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jueves, 9 de diciembre de 2021

DESATA MIS NUDOS SANTÍSIMA MADRE

 


Aquellos rencores que experimento como nudos que no me dejan perdonar.

Desata mis sinsentidos, aquellos que me hacen perder la esperanza.
Desata mis faltas de amor, mi tibieza diaria en confiar más en Dios y en su poder.
Desata mi lengua para que sea más amable y más agradecido, dejando de lado la constante crítica y ganas de juzgar mal.
Desata, Madre mía, los nudos que me impiden ser plenamente vivir el día a a día.
Desata aquellas situaciones tan difíciles de malos entendidos y problemas en mi familia.
Desata Madre, el nudo que me vuelve amargado y triste.
Desata todos los nudos que desde tu mirada tiernísima de Madre ves, y yo no los percibo.
Desata mi corazón de Hijo para que a partir de hoy viva con esperanza irradiando la luz preciosa que brota de las almas que se confian a Dios Providente y a tu maternal cuidado.
Amén.
Autor: Teresita Feyuk

miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL ROSARIO-UN VIAJE AL CORAZÒN DE MARIA.





Una respuesta al hermano protestante.

Bueno, el Rosario no se “usa” sino que se reza o se ora… o, más correctamente, se medita… fíjate, el Rosario es una oración cristocéntrica… esto quiere decir que Cristo es el centro de la oración pues en cada Misterio meditamos una parte de la vida de Jesucristo…

En los Misterios Gozosos meditamos la Anunciación del ángel a María y la Encarnación del Hijo de Dios (Lucas 1, 26-38); la Visitación de María a su prima Isabel (Lucas 1, 39-56); el Nacimiento del Hijo de Dios en el portal de Belén (Lucas 2, 1-20); la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de María (Lucas 2, 22-38); y el Niño Jesús perdido y hallado en el Templo (Lucas 2, 41-50)…

En los Misterios Luminosos meditamos sobre el Bautismo de Jesús en el Río Jordán (Mateo 3, 13-17; Marcos 1, 9-11; Lucas 3, 21-22); la Autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná (Juan 2, 1-11); el Anuncio del Reino de Dios e invitación a la conversión (Mateo 4, 12-17; Marcos 1, 14-15; Lucas 4, 14-21); la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor (Mateo 17, 1-8; Marcos 9, 2-8; Lucas 9, 28-36); y la institución de la Eucaristía (Mateo 26, 26-29; Marcos 14, 22-25; Lucas 22,19-20)…

En los Misterios Dolorosos contemplamos la Pasión comenzando por la Oración de Jesús en el Huerto (Mateo 26, 36-46; Marcos 14, 32-42; Lucas 22, 39-46); la Flagelación de Jesús (Juan 18, 36-40; 19, 1); la Coronación de espinas (Mateo 27, 27-30; Marcos 15, 16-19; Juan 19, 2-3); Jesús con la Cruz a cuestas camino al Calvario (Mateo, 27, 31-32; Marcos 15, 20-21; Lucas 23, 26-31; Juan 19, 14-22); y finalmente, la Crucifixión y Muerte de Jesucristo (Lucas 23, 33-34, 44-46; Juan 19, 25-37)…

En los Misterios Gloriosos meditamos sobre la Resurrección de Jesucristo (Mateo 28, 1-7; Marcos 16, 1-9; Lucas 24, 1-8; Juan 20, 1-9); su Ascensión al Cielo (Marcos 16, 19; Lucas 24, 50-51; Hechos 1, 9-11); la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles el día de Pentecostés (Hechos 2, 1-4); y en los últimos dos Misterios vemos en María la realización de la promesa de eternidad a la que están llamados todos los cristianos con la Asunción de la Virgen María al Cielo (Salmo 16, 8-11; 1Corintios 15, 20-22); y la Coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado (Apocalipsis 12, 1; Lucas 1, 48-49)…

Las oraciones que repetimos al rezar el Rosario son el Padrenuestro, oración que nos enseñó Jesús (Mateo 6, 9-13; Lucas 11, 2-4)… el Avemaría, que se compone de dos partes, en la primera tenemos el anuncio del ángel y el saludo de Isabel (Lucas 1, 28 y 42); y en la segunda, nuestra súplica pidiéndole que interceda por nosotros ante su Hijo Jesucristo… a estas dos oraciones le añadimos el Gloria, que es una doxología donde alabamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…

