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viernes, 5 de julio de 2019

Es el divino silencio




«Hace poco pude ver en casa de unos amigos una representación de San José que me ha hecho pensar mucho. Es un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca, en el que se muestra la noche de la fuga hacia Egipto. Se ve una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, que está durmiendo, pero vestido con la indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas como se necesitan para una caminata difícil. Si en primera impresión resulta un tanto ingenuo que el viajero aparezca a la vez como durmiente, pensando más a fondo empezamos a comprender lo que la imagen nos quiere sugerir».

1. «Mi corazón vigila»

«Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en la disposición de oír la voz del ángel (Mt II, 13, ss.). Parece desprenderse de la escena lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant, V, 2). Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear. En esa tienda abierta tenemos una figura del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuena en su interior o se le diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen. En esa profundidad el alma de cualquier hombre se puede encontrar con Dios. Desde allá Dios nos habla a cada uno y se nos muestra cercano».

[Reposan los sentidos exteriores, pero el alma está despierta. Dice un punto de Camino (368). «¿Te aburres? —Es que tienes los sentidos despiertos y el alma dormida»].



«Sin embargo, la mayoría de las veces nos hayamos invadidos por cuidados, inquietudes, expectativas y deseos de todas clases; tan repletos de imágenes y apremios producidos por el vivir de cada día, que, por mucho que vigilemos externamente, se nos pierde la interna vigilancia y, con ella, el sonido de las voces que nos hablan desde lo íntimo del alma. Ésta se halla tan cargada de cachivaches, y son tantas las murallas elevadas en su interior, que las voz suave del Dios próximo no puede hacerse oír. Con la llegada de la Edad Moderna, los hombres hemos ido dominando cada vez más el mundo, y disponiendo las cosas a la medida de nuestros deseos; pero estos adelantos en nuestro dominio sobre las cosas, y en el conocimiento de lo que podemos hacer con ellas, ha encogido a la vez nuestra sensibilidad de tal manera, que nuestro universo se ha tornado unidimensional. Estamos dominados por nuestras cosas, por todos los objetos que alcanzan nuestras manos, y que nos sirven de instrumentos para producir otros objetos. En el fondo, no vemos otra cosa que nuestra propia imagen, y estamos incapacitados para oír la voz profunda que, desde la Creación, nos habla también hoy de la bondad y la belleza de Dios».

[Pensemos un poco si nos pasa esto. ¿Dónde están nuestros pensamientos y nuestro corazón? ¿Qué es lo que los llena el alma? ¿Vamos adquiriendo cada vez más gusto por las cosas de Dios? ¿Vamos desarrollando la capacidad para lo espiritual, para oírle?].


«Ese José que duerme, pero que al mismo tiempo se halla presto para oír lo que resuene por dentro y desde lo alto —porque no es otra cosa lo que acaba de decirnos el Evangelio de este día—, es el hombre en el que se unen el íntimo recogimiento y la prontitud. Desde la tienda abierta de su vida, nos invita a retirarnos un poco del bullicio de los sentidos; a que recuperemos también nosotros el recogimiento; a que sepamos dirigir la mirada hacia el interior y hacia lo alto, para que Dios pueda tocarnos el alma y comunicarnos su palabra. La Cuaresma es un tiempo especialmente adecuado para que nos apartemos de los apremios cotidianos, y dirijamos nuevamente nuestros pasos por los caminos del interior».
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[Todos los años, el viernes de la primera semana de Adviento, en la Liturgia de las Horas, leemos un texto de San Anselmo, que nos puede ayudar a comprender la importancia del silencio. San Anselmo, de familia noble, nació en Aosta (Lombardía). Su madre confió su educación a los benedictinos. Mientras se reponía de una enfermedad decidió abrazar la vida monástica. Su padre, Gondulfo, se opuso a su vocación y Anselmo abandona la casa paterna. Viajó a Francia e ingresa en el monasterio benedictino de Bec, en Normandía. Llega a ser abad y, más tarde, arzobispo de Cantorbery (1093). Uno de sus escritos más famosos es el Proslogion:

«Deja un momento tus ocupaciones habituales, hombre insignificante, entra un instante en ti mismo, apartándote del tumulto de tus pensamientos. Arroja lejos de ti las preocupaciones. Reposa en Dios un momento, descansa siquiera un momento en él. Entra en lo más profundo de tu alma, aparta de ti todo, excepto Dios y lo que puede ayudarte a alcanzarlo; cierra la puerta de tu habitación y búscalo en el silencio. Di con todas tus fuerzas, di al Señor: “Busco tu rostro; tu rostro busco, Señor”. Y ahora, Señor y Dios mío, enséñame dónde y cómo tengo que buscarte, dónde y cómo te encontraré.

Si no estás en mí, Señor, si estás ausente, ¿dónde te buscaré? Si estás en todas partes, ¿por qué no te veo aquí presente? Es cierto que tú habitas en una luz inaccesible, ¿pero dónde está esa luz inaccesible?, ¿cómo me aproximaré a ella? ¿quién me guiará y me introducirá en esa luz para que en ella te contemple? ¿Bajo qué signos, bajo qué aspectos te buscaré? Nunca te he visto, Señor y Dios mío, no conozco tu rostro.

