (también el que ha iniciado una vida “microscópica”) tiene un valor incalculable, un valor que sólo ven los corazones grandes y las mentes que razonan según la verdad y no según el sofisma o los intereses del momento.

Son muchos los silencios del microscopio. No nos revelará el porqué de la vida, sino sólo detalles o fragmentos del cómo. No nos dirá si la muerte es la frontera definitiva, o si existe una vida más allá de las estrellas. No nos desvelará si tenemos un alma espiritual (el espíritu es invisible), o si somos sólo un caótico y complejo conjunto de energía, enzimas y reacciones hormonales. No nos explicará si vale la pena ser fieles al matrimonio o jugar con el amor, si los hijos merecen respeto o serán aceptados sólo según los proyectos o caprichos de los mayores, si la esclavitud es una injusticia o es sólo la señal de que los más fuertes se imponen siempre sobre los más débiles.

Guarda silencio el microscopio. En su esquina espera que unos ojos se asomen nuevamente; que unas manos le den vueltas y vueltas; que un corazón desee servir al mundo, descubrir una medicina, curar a enfermos. Quizá haya quien lo use para el mal, quien destruya embriones con la excusa de que así conquistará nuevas fronteras para la ciencia, quien estudie maneras para fabricar explosivos capaces de matar a miles de personas.

Son muchos los silencios del microscopio. Con su ayuda, a veces imprescindible, otros hablan. Las palabras de muchos científicos reflejan mentes y corazones distintos: grandeza de espíritu o egoísmo prepotente. El microscopio es, simplemente, un instrumento puesto entre manos humanas. Manos que llenarán el mundo de nuevas injusticias, o manos que sembrarán esperanzas, amor, respeto, y justicia verdadera.


Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net 

lunes, 17 de junio de 2013

¿Cómo entrar en la presencia de Dios?








La oración es entrar en la presencia de Jesús y dejar que Él se descalce para entrar en nuestro corazón. Acercarse a él por medio de nuestro corazón humano, con actos de fe, esperanza y caridad. Con la humildad de quien se sabe necesitado y deseoso de ser perdonado, levantado y restaurado en su dignidad original.

«Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra». Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz». (Lc 7,36-38; 44;-50)

La fe me pone a sus pies en adoración
Esta mujer pecadora había escuchado hablar a Jesús y sus palabras llegaron profundamente a su corazón. Buscaba la oportunidad de tener un encuentro con Él. En su corazón daba vueltas a lo que le diría, cómo justificaría su presencia, qué le pediría…. Un día, aprovechó que el Señor iría a comer con un fariseo para presentarse ante Él.

Cargaba a cuestas muchos pecados y la soledad era su única compañera. Abandonada, señalada por todos, indigna se acercó en silencio hasta ponerse detrás de Jesús, sentada a su sus pies.

El primer paso para entrar en la oración y ponernos a los pies de Jesús es “escuchar”. Escuchar quizás hablar de Él, interesarse, dejarse interpelar por su nombre y avanzar hacia Aquél que siempre está “pasando” a nuestro lado. Descubrir tantas invitaciones que nos hace cada día. Así, poco a poco, ante su presencia real y amorosa, no tendremos miedo de acercarnos como somos. Cargando nuestra historia, nuestros pecados, miserias, pero también y sobre todo, nuestras esperanzas, deseos, anhelos de auténtica felicidad, paz y amor.

Tener fe en el Maestro es hacer silencio a nuestro alrededor, a lo que otros dicen, piensan, incluso a lo que yo mismo pienso o digo de mí. Es presentarme a quien me conoce mejor de lo que yo me conozco para que Él me diga quién soy yo, y qué tengo que hacer con mi vida. Es dejar que sus pies caminen por mi alma, que el Camino se haga peregrino en mi corazón, que sea viajero en mi interior, Pastor de mis esperanzas, temores, deseos, heridas.

A los pies de Jesús esta mujer se siente libre porque se siente respetada, protegida y querida. Jesús la mira y se deja amar. Qué hermosa definición de lo que es nuestro encuentro con Cristo. Ser mirados y dejarnos amar por Él, dejarnos “hacer” de nuevo, ser creados por su amor, modelados, acariciados, renovados en esa imagen que Él tiene de nosotros en su corazón.

La esperanza riega sus pies con mis lágrimas

Su mirada esta fija en los pies de Jesús. No se atreve de momento a levantar sus ojos, quiere comenzar esta obra de conversión con un gesto humilde, de servicio, de cariño. Los pies de Jesús están llenos del polvo del camino. Un polvo que es una imagen de las historias de hombres y mujeres de su época que ha conocido, visitado y redimido. Es el polvo del hombre que se pega en los pies del peregrino por excelencia. ¡Benditos pies! «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios!» (Is 52,7)