Viéndolo desde un punto de vista práctico podemos decir que rezar el Rosario es meditar sobre la vida de Jesús mirándola desde los ojos y el corazón de María… como sabes, Lucas dice que María “conservaba cuidadosamente todas esas cosas en su corazón”… pues el Rosario no es otra cosa que un viaje al corazón de María…

lunes, 30 de octubre de 2017

DISNEY HONRABA EN 1940 A LA VIRGEN MARÍA




Los minutos finales de Fantasía (1940), una de las películas más célebres en la historia del cine de animación y título emblemático de la factoría Disney, tiene su clímax en el canto del Ave María de Franz Schubert como símbolo del triunfo del bien sobre el mal, en pugna durante toda la obra y encarnado, justo antes de esta escena, en el demonio. Fue la toma más larga rodada hasta el momento en una película de dibujos, con algunas dificultades técnicas porque el lento paso de la procesión de candelarias exigía una mayor precisión en el dibujo de los fotogramas. Hasta el último momento se barajó la posibilidad de que una imagen de la Virgen María coronase la escena, y aunque la productora se inclinó por no hacerlo, ya es significativo que sea un canto a la Madre de Dios el símbolo final del Bien.



miércoles, 25 de octubre de 2017

La oración




“Nos hiciste Señor para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti” (Sn. Agustín).

Descansar en el Señor, esa es la oración, y para eso nos ha hecho Dios: para estar en su presencia. Esta vez nos centraremos en los obstáculos que podemos tener para rezar, veremos algunos requisitos y lo que deberíamos evitar para hacer de la oración un auténtico diálogo de amor con el Señor.

Comenzando con los obstáculos es interesante percatar que la mayoría de las dificultades que tenemos para orar son cosas externas a la misma oración. El pecado es el mayor obstáculo porque ofende a Dios. Por experiencia vemos que cuando hablamos con un amigo que hemos ofendido, ese diálogo no será lo mismo. Otras dificultades pueden ser un corazón dividido, el estar desconcentrado, el acercarse a la oración con falta de pureza de intención (ejemplo, me acerco a rezar sólo cuando tengo exámenes o una dificultad especial). También está la superficialidad (obligar a Dios a hacer todo). Estos dos últimos puntos no nos hablan de amor (“la oración es tratar de amor con quien nos ama” — Sta. Teresa), me acerco al otro sólo porque me puede dar algo y eso no es amor, es usar al otro. También puede influir el cansancio, la falta de generosidad (el no entregarse a Dios como Él quiere) y por qué no, la falta de experiencia también puede ser una dificultad, pues al inicio, como todo, no se sabe cómo comenzar o qué hacer, o simplemente, uno entra con cierta inseguridad. Todo esto nos puede ayudar para reflexionar y ver cómo está nuestra oración y qué dificultades encontramos con el fin de ir mejorando en nuestro diálogo de amor con Dios.

Sobre los requisitos que quería tratar presento primero la humildad. Sólo el corazón humilde se abandona en las manos de Dios y purifica su corazón. El que cree que sin Dios todo lo puede, estará muy lejos de hacer oración. No podemos olvidar quiénes somos. Dios es nuestro creador y nosotros sus creaturas. Nos ama mucho, le amamos, no es una relación simplemente de jefe y empleado: “No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho.” (Jn 15,15), pero no dejamos de ser sus creaturas. También es bueno leer unos minutos al día los Evangelios y un libro de vida espiritual. Esto nos ayuda a estar en sintonía y a tener momentos de reflexión durante el día. De lo contrario, podemos rezar por la mañana, pero con el activismo diario, podemos pasar todo un día sin pensar en Dios. También es recomendable llevar la Biblia para rezar buscando un diálogo en la oración, es decir, no ir sólo para desahogarse o para pensar o reflexionar simplemente, sino para preguntarme ¿qué quiere Dios de mí? Es el Señor el que nos da respuestas. Y por último es muy importante la paciencia y la perseverancia. La oración es un ejercicio que debe ser practicado para que salga bien. Esto implica esfuerzo y trabajo, así como un jugador de fútbol entrena todos los días para rendir mejor en la cancha.

Autor: P. Sebastián Rodríguez, LC | Fuente: elblogdelafe.com

domingo, 30 de abril de 2017

Cuatro ángeles


Cuatro ángeles
tienen mi cama.
Cuatro ángeles
que me la guardan.

Cuatro ángeles
mi mesa tiene.
Cuatro ángeles
que la abastecen.

Cuatro ángeles
tiene mi arado.
cuatro ángeles
para el trabajo.

Cuatro ángeles
el carro que me lleva.
Cuatro ángeles
hacen mover sus ruedas.

Pero un solo ángel
tiene mi espíritu,
un solo ángel
(el más amigo)

lunes, 28 de noviembre de 2016

Oración ante el ADVIENTO 2016



Un Adviento más Cristo Jesús llega de nuevo a nosotros

y queremos reconocerlo como Señor, al salir aquí y ahora a nuestro encuentro.

Desea hablarnos con la cercanía del Hermano a los hermanos.

Sigue actuando en nuestra fe en Dios, en nuestra oración de cada día,

en el centro mismo de nuestro quehacer cotidiano,

y de manera muy especial, cuando nos acercamos al pobre y al necesitado.

¡Cuánto necesitamos tu venida a nosotros una vez más

para que nos hagas personas cristianas de verdad!

¡Ojalá te contemplemos tal como te muestras en el Evangelio

y te sintamos a nuestro lado con la fuerza de su Espíritu!