Dios altísimo, ¿qué hará un desterrado, lejos de ti?, ¿qué hará este servidor tuyo, sediento de tu amor, que se encuentra alejado de ti? Desea verte y tu rostro está muy lejos de él. Anhela acercarse a ti y tu morada es inaccesible. Arde en deseos de encontrarte e ignora dónde vives. No suspira más que por ti y jamás ha visto tu rostro.

Enséñame a buscarte, muéstrame tu rostro, porque si tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrarte si tú no te haces presente. Te buscaré deseándote, te desearé buscándote, amándote te encontraré, encontrándote te amaré» (SAN ANSELMO, Proslogion, en Brev. I, Viernes de la Primera Semana de Adviento).

Se comprende que sólo podremos encontrar a Dios si entramos en nosotros mismos mediante el silencio interior.

«Es el divino silencio que se hace en el alma cuando el hombre —invocando humildemente la ayuda del Espíritu Santo— consigue acallar en su mente y en su corazón las voces de la imaginación incontrolada, del egoísmo o de las pasiones, para escuchar —en una quietud humilde y enamorada— solamente la voz de Dios» (J. Herranz, Atajos del si-lencio, p. 126).

Lo dice la Madre Teresa de Calcuta: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz» (Madre Teresa de Calcuta).

No tener miedo a aislarse de los demás: «Recogerse no es alejarse, aislarse. Es abrazar. Es re-coger en Dios a los otros y a las cosas que tenemos a nuestro alrededor» (De nuestro Padre, citada por J. Herranz, Atajos del silencio). La contemplación es acción más rectitud de intención; diálogo más amor al prójimo].



2. «He aquí la sierva del Señor»

[Ahora nos fijaremos en otra faceta del relieve portugués que llamó tanto la atención del Papa: la disponibilidad de San José para amar la voluntad de Dios, fuera cual fuera, que incluía el dolor y la incertidumbre].

«Pasemos al segundo punto. Ese José que vemos está pronto para erguirse y, como dice el Evangelio, cumplir la voluntad de Dios (Mat. I, 24; II, 14). Así toma contacto con el centro de la vida de María, la respuesta que diera ella en el momento decisivo de su existencia: He aquí la sierva del Señor (Luc, I, 38). En él sucede lo mismo con su disposición a levantarse: Aquí tienes a tu siervo, dispón de mí. Coincide su respuesta con la de Isaías en el instante de recibir el llamamiento: Heme aquí, Señor, envíame (Is, VI, 8, en relación con I Sam, III, 8 y ss.). Esa llamada informará su vida entera en adelante. Pero también hay otro texto de la Escritura que viene aquí a propósito: el anuncio que Jesús hace a Pedro cuando le dice: Te llevará a donde tú no quieras ir (Jn, XXI, 10). José, con su presteza, lo ha hecho regla de su vida: porque se halla preparado para dejarse conducir, aunque la dirección no sea la que él quiere. Su vida entera es una historia de correspondencias de este tipo».

«Comenzó con la primera comunicación de las alturas: la del ángel al darle información sobre el secreto de la maternidad divina de María, el misterio de la llegada del Mesías. De improviso, la idea que se había hecho de una vida discreta, sencilla y apacible, resulta trastornada cuando se siente incorporado a la aventura de Dios entre los hombres. Al igual que sucediera en el caso de Moisés ante la zarza ardiente, se ha encontrado cara a cara con un misterio del que le toca ser testigo y copartícipe. Muy pronto ha de saber lo que ello implica: que el nacimiento del Mesías no podrá suceder en Nazareth. Ha de partir para Belén, que es la ciudad de David; pero tampoco será en ella donde suceda: porque los suyos no le acogieron (Jn, I, 11). Apunta ya la hora de la Cruz: porque el Señor ha de nacer en las afueras, en un establo. Luego viene, tras la nueva comunicación del ángel, la salida para Egipto, donde ha de correr la suerte de los sin casa y sin patria: refugiados, extranjeros, desarraigados que buscan un lugar donde instalarse con los suyos».

«Volverá, pero sin que hayan terminado los peligros. Más tarde, sufrirá la dolorosa experiencia de los tres días durante los que Jesús está perdido (Luc, II, 46), esos tres días que son como un presagio de los que mediarán entre la Cruz y la Resurrección: días en los que el Señor ha desaparecido y se siente su vacío. Y, al igual que el Resucitado no habrá de retornar para vivir entre los  suyos con la familiaridad de aquellos días que se fueron, sino que dice: No quieras retenerme, porque he de subir al Padre, y podrás estar conmigo cuanto tú también subas (cfr. Jn, XX, 17), así ahora, cuando Jesús es encontrado en el Templo, reaparece en primer plano el misterio de Jesús en lo que tiene de lejanía, de gravedad  de grandeza. José se siente, en cierto modo, puesto en su sitio por Jesús, pero a la vez encaminado hacia lo alto. Yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre (Luc, II, 19). Es como si le dijera: Tú no eres padre mío, sino guardián, que, al recibir la confianza de este oficio, has recibido el encargo de custodiar el misterio de la Encarnación».

