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viernes, 5 de julio de 2019

Es el divino silencio




«Hace poco pude ver en casa de unos amigos una representación de San José que me ha hecho pensar mucho. Es un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca, en el que se muestra la noche de la fuga hacia Egipto. Se ve una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, que está durmiendo, pero vestido con la indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas como se necesitan para una caminata difícil. Si en primera impresión resulta un tanto ingenuo que el viajero aparezca a la vez como durmiente, pensando más a fondo empezamos a comprender lo que la imagen nos quiere sugerir».

1. «Mi corazón vigila»

«Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en la disposición de oír la voz del ángel (Mt II, 13, ss.). Parece desprenderse de la escena lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant, V, 2). Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear. En esa tienda abierta tenemos una figura del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuena en su interior o se le diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen. En esa profundidad el alma de cualquier hombre se puede encontrar con Dios. Desde allá Dios nos habla a cada uno y se nos muestra cercano».

[Reposan los sentidos exteriores, pero el alma está despierta. Dice un punto de Camino (368). «¿Te aburres? —Es que tienes los sentidos despiertos y el alma dormida»].



«Sin embargo, la mayoría de las veces nos hayamos invadidos por cuidados, inquietudes, expectativas y deseos de todas clases; tan repletos de imágenes y apremios producidos por el vivir de cada día, que, por mucho que vigilemos externamente, se nos pierde la interna vigilancia y, con ella, el sonido de las voces que nos hablan desde lo íntimo del alma. Ésta se halla tan cargada de cachivaches, y son tantas las murallas elevadas en su interior, que las voz suave del Dios próximo no puede hacerse oír. Con la llegada de la Edad Moderna, los hombres hemos ido dominando cada vez más el mundo, y disponiendo las cosas a la medida de nuestros deseos; pero estos adelantos en nuestro dominio sobre las cosas, y en el conocimiento de lo que podemos hacer con ellas, ha encogido a la vez nuestra sensibilidad de tal manera, que nuestro universo se ha tornado unidimensional. Estamos dominados por nuestras cosas, por todos los objetos que alcanzan nuestras manos, y que nos sirven de instrumentos para producir otros objetos. En el fondo, no vemos otra cosa que nuestra propia imagen, y estamos incapacitados para oír la voz profunda que, desde la Creación, nos habla también hoy de la bondad y la belleza de Dios».

[Pensemos un poco si nos pasa esto. ¿Dónde están nuestros pensamientos y nuestro corazón? ¿Qué es lo que los llena el alma? ¿Vamos adquiriendo cada vez más gusto por las cosas de Dios? ¿Vamos desarrollando la capacidad para lo espiritual, para oírle?].


«Ese José que duerme, pero que al mismo tiempo se halla presto para oír lo que resuene por dentro y desde lo alto —porque no es otra cosa lo que acaba de decirnos el Evangelio de este día—, es el hombre en el que se unen el íntimo recogimiento y la prontitud. Desde la tienda abierta de su vida, nos invita a retirarnos un poco del bullicio de los sentidos; a que recuperemos también nosotros el recogimiento; a que sepamos dirigir la mirada hacia el interior y hacia lo alto, para que Dios pueda tocarnos el alma y comunicarnos su palabra. La Cuaresma es un tiempo especialmente adecuado para que nos apartemos de los apremios cotidianos, y dirijamos nuevamente nuestros pasos por los caminos del interior».
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[Todos los años, el viernes de la primera semana de Adviento, en la Liturgia de las Horas, leemos un texto de San Anselmo, que nos puede ayudar a comprender la importancia del silencio. San Anselmo, de familia noble, nació en Aosta (Lombardía). Su madre confió su educación a los benedictinos. Mientras se reponía de una enfermedad decidió abrazar la vida monástica. Su padre, Gondulfo, se opuso a su vocación y Anselmo abandona la casa paterna. Viajó a Francia e ingresa en el monasterio benedictino de Bec, en Normandía. Llega a ser abad y, más tarde, arzobispo de Cantorbery (1093). Uno de sus escritos más famosos es el Proslogion:

«Deja un momento tus ocupaciones habituales, hombre insignificante, entra un instante en ti mismo, apartándote del tumulto de tus pensamientos. Arroja lejos de ti las preocupaciones. Reposa en Dios un momento, descansa siquiera un momento en él. Entra en lo más profundo de tu alma, aparta de ti todo, excepto Dios y lo que puede ayudarte a alcanzarlo; cierra la puerta de tu habitación y búscalo en el silencio. Di con todas tus fuerzas, di al Señor: “Busco tu rostro; tu rostro busco, Señor”. Y ahora, Señor y Dios mío, enséñame dónde y cómo tengo que buscarte, dónde y cómo te encontraré.