Los ojos se llenan de lágrimas que son como perlas que se ofrecen al Rey de su alma. Arrepentimiento, conversión, dolor, contrición. Cada una de esas lágrimas son un canto de amor y de adoración. La alegría superficial de una vida de pecado se transforma en una alegría profunda que se expresa con el agua que también nace del corazón de esta mujer y que transforma su mirada. Estas lágrimas son como un colirio que le ayudan a ver mejor a Dios. Colirio de fe y esperanza. Su vida ahora sí tiene sentido, todavía hay posibilidad de redención cuando hay arrepentimiento y esperanza. Ha aprendido a no esperar nada de los hombres y esperar en el Hombre-Dios.
Estar a los pies de Jesús es descubrir un nuevo paisaje lleno de esperanza. Esperar en Jesús no es esperar de Él, sino esperarle a Él. Y decirle en silencio estas palabras:

“Descálzate oh Jesús porque estás pisando tierra sagrada. Sí, como pediste a Moisés que se descalzase ante la zarza ardiente, hoy te digo que mi corazón es esa zarza ardiente. Descálzate porque mi vida quiere ser tierra redimida, tierra virgen, tierra que dé fruto. Déjame regarla con las lágrimas de mi arrepentimiento para que así mi corazón arda siempre ante tu presencia”

El amor derrama el perfume de mi corazón
El amor que expresa el corazón arrepentido es motivado por el deseo de conversión, de transformar una vida para vivir de verdad, vivir para el Amor y en el Amor. Así, lo que antes podría ser un arma para atraer al pecado, su cabello, ahora lo utiliza para enjugar las lágrimas, para secar los pies de Jesús. Todo tiene un sentido diverso, el amor buscar expresarse en modos nuevos y más profundos, llenos de libertad y de seguridad. No teme este gesto, porque sabe que está segura junto al Maestro.

El amor no se queda ahí, tiene que transformar su vida y su exterior. Derrama el perfume de su corazón ahora ya sanado. Es el perfume que “salta” hasta la vida eterna, que da vida, que redime, santifica y convierte.

El amor del Maestro es silencioso en este momento. Se deja amar y así, también está amando. Su silencio no es rechazo, es aprobación. Su silencio se convierte en diálogo para que sólo hablen los corazones.

En tu vida también tienes que derramar en la oración el perfume de tu corazón, también tienes que hacer gestos concretos en tu interior. Vivir para Él significa abrir puertas, descubrir heridas, limpiar rencores, ser libre para recibir la libertad que sólo Dios puede dar.

Ahora sí, cuando nuestro amor ha adorado, se ha postrado ante el Maestro, ha derramado lágrimas de arrepentimiento y ha desprendido el perfume del corazón, podemos decir que estamos en la presencia del Señor.

Escúchalo y verás que te dice: Porque has amado mucho, se te ha perdonado mucho. Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

Autor: P. Guillermo Serra, LC | Fuente: la-oración.com

sábado, 15 de junio de 2013

El sueño del hombre y el sueño de Dios







Soñar no es algo sólo para niños. Los grandes también necesitamos momentos de fantasía en los que la vida brille de un modo distinto, fresco, alegre. Es cierto que no podemos vivir en los sueños. Los sueños no producen computadoras, ni construyen rascacielos, ni llenan los bolsillos con un poco de dinero. Pero, ¿de qué sirve tener comida, casa y familia si falta esa ilusión y esa alegría que da un toque especial a todo lo que nos rodea?

El mundo vive de sueños dulces y de pesadillas paralizantes. A veces el sueño nos dice que el futuro será rosa, que todo irá bien. Otras veces nos cubre el horizonte de nubes grises y nos impide dar los pasos necesarios para mejorar las relaciones en la familia, para encender con nueva chispa el trabajo y para que este mes sí nos llegue el dinero para comprar ese juguete que tanto sueña el más pequeño de la casa.

También Dios tiene sueños. Soñó que el hombre podría vivir en paz en esta tierra. Soñó que era posible que nos amásemos los unos a los otros, por encima de las lenguas, de las razas o de los zapatos que cada uno lleve (o no lleve) puestos. Soñó que acogeríamos a su Hijo y que empezaría, entonces sí, un mundo distinto.

Han pasado más de 2000 años. Para algunos, el sueño de Dios sigue siendo sólo eso, un sueño irrealizado en millones de corazones que no saben lo que es paz, y en otros miles que no dejan en paz a los que viven a su lado. Pero otros millones han soñado con el mismo sueño de Dios.

Francisco de Asís, Teresa de Calcuta, Juan Pablo II, son sólo algunos nombres de un ejército de soñadores que han empezado a dar un toque distinto a sus familias, su trabajo y sus amigos. Creyeron en el Evangelio, y el Evangelio pasó a ser un sueño más real que todo el dinero del mundo.

Cuando el sueño del hombre y el sueño de Dios se juntan en un único esfuerzo, la tierra cambia sus latidos. Las nubes pueden ser las mismas. Quizá sigue faltando el pan para la mesa. Quizá no regresa el esposo que se ha ido lejos para seguir sueños que no son sino pesadillas. Un palacio de riqueza será siempre un infierno mientras dejemos a Dios y al prójimo como mendigos a la puerta. Quien vive junto a Dios sabe que hasta un campo de exterminio puede convertirse en un lugar de esperanza y de rezos.

Dios sigue soñando. Quizá la muerte no sea más que continuar, ahora sí para siempre, ese sueño que iniciamos aquí en la tierra. Un sueño en un cielo donde sólo habrá felicidad, donde el Amor lo será todo para los eternos soñadores de Dios...


Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net