«Y morirá por fin José sin haber visto manifestarse la misión de Jesús. En su silencio quedarán sepultados todos sus padecimientos y esperanzas. La vida de este hombre no ha sido la del que, pretendiendo realizarse a sí mismo,  busca en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Ha sido el hombre que se niega a sí mismo, que se deja llevar a donde no quería. No ha hecho de su vida cosa propia, sino cosa que dar. No se ha guiado por un plan que hubiera concebido su intelecto, y decidido su voluntad, sino que, respondiendo a los deseos de Dios, ha renunciado a su voluntad para entregarse a la de Otro, la voluntad grandiosa del Altísimo. Pero es exactamente en esta íntegra renuncia de sí mismo donde el hombre se descubre».

«Porque tal es la verdad: que solamente si sabemos perdernos, si nos damos, podremos encontrarnos. Cuando esto sucede, no es nuestra voluntad quien prevalece, sino ésa del Padre a la que Jesús se sometió: No se haga mi voluntad, sino la tuya (Luc, XXII, 42). Y como entonces se cumple lo que decimos en el Padrenuestro: Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo, es una parte del Cielo lo que hay en la tierra, porque en esta se hace lo mismo que en el Cielo. Por esto San José nos ha enseñado, con su renuncia, con su abandono que en cierto modo adelantaba la imitación de Jesús crucificado, los caminos de la fidelidad, de la resurrección y de la vida».



3. San José, peregrino

«Nos queda un tercer aspecto. Mirando a ese José que está vestido como peregrino, comprendemos que, a partir del momento en que supiera del Misterio, su existencia sería la del que está siempre en camino, en un constante peregrinar. Fue así la suya una vida marcada por el signo de Abraham: porque la historia de Dios entre los hombres, que es la historia de sus elegidos, comienza con la orden que recibiera el padre de la estirpe: Sal de tu tierra para ser un extranjero (Gen, XII, 1; Hebr, XI, 8 y ss.). Y por haber sido una réplica de la vida de Abraham, se nos descubre José como una prefiguración de la existencia del cristiano. Podemos comprobarlo con viveza singular en la Primera Carta de San Pedro y en la de Pablo a los Hebreos. Como cristianos que somos nos dicen los Apóstoles— debemos considerarnos extranjeros, peregrinos y huéspedes (I Ped, 1, y 17; II, 11; Hebr, XIII, 14): porque nuestra morado, o, como dice San Pablo en su Carta a los Filipenses, nuestra ciudadanía está en los Cielos  (Fil, III, 20)».

«Hoy suenan mal esas palabras sobre el Cielo: porque tendemos a creer que, apartarnos de cumplir nuestros deberes en la tierra, nos enajena de nuestro mundo. Tendemos a creer que nuestra vocación no es solamente hacer un Paraíso de la tierra y en esta concentrar nuestras miradas, sino a la vez dedicarle por completo el corazón y los esfuerzos de nuestras manos. Pero sucede en realidad que, al comportarnos de ese modo, lo que estamos haciendo justamente es destrozar la Creación. Ello es así porque, en el fondo, los anhelos del hombre, la saeta de sus ambiciones, apuntan en dirección al infinito. De aquí que, hoy más que nunca, comprobemos que únicamente Dios puede saciar al hombre por completo. Estamos hechos de tal forma, que las cosas finitas nos dejan siempre insatisfechos, porque necesitamos mucho más: necesitamos el Amor inagotable, la Verdad y la Belleza ilimitadas».

«Aunque ese anhelo sea insuprimible, podemos, por desgracia, desplazarlo de nuestros horizontes, y con ello perseguir las plenitudes buscando solamente en lo finito. Queriendo tener el Cielo ya en la tierra, esperamos y exigimos todo de ella y de la actual Sociedad. Pero, en su intento de extraer de lo finito lo infinito, el hombre pisotea la tierra e imposibilita una ordenada convergencia social  porque a sus ojos cada uno de ellos aparece como amenaza u obstáculo; y porque arranca del mundo material y del biológico, algunos de los componentes que necesitaría preservar para sí mismo. Tan solo cuando aprendamos nuevamente a dirigir nuestras miradas hacia el Cielo, brillará la tierra con todo su esplendor. Únicamente cuando vivifiquemos las grandes esperanzas de nuestros ánimos con la idea de un eterno estar con Dios, y nos sintamos nuevamente peregrinos hacia la Eternidad, en vez de aherrojarnos a esta tierra, sólo entonces irradiarán nuestros anhelos hacia este mundo para que tenga también él esperanza y paz».



4. Conclusión

«Por todo ello, demos gracias a Dios en este día porque nos ha dado ese Santo, que nos habla de recogernos en Él; que nos enseña la prontitud, y la obediencia, y la abnegación, y la actitud de caminantes que se dejan llevar por Dios; y que nos dice por esto mismo la manera de servir igualmente a nuestra tierra. Demos gracias así mismo por esta fiesta jubilar en la que podemos comprobar que sigue habiendo personas con el ánimo abierto a la voluntad de Dios, y preparadas para escuchar sus llamamientos y marchar a su lado hacia donde Él quiera llevarlas. E imploremos la gracia de lo Alto para que, demostrando también nosotros vigilancia y prontitud, y procediendo en nuestras vidas con loa misma plenitud de la esperanza, nos veamos un día recibidos por Dios, que constituye nuestro auténtico Destino de caminantes hacia la comunión en la vida eterna».