¡Ven, Señor Jesús!

En este tiempo de gracia invítanos Señor Jesús

a dejarnos decir por Dios mismo quién es Él para nosotros:

el Abba que nos ama y en todo lo bueno nos lleva la iniciativa.

A oír de sus labios lo que quiere de los creyentes:

que amemos al prójimo como a nosotros mismos,

sin cansarnos de hacer siempre el bien, incluso a los enemigos.

A experimentarlo en la intimidad cómo el Padre querido,

que se acerca a nuestras vidas para engrandecerlas y llenarlas de sentido;

que con su misericordia entrañable nos acompaña siempre;

que nos consuela en las flaquezas y nos protege en los peligros;

que nos perdona de forma incondicional y se olvida de nuestros pecados.

¡Ven Señor, Jesús!

En este tiempo de salvación ínstanos Señor Jesús

a recuperar el silencio interior como acto primero, necesario

para dejar hablar a Dios en lo hondo del corazón,

para escuchar su Palabra en la Escritura Santa

y estar dispuestos a cumplirla con fidelidad y responsabilidad.

A introducir en nuestra plegaria las necesidades ajenas, como propias;

a dejarnos confrontar con los acontecimientos que se suceden,

porque ellos son otra forma de la revelación divina;

a luchar por la justicia y contra las distintas formas del mal,

para aliviar así el dolor de tantos heridos en el camino.

¡Ven, Señor Jesús!

Señor y Hermano nuestro, en este tiempo de conversión,

enséñanos a contemplar la vida diaria como el lugar propicio

donde Tú te manifiestas con la fuerza del Espíritu,

donde la oración personal y comunitaria van creciendo

y se toma en serio el compromiso con los marginados de la sociedad.

Toda nuestra existencia diaria se realiza ante el Padre y los hermanos.

Y para ello, necesitamos abrir los ojos de la fe,

de modo que podamos encontrarlos donde están realmente:

en lo más íntimo de nuestra alma y en las relaciones continuas con los otros.

¡Hijo de Dios, sigue siendo para cada uno de nosotros nuestra esperanza!

¡Ven, Señor Jesús!


Autor: sacerdote Luis Ángel Montes Peral
Tomado de: revista ecclesia

martes, 5 de abril de 2016

Ya somos pocos, Señor. Y cada día menos. El campo va quedándose huérfano.






Ya somos pocos, Señor. Y cada día menos. El campo va quedándose huérfano. Damos de comer a todos y la humanidad nos vuelve la espalda; peor aún, nos acosa y nos persigue, haciéndonos la vida cada día más dura. Da tristeza sentir que la única presencia que viene de fuera es la de la violencia de las armas de parte de guerrilleros, paramilitares, delincuencia común y, a veces, hay que reconocerlo, de las fuerzas del estado

Pero, Señor, Creador del universo, yo quiero mi tierra. En ella nací y en ella he dejado y sigo dejando mi experiencia. En ella vivieron y murieron mis padres y abuelos. Tú también, Dios hecho hombre, Jesús de Nazareth, tuviste mucho cariño a la naturaleza. La tierra y los árboles, los animales y el agua, las flores fueron buena noticia en el anuncio de tu Reino de amor y de servicio.

Entre las muchas cosas bellas que dijiste acerca de la creación, recuerdo con satisfacción aquello que trae tu discípulo Juan: “Yo soy la vid y ustedes los sarmiento o ramas. Si alguien permanece en mí y yo en él, produce mucho fruto pero sin mí nada pueden hacer.”(Juan 15, 5) Y aquello otro:”Ustedes no me escogieron a mí; soy yo quien los escogí a ustedes y los he puesto para que vayan y produzcan fruto abundante.” (Juan 15, 16)

Saber todo esto me da mucha alegría. Somos ramas del único árbol de vida que eres tú, Jesucristo. Y en ti y por ti estamos invitados a adelantar tu Reino de hermandad por el amor y el servicio a nuestros prójimos. Es lo que esperas de nosotros donde quiera nos encontremos y en oficio que realicemos.

Quiero, Señor Jesús, compartir tu amor por toda la creación. Concédeme sabiduría y capacidad para usar la tierra sin destruirla y poder dejar a mis hijos un espacio de vida en buenas condiciones. Ayúdame a darme cuenta de mi dignidad de ser humano y dame valor para unirme a mis hermanos campesinos en busca de mejores condiciones para nosotros y para todos los que hasta ahora hemos sido marginados de los bienes del universo. “Sólo así la tierra podrá cantar tus alabanzas pues la gloria de Dios es el hombre viviente” (San Ireneo).

Tomado del libro Oremos viviendo el amor y la misericordia de Dios No 3

jueves, 31 de marzo de 2016

Miserere




Tenme piedad, oh Dios, según tu amor,
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa,
y de mi pecado purifícame.
Pues mi delito yo lo reconozco,
mi pecado sin cesar está ante mí;
contra Ti, contra Ti solo he pecado,
lo malo a tus ojos cometí.