Si no estás en mí, Señor, si estás ausente, ¿dónde te buscaré? Si estás en todas partes, ¿por qué no te veo aquí presente? Es cierto que tú habitas en una luz inaccesible, ¿pero dónde está esa luz inaccesible?, ¿cómo me aproximaré a ella? ¿quién me guiará y me introducirá en esa luz para que en ella te contemple? ¿Bajo qué signos, bajo qué aspectos te buscaré? Nunca te he visto, Señor y Dios mío, no conozco tu rostro.

Dios altísimo, ¿qué hará un desterrado, lejos de ti?, ¿qué hará este servidor tuyo, sediento de tu amor, que se encuentra alejado de ti? Desea verte y tu rostro está muy lejos de él. Anhela acercarse a ti y tu morada es inaccesible. Arde en deseos de encontrarte e ignora dónde vives. No suspira más que por ti y jamás ha visto tu rostro.

Enséñame a buscarte, muéstrame tu rostro, porque si tú no me lo enseñas no puedo buscarte. No puedo encontrarte si tú no te haces presente. Te buscaré deseándote, te desearé buscándote, amándote te encontraré, encontrándote te amaré» (SAN ANSELMO, Proslogion, en Brev. I, Viernes de la Primera Semana de Adviento).

Se comprende que sólo podremos encontrar a Dios si entramos en nosotros mismos mediante el silencio interior.

«Es el divino silencio que se hace en el alma cuando el hombre —invocando humildemente la ayuda del Espíritu Santo— consigue acallar en su mente y en su corazón las voces de la imaginación incontrolada, del egoísmo o de las pasiones, para escuchar —en una quietud humilde y enamorada— solamente la voz de Dios» (J. Herranz, Atajos del si-lencio, p. 126).

Lo dice la Madre Teresa de Calcuta: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz» (Madre Teresa de Calcuta).

No tener miedo a aislarse de los demás: «Recogerse no es alejarse, aislarse. Es abrazar. Es re-coger en Dios a los otros y a las cosas que tenemos a nuestro alrededor» (De nuestro Padre, citada por J. Herranz, Atajos del silencio). La contemplación es acción más rectitud de intención; diálogo más amor al prójimo].



2. «He aquí la sierva del Señor»

[Ahora nos fijaremos en otra faceta del relieve portugués que llamó tanto la atención del Papa: la disponibilidad de San José para amar la voluntad de Dios, fuera cual fuera, que incluía el dolor y la incertidumbre].

«Pasemos al segundo punto. Ese José que vemos está pronto para erguirse y, como dice el Evangelio, cumplir la voluntad de Dios (Mat. I, 24; II, 14). Así toma contacto con el centro de la vida de María, la respuesta que diera ella en el momento decisivo de su existencia: He aquí la sierva del Señor (Luc, I, 38). En él sucede lo mismo con su disposición a levantarse: Aquí tienes a tu siervo, dispón de mí. Coincide su respuesta con la de Isaías en el instante de recibir el llamamiento: Heme aquí, Señor, envíame (Is, VI, 8, en relación con I Sam, III, 8 y ss.). Esa llamada informará su vida entera en adelante. Pero también hay otro texto de la Escritura que viene aquí a propósito: el anuncio que Jesús hace a Pedro cuando le dice: Te llevará a donde tú no quieras ir (Jn, XXI, 10). José, con su presteza, lo ha hecho regla de su vida: porque se halla preparado para dejarse conducir, aunque la dirección no sea la que él quiere. Su vida entera es una historia de correspondencias de este tipo».