Autor: Cardenal Joseph Ratzinger

En 1992 (cfr. J. Ratzinger, De la mano de Cristo. Homilías sobre la Virgen y algunos Santos, Eunsa, Pamplona 1997, pp. 37-42).
Ra la Sagrada Escritura: Mateo 1, 16.18-21.24ª.

Entre corchetes hacemos algunos comentarios a las palabras del Cardenal.


viernes, 4 de marzo de 2016

24 horas para el Señor: experimentar la misericordia de Dios



Los días 4 y 5 de marzo el Papa Francisco ha convocado la jornada "24 horas para el Señor", con el deseo de que muchas personas se acerquen al sacramento de la Reconciliación, entre ellas muchos jóvenes "quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida".


El Papa Francisco presidirá una liturgia penitencial en la Basílica de San Pedro, el viernes 4 de marzo, demostrando así que el sacramento de la Reconciliación está en el centro del camino de la Nueva Evangelización en toda la Iglesia.
Enlaces con recursos para participar y difundir #24horasparaelSeñor
∙ Página oficial de la iniciativa 24 horas para el Señor (Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización), del año 2015 (pendiente de actualizar este año).
∙ ¿Por qué confesarnos?: Explicación en la página web de San Josemaría.
∙ La Confesión: motivos y recursos en la página del Santuario de Torreciudad.

sábado, 16 de mayo de 2015

Con las armas de la paz, el perdón y la comprensión



“Queridos hermanos, ante la mirada de la Virgen de la Caridad del Cobre, deseo hacerles a ustedes un llamado para que den nuevo vigor a su fe, para que vivan de Cristo y para Cristo y, con las armas de la paz, el perdón y la comprensión, luchen para construir una sociedad abierta y renovada, una sociedad mejor, más digna del hombre, que refleje más la bondad de Dios”.

Benedicto XVI se encuentra entre una multitud de cubanos celebrando Misa en la Plaza Antonio Maceo en Santiago de Cuba. Es la solemnidad de la Anunciación del Señor, lunes 26 de marzo de 2012, y han sido estas las palabras conclusivas de su homilía. Acaba de llegar a Cuba ¿Conserva vivo el lector el recuerdo?
No queremos olvidar este recientísimo viaje del papa Benedicto XVI que es como un inmenso y entrañable abrazo a todos los pueblos de la América de habla hispana; por el contrario, deseamos mantenerlo como punto seguro de referencia para nuestra oración y una actuación cristiana responsable. Más aún, durante este mes de mayo 2012 especialmente dedicado a buscar a Jesucristo a través de María, Madre suya y Madre nuestra.

Se estaba celebrando el 400 aniversario del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, un feliz acontecimiento que motivó este viaje de Benedicto XVI.

*** ¿Que cuál es su historia? La imagen apareció a principios de 1613 en la Bahía de Nipe, la mayor de Cuba. Fue avistada por tres esclavos: un muchacho negro de 10 años (Juan Moreno) y dos hermanos de pura sangre india (Juan y Rodrigo de Hoyos), que trabajaban en las minas de cobre de la región. En un relato -que se conserva en el llamado “Archivo de Indias”, en Sevilla, España-,  hecho bajo juramento eclesiástico setenta y cinco años después del suceso, Juan Moreno contó cómo ocurrieron los hechos.

Los jóvenes, que habían ido en busca de sal, divisaron la imagen en madera de la Virgen con el Niño Jesús en brazos -la misma que hoy es objeto de veneración por el pueblo cubano-, que se les acercaba flotando en las aguas. En una tabla podía leerse: "Yo soy la Virgen de la Caridad". ***

El martes 27 de marzo de 2012 el papa Benedicto XVI, después de  celebrar la Santa Misa en privado en el Seminario San Basilio Magno de Santiago de Cuba, se trasladó al cercano santuario de la Virgen de la Caridad de El Cobre.

El Papa se detuvo en oración ante el Santísimo Sacramento y luego se arrodilló también ante la imagen de la Virgen de la Caridad. Cumpliendo el ritual del Año Jubilar por el Centenario del hallazgo, encendió una vela y recitó la Oración a la Virgen. Benedicto XVI, por último, se asomó a la entrada principal del santuario para saludar y bendecir a los fieles reunidos en la plaza y a lo largo de la escalinata, a quienes dirigió la palabra:
He venido -queridos hermanos y hermanas, les dijo- como peregrino hasta la Casa de la bendita imagen de Nuestra Señora de la Caridad, “la Mambisa”, como ustedes la invocan afectuosamente. Su presencia en este poblado de El Cobre es un regalo del cielo para los cubanos.

Reciban el cariño del papa y llévenlo por doquier, para que todos experimenten el consuelo y la fortaleza en la fe.