Por que aparezca tu justicia cuando hablas
y tu victoria cuando juzgas.
Mira que en la culpa ya nací,
pecador me concibió mi madre.


Mas Tú amas la verdad en lo íntimo del ser,
y en lo secreto me enseñas la sabiduría.
Rocíame con el hisopo, y seré limpio,
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.


Devuélveme el son del gozo y la algría,
exulten los huesos que machacaste Tú.
Retira tu faz de mis pecados,
borra todas mis culpas.

Crea en mí, oh Dios, un puro corazón,
un espíritu dentro de mí renueva;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu.

Vuélveme la alegría de tu salvación,
y en espíritu generoso afiánzame;
enseñaré a los rebeldes tus caminos,
y los pecadores volverán a Ti.

Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación,
y aclamará mi lengua tu justicia;
abre, Señor, mis labios,
y publicará mi boca tu alabanza.

Pues no te agrada el sacrificio,
si ofrezco un holocausto no lo aceptas.
El sacrificio a Dios es un espíritu contrito;
un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.

¡Favorece a Sión en tu benevolencia,
reconstruye las murallas de Jerusalén!
Etonces te agradarán los sacrificios justos,
--holocausto y oblación entera--
se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
y por los siglos de los siglos.
Amén.


Con la confianza de haber obtenido de Tu infinita Misericordia el perdón por mis innumerables culpas, ofensas y negligencias me permito, oh Jesús, pedirte perdón también por mis hermanos.

Pienso en los innumerables pecados que se cometen en el mundo día a día: pecados de los individuos y de las naciones, pecados de los súbditos y de los gobernantes; pecados de orgullo, de sensualidad y de codicia; pecados de pensamiento, de palabra, de obras y de omisión.

Por todos estos pecados y por los pobres infelices que los cometen, me atrevo a pedir, oh Jesús, la efusión de Tu infinita misericordia. Son los pecados los que Te hicieron agonizar en el Huerto de los Olivos y
 sumergieron Tu alma santísima en un mar de tristeza.
No olvides, oh Jesús, que libremente quisiste cargar con ellos; que has querido "hacerte pecado", para borrar los nuestros; no olvides, oh Jesús, que Te ofreciste a la ira del Padre, para rescatar a Tus hermanos culpables.

Oh Jesús, Te ruego renueves Tu ofrecimiento al Padre, presentándole nuevamente Tus llagas; muéstrale las espinas, los flagelos y los clavos que traspasaron tus carnes; pero, especialmente, hazle ver Tu Corazón herido y rebosante de amor por El y por nosotros, y pide Su perdón.
Recuerda, oh Jesús, que mayor que todas nuestras culpas es Tu misericordia. Viértela, oh Jesús, sobre el mundo culpable. Busca las ovejas que se alejaron de Tu redil y muéstrales cuán grande es la potencia de Tu amor de Salvador.
Y ya que Tu Corazón está herido por las culpas de los más íntimos, para los que renuevan el beso de Judas o la negación de Pedro, también para ellos, oh Jesús, invoco Tu perdón. Que ninguno de ellos cumpla el gesto desesperado de Judas, sino que Tu gracia los induzca, como a Pedro, a una reparación de amor.

domingo, 20 de marzo de 2016

Señor enséñame


Señor, enséñame a ser generoso.

Enséñame a servirte como lo mereces;

a dar y no calcular el costo,

a luchar y no prestar atención a las heridas,

a esforzarme y no buscar descanso,

a trabajar y no pedir recompensa,

excepto saber que hago tu voluntad.

Autor: San Ignacio de Loyola

viernes, 10 de octubre de 2014

Leer, meditar, rezar, actuar: La lectio divina en cuatro pasos fáciles






Cuando primero me encontré con el término lectio divina (que significa “lectura sagrada”), se me vino a la mente la idea de monjes ya mayores recluidos en un cuarto silencioso muy concentrados estudiando unos manuscritos medievales, mientras la luz del sol se proyecta a través de hermosos vitrales de colores iluminando las páginas de libros antiquísimos, y pensé que no sería algo que llegaría a mi experiencia personal.

Pero después de entrar en el noviciado jesuita tuve la oportunidad de conocer aquella antigua práctica de la lectio divina de una manera que la hacía no solo accesible sino comprensible. En las comunidades monásticas todavía se usa este método de oración, claro está, pero también lo puede usar incluso el más ocupado y el menos monástico de nosotros.



Un método sencillo. La lectio divina es una forma de tener un encuentro con Dios a través de la Sagrada Escritura, y se hace normalmente tomando un pasaje determinado de la Biblia para hacer la oración. Hay diversos métodos para la lectio divina, pero el más fácil que he encontrado es el que me sugirió mi profesor de Nuevo Testamento, el Padre Daniel Harrington, SJ. Él me aconsejó dividir la oración en cuatro pasos. Para hacerlo más fácil, usaremos el relato de cuando Jesús predica en la sinagoga de Nazareth en el Evangelio según San Lucas (4,16-30).