«Comenzó con la primera comunicación de las alturas: la del ángel al darle información sobre el secreto de la maternidad divina de María, el misterio de la llegada del Mesías. De improviso, la idea que se había hecho de una vida discreta, sencilla y apacible, resulta trastornada cuando se siente incorporado a la aventura de Dios entre los hombres. Al igual que sucediera en el caso de Moisés ante la zarza ardiente, se ha encontrado cara a cara con un misterio del que le toca ser testigo y copartícipe. Muy pronto ha de saber lo que ello implica: que el nacimiento del Mesías no podrá suceder en Nazareth. Ha de partir para Belén, que es la ciudad de David; pero tampoco será en ella donde suceda: porque los suyos no le acogieron (Jn, I, 11). Apunta ya la hora de la Cruz: porque el Señor ha de nacer en las afueras, en un establo. Luego viene, tras la nueva comunicación del ángel, la salida para Egipto, donde ha de correr la suerte de los sin casa y sin patria: refugiados, extranjeros, desarraigados que buscan un lugar donde instalarse con los suyos».

«Volverá, pero sin que hayan terminado los peligros. Más tarde, sufrirá la dolorosa experiencia de los tres días durante los que Jesús está perdido (Luc, II, 46), esos tres días que son como un presagio de los que mediarán entre la Cruz y la Resurrección: días en los que el Señor ha desaparecido y se siente su vacío. Y, al igual que el Resucitado no habrá de retornar para vivir entre los  suyos con la familiaridad de aquellos días que se fueron, sino que dice: No quieras retenerme, porque he de subir al Padre, y podrás estar conmigo cuanto tú también subas (cfr. Jn, XX, 17), así ahora, cuando Jesús es encontrado en el Templo, reaparece en primer plano el misterio de Jesús en lo que tiene de lejanía, de gravedad  de grandeza. José se siente, en cierto modo, puesto en su sitio por Jesús, pero a la vez encaminado hacia lo alto. Yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre (Luc, II, 19). Es como si le dijera: Tú no eres padre mío, sino guardián, que, al recibir la confianza de este oficio, has recibido el encargo de custodiar el misterio de la Encarnación».

«Y morirá por fin José sin haber visto manifestarse la misión de Jesús. En su silencio quedarán sepultados todos sus padecimientos y esperanzas. La vida de este hombre no ha sido la del que, pretendiendo realizarse a sí mismo,  busca en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Ha sido el hombre que se niega a sí mismo, que se deja llevar a donde no quería. No ha hecho de su vida cosa propia, sino cosa que dar. No se ha guiado por un plan que hubiera concebido su intelecto, y decidido su voluntad, sino que, respondiendo a los deseos de Dios, ha renunciado a su voluntad para entregarse a la de Otro, la voluntad grandiosa del Altísimo. Pero es exactamente en esta íntegra renuncia de sí mismo donde el hombre se descubre».

«Porque tal es la verdad: que solamente si sabemos perdernos, si nos damos, podremos encontrarnos. Cuando esto sucede, no es nuestra voluntad quien prevalece, sino ésa del Padre a la que Jesús se sometió: No se haga mi voluntad, sino la tuya (Luc, XXII, 42). Y como entonces se cumple lo que decimos en el Padrenuestro: Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo, es una parte del Cielo lo que hay en la tierra, porque en esta se hace lo mismo que en el Cielo. Por esto San José nos ha enseñado, con su renuncia, con su abandono que en cierto modo adelantaba la imitación de Jesús crucificado, los caminos de la fidelidad, de la resurrección y de la vida».



3. San José, peregrino

«Nos queda un tercer aspecto. Mirando a ese José que está vestido como peregrino, comprendemos que, a partir del momento en que supiera del Misterio, su existencia sería la del que está siempre en camino, en un constante peregrinar. Fue así la suya una vida marcada por el signo de Abraham: porque la historia de Dios entre los hombres, que es la historia de sus elegidos, comienza con la orden que recibiera el padre de la estirpe: Sal de tu tierra para ser un extranjero (Gen, XII, 1; Hebr, XI, 8 y ss.). Y por haber sido una réplica de la vida de Abraham, se nos descubre José como una prefiguración de la existencia del cristiano. Podemos comprobarlo con viveza singular en la Primera Carta de San Pedro y en la de Pablo a los Hebreos. Como cristianos que somos nos dicen los Apóstoles— debemos considerarnos extranjeros, peregrinos y huéspedes (I Ped, 1, y 17; II, 11; Hebr, XIII, 14): porque nuestra morado, o, como dice San Pablo en su Carta a los Filipenses, nuestra ciudadanía está en los Cielos  (Fil, III, 20)».