Hagan saber a cuantos se encuentran cerca o lejos que he confiado a la Madre de Dios el futuro de su Patria, avanzando por caminos de renovación y esperanza, para el mayor bien de todos los cubanos. También he suplicado a la Virgen Santísima por las necesidades de los que sufren, de los que están privados de libertad, separados de sus seres queridos o pasan por graves momentos de dificultad. He puesto asimismo en su inmaculado Corazón a los jóvenes, para que sean auténticos amigos de Cristo y no sucumban a propuestas que dejan la tristeza tras de sí.

Ante María de la Caridad, también me he acordado de modo particular de los cubanos descendientes de aquellos que llegaron aquí desde África, así como de la cercana población de Haití, que aún sufre las consecuencias del conocido terremoto de hace dos años. Y no he olvidado a tantos campesinos y a sus familias, que desean vivir intensamente en sus hogares el Evangelio, y ofrecen también sus casas como centros de misión para la celebración de la Eucaristía.

A ejemplo de la Santísima Virgen, animo a todos los hijos de esta querida tierra a seguir edificando la vida sobre la roca firme que es Jesucristo, a trabajar por la justicia, a ser servidores de la caridad y perseverantes en medio de las pruebas. Que nada ni nadie les quite la alegría interior, tan característica del alma cubana.

Autor:  Emilio Palafox Marqués

lunes, 29 de abril de 2013

Catalina de Siena hoy






Estamos en un momento histórico en el que es indiscutible el rol de la mujer, y en el que ésta va recuperando una serie de derechos que históricamente le fueron arrebatados; aunque a lo largo de la historia hubo algunas, que, a pesar de los condicionamientos históricos, se abrieron camino y son para las mujeres y para la sociedad un referente, y ¿por qué no? un modelo a imitar.

Coincidiendo con el comienzo de este curso, la semana pasada tuvo lugar en Madrid un curso, organizado por la CONFER[1], en el que participaron más de un centenar de personas, sobre “La tarea insustituible de la mujer en la acción evangelizadora de la Iglesia”. Era abierto, pero los participantes fueron 134 mujeres... Y esto es un indicativo. El título no cuestiona, afirma. Pero, he aquí que las participantes y ponentes al finalizar dicho curso “reclaman un protagonismo mayor e insustituible”; hablan de una Iglesia patriarcal –hoy- y afirman que “las mujeres son evangelizadoras porque son portadoras de una antorcha, que pasó de mano en mano, porque ayudan a despertar, a tomar conciencia y a actuar promoviendo así el cambio social...”. Hablaron de la mujer evangelizadora y evangelizada como “servidora del Reino, no como sirvienta gratuita y no rentable, para las cuentas diocesanas; de las mujeres como comensales del banquete, y no cocineras”... Se habló de corresponsabilidad, y del papel del acompañamiento espiritual por parte de la mujer en los procesos de fe, y se indicó que estamos en una sociedad y en una Iglesia que carece de líderes y de maestros espirituales; y aquí se apunto un papel insustituible para la mujer, por su capacidad de escucha, por su visión global de la vida y por su tendencia maternal femenina”. Finalmente se reconoció que la voz de la mujer había sido silenciada.... ¿y hoy?.... La pregunta quedó abierta.

Es justa la reivindicación, y ésta es muy diferente de igualdad de funciones. Confundir los papeles de hombres y mujeres, podría ser nefasto, nos veríamos privados de la riqueza que aporta lo femenino y lo masculino a nuestra existencia. Valores igualmente dignos y nobles, pero diferentes entre sí, complementarios.

Viendo el influjo de Catalina, y pensando en nuestra la Iglesia, que es madre, llegamos a la conclusión que no puede verse privada de lo femenino, de la presencia de la mujer en los ámbitos de decisión, de consulta, de gobierno; en la cátedra, en las relaciones diplomáticas, etc. porque por naturaleza ella está llamada a llenar de ternura y de cercanía esos ámbitos, -que de por sí son frios y/o formales- que sirven para acercarse al corazón del hombre, para comprender, perdonar, acoger.

Es tiempo de devolver a la Iglesia su auténtico rostro de esposa y de madre, y de no dejar a la sociedad privada de los valores auténticamente femeninos: La intuición, la capacidad de escucha y de sufrimiento, la perseverancia, la comprensión......ayudarán a dar respuestas a los problemas concretos del hombre de hoy, y seguramente será un buen paso para suavizar actitudes de condena, de inflexibilidad, de excesiva dureza.

En esto también Catalina, fue una precursora, que puede arrojar mucha luz para ayudarnos a descubrir nuevos caminos de realización. Basta ver su actuación, para darnos cuenta que hay muchos ámbitos que, entonces como ahora, pueden ser enriquecidos con la presencia activa de la mujer. Reducir su influjo o gastar todas las cargas, por defender temas, como por ejemplo el sacerdocio de la mujer, sería, tal vez una minimización del auténtico papel de la mujer. Eso, a lo mejor llegue, tal vez lo veamos, tal vez no, pero no es lo único ni lo más importante. De momento han dicho que no, que lo estudien los teólogos y lo discutan  los que tienen a su cargo la guía de la Iglesia. Nosotros, tratemos de “trabajar” por dar un paso “protagónico”, donde tiene que tenerlo la mujer, y no hay leyes -aunque sí costumbres- que se lo puedan impedir: ¿Serían los cardenales y los papas; los políticos y religiosos, los clérigos y laicos de entonces más dóciles que los de ahora?.... Catalina hizo oír ante ellos su voz enérgica y grave, y fue escucha, y también ignorada, pero no por eso dejó de: negociar, exponer, congregar en torno suyo una “familia”, orar, viajar, etc....