Paso 1. Leer: ¿Qué dice el texto? En primer lugar, se lee el texto. Al nivel más básico, uno se pregunta: ¿Qué sucede en este pasaje del Evangelio? A veces, conviene usar un comentario bíblico o leer la explicación de la propia Biblia para entender mejor el contexto.
En este pasaje recordamos que Jesús está en la sinagoga de Nazaret, y que lee las Escrituras hebreas. Aquí, al principio de su ministerio público, el Señor revela tanto su identidad como su misión a los pobladores de su ciudad. ¡Qué impresionante debe haber sido para ellos escuchar que “un joven del pueblo” comenta una lectura del profeta Isaías, que luego dice: “Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír.” En otras palabras ¡Yo soy el cumplimiento de la Escritura!

Al principio, seguramente la gente pensaba que era agradable escuchar la lectura que hacía Jesús, pero luego se vuelven contra Él y casi lo matan. De alguna manera, el Señor pasa en medio de ellos y se va. No es de extrañar, pues, que a este pasaje lo llamen “el rechazo en Nazaret.”

Paso 2. Meditar: ¿Qué me dice Dios a mí en este texto? En este punto, uno ve si hay algo que Dios quiere darle a conocer en este pasaje. Casi siempre uno puede relacionarlo con algún suceso o experiencia de su vida.

Por ejemplo, ¿ha habido situaciones o lugares en los que uno se ha sentido llamado a hablar “en nombre de Dios”, incluso aunque alguien lo rechace? En el pasaje del Evangelio, Jesús seguramente sabía que su mensaje sería polémico, pero así y todo lo proclamó. ¿Hay algo en tu vida que te pide adoptar una postura muy fi rme e incluso arriesgada? Quizás algo como esto es lo que Dios quiere comunicarte.

Paso 3. Rezar: ¿Qué le quiero decir yo a Dios sobre el texto? Después de meditar en este pasaje, tal vez uno sienta temor por lo que cree que el Señor le pide hacer. Si esto signifi ca defender a alguien que ha sido maltratado, o incluso defenderse uno mismo, quién sabe si la idea pueda asustarle. Tal vez uno tema ser rechazado, y más aún, ser rechazado por los conocidos y amigos cercanos, como lo fue Cristo en su propia ciudad.

Pero también uno puede sentirse animado por el ejemplo de la confi anza de Jesús, y recordar que todos los profetas probablemente sintieron algo de temor cuando tuvieron que cumplir una misión profética. Así y todo, tanto Jesús como los profetas actuaron a pesar del miedo, siempre confi ando en Dios. Usa esta parte de tu oración para decirle al Señor cómo te sientes al respecto. Sé honesto y no te preocupes: ¡A Dios no le sorprende ninguna emoción!

Paso 4. Actuar: ¿Qué hacer como resultado de la oración? Finalmente, uno actúa. La oración debe movernos a actuar, aunque esto solamente signifi que ser más compasivos y fi eles.
Ahora que uno ha leído la narración de lo que hizo Jesús en la sinagoga, ha refl exionado sobre lo que Dios le dice y le ha dicho a Dios lo que piensa, es hora de entrar en acción. Tal vez se decida a realizar alguna acción concreta para defender con más decisión y valentía a quien se encuentre oprimido, o bien decida que quiere perdonar a alguien que le ha hecho algún mal, o incluso piense que quiere rezar más sobre lo que ha de hacer. Sea lo que sea, es hora de dejar la oración y pasar a la acción.




Saborear y escuchar. Hay otro modo de rezar la lectio divina ligeramente diferente, en el cual uno se queda meditando sobre una idea, una sola palabra o una frase que uno escoge del pasaje leído. De esta manera uno puede “saborear” el texto, como decía San Ignacio de Loyola. Esto resulta muy bien con los salmos.

Por ejemplo, uno puede leer el Salmo 23, que comienza con la frase “El Señor es mi pastor.” Cuando llegue a la frase “En verdes praderas me hace descansar,” quizá se sienta inclinado a meditar en lo agradable que sería experimentar un apacible descanso en aquella verde pradera. Si usted es una persona muy ocupada, tal vez aproveche la oportunidad simplemente para reposar junto a Dios, o bien puede pensar en aquellos lugares o situaciones que en su vida podría comparar con “verdes praderas” y darle gracias a Dios por ellos. De esta forma, su lectio divina se limitaría nada más que a una oración concentrada o un descanso apacible, una gratitud sin palabras.

Dios tiene muchos modos de actuar en la vida de sus hijos y muchos modos de comunicarse con nosotros. La oración de la lectio divina es apenas uno de ellos. El Señor también nos puede hablar a través de la Santa Misa y los sacramentos, así como por nuestras experiencias y amistades y también a través de la naturaleza, la música y el arte.