«Hoy suenan mal esas palabras sobre el Cielo: porque tendemos a creer que, apartarnos de cumplir nuestros deberes en la tierra, nos enajena de nuestro mundo. Tendemos a creer que nuestra vocación no es solamente hacer un Paraíso de la tierra y en esta concentrar nuestras miradas, sino a la vez dedicarle por completo el corazón y los esfuerzos de nuestras manos. Pero sucede en realidad que, al comportarnos de ese modo, lo que estamos haciendo justamente es destrozar la Creación. Ello es así porque, en el fondo, los anhelos del hombre, la saeta de sus ambiciones, apuntan en dirección al infinito. De aquí que, hoy más que nunca, comprobemos que únicamente Dios puede saciar al hombre por completo. Estamos hechos de tal forma, que las cosas finitas nos dejan siempre insatisfechos, porque necesitamos mucho más: necesitamos el Amor inagotable, la Verdad y la Belleza ilimitadas».

«Aunque ese anhelo sea insuprimible, podemos, por desgracia, desplazarlo de nuestros horizontes, y con ello perseguir las plenitudes buscando solamente en lo finito. Queriendo tener el Cielo ya en la tierra, esperamos y exigimos todo de ella y de la actual Sociedad. Pero, en su intento de extraer de lo finito lo infinito, el hombre pisotea la tierra e imposibilita una ordenada convergencia social  porque a sus ojos cada uno de ellos aparece como amenaza u obstáculo; y porque arranca del mundo material y del biológico, algunos de los componentes que necesitaría preservar para sí mismo. Tan solo cuando aprendamos nuevamente a dirigir nuestras miradas hacia el Cielo, brillará la tierra con todo su esplendor. Únicamente cuando vivifiquemos las grandes esperanzas de nuestros ánimos con la idea de un eterno estar con Dios, y nos sintamos nuevamente peregrinos hacia la Eternidad, en vez de aherrojarnos a esta tierra, sólo entonces irradiarán nuestros anhelos hacia este mundo para que tenga también él esperanza y paz».



4. Conclusión

«Por todo ello, demos gracias a Dios en este día porque nos ha dado ese Santo, que nos habla de recogernos en Él; que nos enseña la prontitud, y la obediencia, y la abnegación, y la actitud de caminantes que se dejan llevar por Dios; y que nos dice por esto mismo la manera de servir igualmente a nuestra tierra. Demos gracias así mismo por esta fiesta jubilar en la que podemos comprobar que sigue habiendo personas con el ánimo abierto a la voluntad de Dios, y preparadas para escuchar sus llamamientos y marchar a su lado hacia donde Él quiera llevarlas. E imploremos la gracia de lo Alto para que, demostrando también nosotros vigilancia y prontitud, y procediendo en nuestras vidas con loa misma plenitud de la esperanza, nos veamos un día recibidos por Dios, que constituye nuestro auténtico Destino de caminantes hacia la comunión en la vida eterna».


Autor: Cardenal Joseph Ratzinger

En 1992 (cfr. J. Ratzinger, De la mano de Cristo. Homilías sobre la Virgen y algunos Santos, Eunsa, Pamplona 1997, pp. 37-42).
Ra la Sagrada Escritura: Mateo 1, 16.18-21.24ª.

Entre corchetes hacemos algunos comentarios a las palabras del Cardenal.


miércoles, 28 de noviembre de 2018

Vida espiritual


En la vida espiritual se requiere tener un objetivo claro, apartar las distracciones y saber que todo tiene un precio, máxime cuando Satanás utiliza toda sus armas contra las almas que quieren amar y servir a Dios Nuestro Señor.