[1] Conferencia española de Religiosos.


Autor: Dominicos | Orden de Predicadores

viernes, 22 de marzo de 2013

Palabras de la Sabiduría






«Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno» . Así dice: las almas de cuantos abrazan la senda de la rectitud con devoto amor en sus obras están en manos del Auxiliador Supremo, así que, por estas obras con las que se elevan hacia la altura de la justicia en pos de los cielos, no les quebrantará el tormento de la perdición, porque la luz verdadera los apacienta en el temor y en el amor de Dios. Ahora bien, después de que Adán y Eva fueran expulsados del jardín de las delicias, conocieron la obra de concebir y parir hijos. Pero como al caer en la muerte por su desobediencia percibieron la dulzura del pecado -cuando supieron que podían pecar-, transformaron la justicia de esta obra procreadora que Yo instituí en placer ignominioso; y, aunque debían saber que la agitación de sus venas no era para la dulzura del pecado, sino por amor de los hijos, la entregaron a la lujuria, bajo el hechizo del Demonio: al perder la inocencia de la procreación, la condenaron a la culpa. Así que esto no ocurrió sin la persuasión del Demonio, que lanzó sus dardos contra esta obra para que no se consumara sin su maleficio, cuando dijo: «He aquí mi fuerza: la procreación de los hombres; por tanto, el hombre es mío». Y, comprendiendo que el hombre participaría de sus tormentos al seguirle, murmuró de nuevo para sí: «Todas las iniquidades son contrarias al Dios Todopoderoso, pues no hay en Él injusticia alguna». Entonces, el asechador ocultó esto con gran sigilo en su corazón: si un hombre, por propia voluntad, se comprometía con él, no podría librarse de sus cepos.

Por eso albergaba Yo el secreto designio de enviar a Mi Hijo para redimir a los hombres y que pudieran regresar a la Jerusalén Celestial. Ninguna iniquidad pudo oponerse a este designio Mío, porque cuando Mi Hijo vino al mundo, reunió a Su alrededor a todos los que quisieron escucharle y seguirle abandonando el pecado.

Pues Yo soy justo y recto y no Me complazco en la iniquidad a la que tú, oh hombre, abrazas, sabiendo que puedes hacer el mal. Porque Lucifer y el hombre intentaron ambos, cuando fueron creados, rebelarse contra Mí y no pudieron mantenerse en pie, al caer del bien y elegir el mal. Pero Lucifer abarcó todo el mal y rechazó todo el bien y, sin probarlo siquiera, se precipitó en la muerte. En cambio, Adán saboreó el bien al aceptar la obediencia, aunque apeteció el mal y, llevado de su ambición, lo cometió cuando se alzó en rebeldía contra el Señor. Por qué sucedió esto, no es tarea tuya, oh hombre, indagarlo, ni qué ocurrió antes del comienzo de los tiempos, o qué pasará cuando llegue el último día: nada de todo esto puede saber el mortal, pues sólo Dios lo conoce, salvo lo que revele Él a Sus elegidos.

Pero esa fornicación común entre los hombres es abominable ante Mi faz, porque, en el principio, creé al varón y a la mujer en la pureza y no en el oprobio. Por tanto, esos hipócritas en cuya opinión les es lícito fornicar, según los apetitos animales, con quienes deseen, son indignos a Mis ojos; pues despreciando la honra y la altura de su razón, miran a las bestias y a ellas se asemejan. ¡Ay de aquellos que así vivan y en esta ignominia porfíen!

Autor: Santa Hildegarda de Bingen. Tomado del libro  Scivias: Conoce los caminos  





Oración a Santa Hildegarda de Bingen

Santa Hildegarda, protectora y portavoz nuestra escucha la oracion de tus hijos que te llaman ante tu tumba. El Espíritu Santo te ha llenado de dones maravillosos y te ha anunciado el camino de Dios. Consíguenos que por tu intercesión que nos atengamos a los mandamientos de Dios y contigo consigamos la felicidad del Cielo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén





jueves, 21 de marzo de 2013

Mis ovejas








Mis ovejas, dice el Señor, oyen mi voz. ¿Pensáis que sois ovejas de Dios no oyendo a Dios? Os vengáis por una parte, estáis en vuestras enemistades, y por otra parte decís: recemos un poco. No sois ovejas de Dios, andáis de un rebaño en otro, no oiréis la voz del Señor, y no la oyendo, no sois de Él. […] Amar a vuestros enemigos, amar y querer bien a quien os quiere mal (Mt 5,44; Lc 6,27ss), esto es ser oveja de Jesucristo. ¿Quieres conocer si eres oveja de Jesucristo? Pues mira si te duele perdonar a tu prójimo, y oyendo que dice Dios: “¡Perdona!”, sí perdonas. […]

         Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco. […] Oyen mi palabra, ellas pacen en mi dehesa y comen de mi hierba, conózcolas, guárdolas yo. Y síguenme. Porque donde voy yo van ellas; adonde estoy yo están ellas; no me pierden paso las buenas ovejas. Las que conocen a su pastor, de cualquier manera siguen a su pastor; va el pastor por breñales y espinas, y va la oveja coja, y aquí se deja el pedazo de la lana, acullá se rompe el pellejo, y como puede, cansada como está, siempre sigue a su pastor. ¡Oh pastor bendito, y cómo curáis vos la ovejita coja y cansada, cómo volvéis por el cristiano que os va siguiendo y va cansado y sudando y, como puede, no deja de seguir vuestros pasos! ¡Cómo y con qué amor volvéis vos a él y tomáis a cuestas sus trabajos, y le ayudáis a pasar el camino, y le ponéis miera adonde la ha menester, como buen pastor! […] Seguid a Jesucristo, mirad las pisadas del pastor. No quieras dejar a tu pastor por el mal paso e irte tú por el bueno y por las plazas anchas. […] Hallólos en lugar espantoso y en lugar solo (cf. Dt 32,10) ¿No andáis con vuestro pastor? ¿No seguís a Jesucristo? Andáis en lugar solo y lleno de terror. Halló las ovejas que no eran suyas en lugar lleno de temor. […]

         El que quisiere ser mi oveja, el que quisiere ser mío, niéguese a sí, no piense en sí, no quiera lo que el Señor no quiere. […] Seguís sus pisadas por el llano; amáis sus misericordias, holgáis con los consuelos; y porque se os mete por las espinas, dejáis a Jesucristo; porque os pone en una tribulación, porque se os esconde para conocer quién sois sin Él, decís luego: “Háseme escondido, ya no me quiere, ya no me consuela”; perdéis luego el rastro; luego decís que os castiga, que os ha quitado la gracia. No así, no. […] Entrad en las espinas, aunque pensáis que os habéis de espinar, que ahí hallaréis al Señor; entrad en los trabajos, que se ha metido para que le busquéis; entrad en los trabajos, entrad en vencer la carne, en desechar al demonio; entrad en la carne, que, si entráis, tened por cierto que ahí se entró, pensad que ahí lo hallaréis.

         “Si vienes tras mí, ven sin ti. No pienses en ti; haz cuenta que no eres”. No tengas en nada espinarte, que ahí está el Señor. ¿Qué fuera de ti, cristiano, si Jesucristo dijera: “Quiero ir a salvar el mundo por lo llano, pero si hay espinas no quiero”? ¿Qué fuera de ti? ¿Qué hicieras tú si Dios no se pusiera contra todo el mundo y se entrara rascuñado por las espinas y trabajos que pasó? ¿Qué fuera de ti si Él no quisiera pasar trabajos y si, habiendo llegado al paso de la muerte, no dijera: Hágase, Padre, como tú quieres y no como yo quiero (Lc 22,42); y si no quisiera que le espinara la espina de la pobreza, de la paciencia y de la caridad que, con todo cuanto pasaba, tenía para perdonarlos? ¿Y sabéis a cuánto llegó? Que lo coronaron de espinas, lo azotaron, lo escupieron, lo mofaron y le hirieron mil injusticias que no se pueden escribir ni contar, y al fin no pararon hasta ponerlo en la cruz. Pero si Jesucristo dijera, como tú, que no se quisiera meter por espinas, ¿qué fuera de ti? Y si por ti se metió el Señor de los señores por tan grandes trabajos, ¿qué mucho que tú te metas siquiera por alguno de ellos? Síguele y conocerás que eres su oveja. […]

         Mis ovejas me siguen; yo les doy la vida eterna y no perecerán para siempre (cf. Jn 10,27-28). No penséis, ovejitas, que os quedaréis así. Seguidme, que no andaréis desconsoladas. Yo daré –dice el Señor- a mis ovejas la vida eterna. […] En mi divinidad, en aquella infinita bondad, en la infinita luz, allí las apacentaré yo, allí les daré yo el manjar de vida, allí gozarán de mí, allí pacerán en aquella fertilidad de aguas, en aquellos suavísimos ríos que corren agua de infinita bondad y suavidad, allí las recrearé yo. […]

         Lleguemos al Señor; bebamos de su fuente; apacentémonos en sus prados; amémosle. Sacaréis aguas que beber de las fuentes del Salvador, dice Isaías (cf. Is 12,3). Refrescaréis vuestras llagas; lavaréis lo podrido; beberéis de aquella agua suavísima que da vida; y si os halláredes fatigados, tiene Dios unos montes muy altos, que da el sol en el lado de ellos, y de la otra parte hace sombra y frescura. Sentaos a la sombra. […]. Da en aquellos montes el sol de justicia, y por la otra parte hace sombra el sol de misericordia. Miraré al Cordero sin mancilla, miraré aquel Dios omnipotente, que por nosotros, sin deber nada, quiso ser azotado y escarnecido, y sobre todos sus trabajos y angustias, crucificado. Me sentaré yo a esta sombra. Miraré las frescuras de ella; miraré las esperanzas y consuelos que hay en ella para pasar mi camino y refrigerando mis llagas, rociando mis pasiones, consolándome con el desconsuelo que por mí el Señor pasó, y mirando que mi pastor, sólo por sacar mi ánima de entre la espinas, porque no me espinase, quiso Él entrar en ellas y espinarse.