En todos estos momentos, la voz de Dios viene a nosotros; por eso, cuando usted rece y sienta que Dios le habla, ¡ponga atención y escuche!


El P. James Martin, S.J., es sacerdote jesuita y autor del libro Mi vida con los santos (Loyola Press).

sábado, 20 de septiembre de 2014

El Decálogo Orante


1. "Vete al Señor mismo, al mismo con quien la familia descansa, y llama con tu oración a su puerta, y pide, y vuelve a pedir. No será Él como el amigo de la parábola: se levantará y te socorrerá; no por aburrido de ti: está deseando dar; si ya llamaste a su puerta y no recibiste nada, sigue llamando que está deseando dar. Difiere darte lo que quiere darte para que más apetezcas lo diferido; que suele no apreciarse lo aprisa concedido". (Sermón 105).

2. "Tiene Él más ganas de dar que nosotros de recibir; tiene más ganas Él de hacernos misericordia que nosotros de vernos libres de nuestras miserias". (Sermón 105).

3. "La oración que sale con toda pureza de lo intimo de la fe se eleva como el incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios que éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes". (Coment. sobre el Salmo 140).





4. "Si la fe falta, la oración es imposible. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe". (Catena Aurea).

5. "Cuando nuestra oración no es escuchada, es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros". (La ciudad de Dios, 20, 22).

6. "Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues Él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón". (Carta 130, a Proba).

7. "Con objeto de mantener vivo este deseo de Dios, debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y quehaceres que de algún modo nos distraen de él, y amonestarnos a nosotros mismos con la oración vocal; no vaya a ocurrir que nuestro deseo comience a entibiarse y llegase a quedar totalmente frío, y, al no renovar con frecuencia el fervor, acabe por extinguirse del todo". (Carta 130, a Proba).



8. "Lejos de la oración las muchas palabras; pero no falte la oración continuada, si la intención persevera fervorosa. Hablar mucho en la oración es tratar una cosa necesaria con palabras superfluas: orar mucho es mover, con ejercicio continuado del corazón, a aquel a quien suplicamos, pues, de ordinario, este negocio se trata mejor con gemidos que con discursos, mejor con lágrimas que con palabras." (Carta 121 a Proba).

9."Haz tú lo que puedas, pide lo que no puedes, y Dios te dará para que puedas". (Sermón 43, sobre la naturaleza y la gracia).

10. "Si vas discurriendo por todas las plegarias de la santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical (Padrenuestro)". (Carta 130, a Proba).

TITULO ORIGINAL "EL DECÁLOGO ORANTE (SAN AGUSTÍN)

lunes, 5 de mayo de 2014

Conócete a ti mismo








<<Conócete a ti mismo>>, decía uno de los siete sabios de Grecia. Voy, pues a pensar en mí. ¿Qué soy yo? Soy un problema lleno de misterios.

No soy mío, no me pertenezco; a mí me han hecho. Todo cuantos conozco son, como yo, de Dios.

Yo soy de ayer. Hace pocos años no existía.

Yo soy impotente, necesitado, pobre de todo.

Yo soy muy pequeño; siento que hay otro superior a mí, otro que me manda, que me prohíbe, que me ve y vigila cuanto hago, que me reprende si hago mal, que me prueba si hago bien, que me amenaza si no cumplo mi deber, que me asegura si lo cumplo.

Yo soy ignorante y falible. ¡Qué poco sé! ¡Que poco alcanzo!

Yo soy mudable, soy desgraciado, soy mortal, me acabo, me voy, no me puedo detener ni esperarme quieto. Me empuja más allá, a la muerte, al fin. Marcho a paso incesante por la senda de la vida a la muerte.

Al mismo tiempo yo soy mío, yo soy libre, puedo hacer muchas veces lo que me da la gana.

Yo soy inteligente, soy grande, valgo mucho, siento en medio de mi pequeñez un poder sobremundano, me conozco superior a todas las cosas, superior a toda la materia y a todo el mundo que me rodea, destinado a grandes cosas, criado para ser feliz, inmortal y eterno.

No soy una piedra, no soy una flor, no soy un perro. Soy mucho más. Y aun cuando muera, sé que hay algo que me espera después de la muerte.

¡Qué poco valgo y cuanto valgo! ¡Sin Dios y respecto a Dios… nada! ¡Con Dios y respecto del mundo… mucho! Debo de ser humilde y puedo ser magnánimo. Sin Dios nada; con Dios mucho.

Autor: P. Remigio Vilariño, S.J.

jueves, 17 de octubre de 2013

Aquí me llego



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Aquí me llego, todopoderoso y eterno Dios, al sacramento de vuestro unigénito Hijo mi Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado a la fuente de misericordias, como ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre y desvalido al Señor de los cielos y tierra.

Ruego, pues, a vuestra infinita bondad y misericordia, tengáis por bien sanar mi enfermedad, limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad, enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez, para que así pueda yo recibir el Pan de los Angeles, al Rey de los Reyes, al Señor de los señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tal fe y tal pureza, y con tal propósito e intención, cual conviene para la salud de mi alma.

Dame, Señor, que reciba yo, no sólo el sacramento del Sacratísimo Cuerpo y Sangre, sino también la virtud y gracia del sacramento !Oh benignísimo Dios!, concededme que albergue yo en mi corazón de tal modo el Cuerpo de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo, Cuerpo adorable que tomó de la Virgen María, que merezca incorporarme a su Cuerpo místico, y contarme como a uno de sus miembros.

!Oh piadosísimo Padre!, otorgadme que este unigénito Hijo vuestro, al cual deseo ahora recibir encubierto y debajo del velo en esta vida, merezca yo verle para siempre, descubierto y sin velo, en la otra. El cual con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.


Autor: Santo Tomás de Aquino

martes, 13 de agosto de 2013

Letanías de la Voluntad de Dios







Señor, ten piedad de nosotros.
Padre celestial, que tu Voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.
Verbo divino, que tu Voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.
Espíritu Santo, que tu Voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.
Adorable Trinidad, que tu Voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.
Voluntad de Dios, infinitamente santo, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios infinitamente perfecta, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, infinitamente recta, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, impenetrable en tus decretos, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, infinitamente adorable, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, todopoderosa, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, que haces todo con sabiduría, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, ocupación eterna de los santos, reina soberanamente sobre nosotros.
Volunta de Dios, alimento de todas las almas justas, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, amor de los corazones fieles, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios que premias todas las cosas, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, medida del mérito y del premio de nuestras obras, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, alegría y delicia de nuestras almas, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, nuestra fuerza y nuestra seguridad, reina soberanamente sobre nosotros
Voluntad de Dios, nuestra consolación y nuestro reposo, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, remedio a nuestros males y a las penas de esta vida, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, nuestra esperanza y sostén en la muerte, reina soberanamente sobre nosotros.
Voluntad de Dios, cuyo reino es nuestro único fin, nuestra salvación, nuestra fidelidad, reina soberanamente sobre nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros.

Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.

Oremos: Señor Dios Todopoderoso, soberanamente bueno e infinitamente sabio; por el mérito de la perfecta sumisión con la cual Cristo, nuestro Salvador, aceptó el cáliz de su Pasión; por la conformidad de su divina Madre a tu voluntad santa y por la perfecta obediencia de San José a todas tus órdenes: concédenos las gracia de cumplir en todas las cosas, y hasta el momento de nuestra vida, tu santísima, justísima y adorabilísima voluntad, tal como se cumple en el cielo. Amén.


(Compilado por José Gálvez Krüger)

domingo, 11 de agosto de 2013

El rostro de Jesús





Eterno Padre, Dios de infinito amor, bondad y misericordia, por el Inmaculado Corazón de María y en unión con San José y de todos los Ángeles y Santos y en nombre de todos los hombres y de las almas del purgatorio, te ofrezco el Rostro llagado, ensangrentado e inundado de lágrimas de tu muy amado Hijo.

Te ofrezco este santísimo y adorable Rostro de nuestro Señor Jesucristo para expiar los pecados de todo el mundo, las blasfemias, sacrilegios e irreverencias; para la iluminación de tus sacerdotes y religiosos y por la conversión de todos los pecadores, en especial de los más obstinados; como también para las almas  del purgatorio.

En tu rostro desfigurado por el dolor, reconozco la inmensidad de tu amor hacia mí.

Imprime en mi corazón la imagen de tu divinidad, y dame un amor ardiente a Ti, para que un día pueda ver tu Faz glorificada. Amén.


(Compilado por José Gálvez Krüger)


lunes, 5 de agosto de 2013

ADORACIÓN



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Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

«Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios» (Jn. 6,69).

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.

Aumenta nuestra FE.
Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.

Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.

Siguiéndote a ti, «camino, verdad y vida», queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia» de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo» (Mt. 17,5).

Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.

Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives «siempre intercediendo por nosotros» (Heb. 7,25).

Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.

Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.

Quisiéramos decir como San Pablo: «Mi vida es Cristo» (Flp. 1,21).

Nuestra vida no tiene sentido sin ti.

Queremos aprender a «estar con quien sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente todo se puede sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración «el amor es el que habla» (Sta. Teresa).

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt. 26,38).

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.

El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos «gemidos inenarrables» (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.

En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.

Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o «misterio». Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el «misterio» de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.

Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.

Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.
Amén.


Autor: S.S. Juan Pablo II

jueves, 1 de agosto de 2013

La oración es un don




La oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada al cielo, un grito de reconocimiento y de amor.

Hoy queremos hablar del gran regalo que Dios nos ha hecho con la oración. El poder hablar con Dios es una condescendencia divina que no la podemos comprender.

Cuando oramos, cuando se abren nuestros labios para rezar, pensamos que somos nosotros los que hemos tenido la iniciativa.