         Debajo de la sombra me asentaré y allí descansaré para ir tras mi pastor.

Autor: San Juan de Ávila, Sermón 15. ¡Dichosas ovejas que tienen tal Pastor! Miércoles de la semana de Pasión, en Obras Completas, t. III: Sermones. BAC, Madrid 2002, 207-219.






Oración que usaba San Juan de Ávila, compuesta por su devoción

Todopoderoso y sempiterno Dios,
yo protesto delante de vuestra divina majestad
que nada soy y nada valgo,
y que, si algo tengo,
Jesucristo, mi Señor me lo ganó.

Bendito seáis, Señor, que me disteis tal Hijo;
y bendito sea tal Hijo,
que me reconcilió con tal Padre.

Al arcángel San Miguel pido me alcance gracia
para conocer el tesoro que Jesucristo,
mi Señor, me ganó.

Amén

miércoles, 20 de marzo de 2013

El amor de caridad






Objeciones por las que parece que el amor de caridad termina en Dios y no se extiende al prójimo:

1. Así como a Dios debemos amor, le debemos también temor, a tenor de estas palabras de la Escritura: Y ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor sino que le temas y le ames? (Dt 10,12). Ahora bien, es distinto el temor que inspira el hombre, o temor humano, del que inspira Dios, que es o servil o filial, como hemos expuesto (q.19 a.2). Es, pues, distinto el amor de caridad con que amamos a Dios y el amor con que amamos al prójimo.

2. Según el Filósofo en VIII Ethic., ser amado es ser honrado. Y es distinto el honor debido a Dios, que es honor de latría, y el debido a la criatura, honor de dulía. Es, por lo mismo, distinto el amor de Dios y el amor del prójimo.

3. La esperanza —según la Glosa— engendra la caridad. Pero la esperanza se ha de poner en Dios de tal forma, que son reprendidos quienes la ponen en el hombre, según la Escritura: Maldito el hombre que espera en el hombre (Jer 17,5). En consecuencia, a Dios se le debe una caridad que no se extiende al prójimo.

Contra esto: está el testimonio de la Escritura: Mandamiento tenemos de Dios: que el que le ame ha de amar a su hermano (1 Jn 4,21).

Respondo: Según hemos expuesto (1-2 q.54 a.3), los hábitos no se diferencian sino porque cambia la especie de sus actos; todos los actos de una especie pertenecen al mismo hábito. Pues bien, dado que el carácter específico de un acto lo constituye la razón formal de su objeto, por fuerza han de ser de la misma especie el acto que versa sobre la razón formal del objeto y el que recae sobre un objeto bajo tal razón formal, como son específicamente lo mismo la visión con que se ve la luz y la visión con que se ve el color por medio de la luz. Ahora bien, la razón del amor al prójimo es Dios, pues lo que debemos amar en el prójimo es que exista en Dios. Es, por lo tanto, evidente que son de la misma especie el acto con que amamos a Dios y el acto con que amamos al prójimo. Por eso el hábito de la caridad comprende el amor, no sólo de Dios, sino también el del prójimo.

A las objeciones:

1. El prójimo tanto puede ser temido como amado de dos maneras. Primera, por lo propio de él, como el tirano es o temido por su crueldad o amado por el deseo de conseguir algo de él. En este sentido, el temor y el amor humano se distinguen del temor y del amor de Dios. En segundo lugar, también es temido y amado el hombre por lo que hay de Dios en él. Y así, es temido el brazo secular, porque ha recibido de Dios la misión de castigar al malhechor, y es amado por justicia. Este temor y amor del hombre no se distinguen del temor de Dios, como tampoco de su amor.

2. El amor se refiere al bien en general, mientras que el honor se refiere el bien propio de la persona honrada, ya que se le tributa como testimonio de la propia virtud. Por eso el amor no se diferencia específicamente por la diversidad de bienes diferenciados con tal que se refieran a un bien común; el honor, en cambio, se diferencia por los bienes particulares de cada uno. Según eso, amamos con el mismo amor de caridad a todos los prójimos, en cuanto les referimos a un bien común que es Dios, mientras que les rendimos honores distintos según la cualidad intransferible de cada uno. Igualmente, tributamos a Dios el honor especial de latría por su excelencia única.

3. Son vituperados los hombres que esperan en el hombre como principal autor de salvación; mas no los que esperan en él como instrumento en dependencia de Dios. Sería asimismo reprensible quien amara al prójimo como fin principal; pero no quien lo ame por Dios, lo cual es propio de la caridad.

Autor: Santo Tomás de Aquino, Summa Teológica



Oración del estudiante compuesta por Santo Tomás de Aquino

Oh Dios, fuente de la sabiduría,
principio supremo de todas las cosas.
Derrama tu luz en mi inteligencia
y aleja de ella las tinieblas
del pecado y de la ignorancia.
Concédeme penetración para entender,
memoria para retener, método para aprender,
lucidez para interpretar y expresarme.
Ayuda el comienzo de mi trabajo,
dirige su progreso, corona su fin,
por Cristo nuestro Señor.
Amén.