Y ha sido Dios quien nos ha buscado, quien ha elevado nuestro pensamiento, quien nos ha dictado las palabras, quien ha fomentado nuestros sentimientos.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice claramente que la oración es primero una llamada de Dios, y después una respuesta nuestra. La oración es, por lo mismo y ante todo, una gracia de Dios.

¿Es posible que Dios tenga necesidad de nosotros? ¿Es posible que sea Dios el que nos busque? ¿Es posible que sea Dios quien salga a nuestro encuentro?...

Solamente el cristianismo sabe responder que sí. Porque solamente Jesús nos ha dicho que Dios es nuestro Padre, un Padre que nos ama. Y el padre que ama, no puede pasar sin hablar con el hijo querido.

¿Sabemos lo que nos pasa cuando queremos orar? Nos ocurre lo mismo que a la Samaritana junto al pozo de Jacob, como nos cuenta Juan en su Evangelio. ¿A qué se redujo la petición de la Samaritana, aquella mujer de seis maridos y siempre insatisfecha? Pues, a reconocer que tenía sed. Y, por eso, pidió a Jesús:
- ¡Dame, dame de esa agua tuya, para que no tenga más sed en adelante!

La pobre no se daba cuenta de que había sido Jesús el primero que había pedido agua:
- ¡Mujer, dame de beber!...
Y ella le daba al fin el corazón, porque Jesús se había adelantado a pedírselo.

La oración es una comunicación entre Dios y nosotros. Tenemos un corazón inmenso, con capacidad insondable de amar y de ser amados. Sólo Dios puede llenar esas ansias infinitas. Por eso nos atrae, nos llama, y, si le respondemos con la oración ansiosa, nos llena de su amor y de su gracia.

Santa Teresa del Niño Jesús, tan querida de todos, lo expresó de una manera maravillosa con estas palabras, que nos trae el Catecismo de la Iglesia Católica:
- Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada al cielo, un grito de reconocimiento y de amor, tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría.

La otra Teresa, Teresa de Jesús, había dicho lo mismo con otras palabras:
- Oración, a mi parecer, no es otra cosa que tratar de amistad con Aquél que sabemos que nos ama.

¡Claro! Si Dios me ama, es un amante que no puede pasar sin mí, y por eso me busca.
¡Claro! Si yo amo a Dios, no me aguanto sin El, y por eso lo busco.

¡Claro! Y, cuando nos encontramos, ¿qué hacemos? Como somos tan amigos, nos ponemos a hablar amistosamente, y no hay manera ni de que Dios deje de llamarme a la oración, ni de que yo deje de suspirar por pasar en oración todos los ratos posibles.




La oración resulta ser entonces el termómetro que mide el calor del corazón.
La oración resulta ser entonces el metro que precisa la distancia que hay entre Dios y yo.
La oración resulta ser la balanza que calcula con exactitud el peso de mi amor.

Porque todos valemos lo que vale nuestro amor.
Y nuestro amor vale lo que vale nuestra oración.
La oración no nace precisamente de nosotros, sino de Dios. Es Dios el primero en llamar.

Es Dios el primero en darnos sed y ansia del mismo Dios. Es Dios el que impulsa nuestra oración, por el Espíritu Santo que mora en nosotros. Por lo cual, la oración es propiamente un don, un regalo de Dios. Y así, tiene pleno sentido eso de la que la oración no es una carga, sino un alivio; no una obligación pesada ni aburridora, sino una ocupación deliciosa, la más llevadera y la de mayor provecho durante toda la jornada...

Al decirnos el Catecismo de la Iglesia Católica que Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración, hemos de decir que la oración es una verdadera vocación. ¡Dios que nos llama a estar con Él!...

Así lo entienden tantos y tantos cristianos, cuya principal ocupación es gastar horas y más horas en la presencia de Dios.

Como aquel buen campesino, que decía:
- No sé cómo se puede rezar un Padrenuestro en menos de diez minutos.
Y como lo dijo con esta naturalidad e ingenuidad, le preguntaron:
- ¿Diez minutos le cuesta a usted rezar un Padrenuestro? En ese tiempo, y haciéndolo en particular, se puede rezar casi un Rosario.
- Sí, es lo que hace mi mujer. Es muy devota, y reza mucho. Pero yo prefiero rezar menos y estar con mis ojos y mi corazón clavados en Dios.

El buen hombre no se daba cuenta de lo que nos estaba confesando. Había llegado a lo que se llama la contemplación. Sin palabras, se pasaba las horas en la presencia de Dios, pues en eso consiste lo que llamamos vida de oración, o espíritu de oración, que es uno de los mayores regalos que Dios hace al alma, cuando ésta responde fiel a esa vocación de la oración.

¡Señor! Si Tú nos llamas, ¿por qué no te respondemos? ¡Qué felices que vamos a ser el día en que nuestra ocupación primera sea ésta: pasarnos buenos ratos hablando contigo!....

CIC. 2558-2560 y 2567.


Autor: Pedro García, Misionero Claretiano