Suele iniciar con mucho entusiasmo la espiritualidad, quieren de modo genial e impreciso amar a Dios, amar al prójimo, hacer el bien, ser muy buenos; pero es en esa diversidad donde se empiezan a perder, esta la puerta abierta para las distracciones, para las ocupaciones buenas tal vez, pero no son el objetivo principal .

CONSIDERACIONES

1º EN TODOS LOS ESTADOS DE VIDA [matrimonio, celibato, consagrado, etc.] SE DEBEN CUMPLIR LOS MANDAMIENTOS.

El amor del hombre a Dios consiste en el fiel cumplimiento de los mandamientos, independientemente de los sentimientos, de los estados anímicos, de las circunstancias particulares de cada persona; es en la medida que se guardan los mandamientos la muestra del amor a Nuestro Divino Redentor.

"Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él." Evangelio de San Juan XIV, 23.

2º EL INICIO DE LA ESPIRITUALIDAD ES VIVIR EN GRACIA DE DIOS.

La vida espiritual algunos erróneamente la hacen consistir en sentimientos, en deseos 'imprecisos' de ser bueno, estar bien con todos, vivir en paz, tener un carácter agradable, ser servicial.

El inicio espiritual es vivir en unión con Dios Nuestro Señor por el estado de gracia, para ello requiere ser bautizado, sacramento de la confesión, verdadera fe católica. 'Sine me nihil potestis faceré.' 

"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que está en mí  y yo en él, este lleva mucho fruto: porque sin mí no podéis hacer nada." Evangelio de San Juan XV, 4.

3º LA VIDA ESPIRITUAL DEBE ESTAR SUSTENTADA EN LA ORACIÓN, EN LA MEDITACIÓN Y EN LA FRECUENCIA DE LOS SACRAMENTOS.

Para llevar el buen olor de Cristo, primero debe tenerlo en su corazón, en su alma, en su mente, en su vida entera: ¡Nadie da lo que no tiene!

Mucha buena voluntad, muchos buenos deseos, sentimientos de poco aprovechan sin no van unidos de HECHOS CONCRETOS, donde el alma se llene de Dios, una dirección espiritual y un objetivo concreto.

El fracaso de la espiritualidad moderna es que quiere ser hombre muy espiritual sin sacramentos, sin la gracia de Dios; ser muy santos sin la verdadera misa, hombres de Dios sin guardar los mandamientos de Dios, lo cual es un delirio o por mejor decir una locura.

"El que no estuviere en mí, será echado fuera, así como el sarmiento, y se secará, y lo cortarán, y lo meterán en el fuego, y arderá." Evangelio de San Juan XV, 5.

Dios le bendiga.

Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

Autor: padre Hernan Vergara


sábado, 17 de noviembre de 2018

Examen de Conciencia


I. ¿Qué cuidado tienes de tu alma? ¿Cuánto tiempo consagras cada día a tu salvación?... Mientras más sencilla y simple sea tu vida, tendrás más tiempo para dedicárselo a Dios Nuestro Señor.

II. Insensiblemente nuestra vida se va llenando de  ocupaciones que nos esclavizan y absorben nuestro tiempo: amistades sin provecho, reuniones sociales, platicas fatuas, excesos en aparatos electrónicos.

III. Al fin de la semana nos percatamos que no hubo tiempo para Dios Nuestro Señor, y el poco que le dedicamos fue con distracciones, a medias, a la carrera ¿Qué pasa? Procura hacer un alto, quitar las ocupaciones necesarias y simplificar tu vida en torno a Cristo.

IV. De todas tus ocupaciones, no hay ninguna más útil que el cuidado de tu salvación, puesto que se trata de una eternidad bienaventurada; ninguna tampoco más fácil, puesto que todo depende de ti.

V. Procura cada día rezar tres veces el Ave María al despertar y antes de dormir, bendecir tus alimentos, examinar tu conciencia, rezar el santo Rosario y frecuentar la lectura espiritual. Poco a poco te iras acostumbrando y experimentaras en tu vida el gozo de la presencia de Dios.

Dios te bendiga.

Ave María Purísima, sin pecado original concebida.

martes, 31 de octubre de 2017

El Niño Protestante que se enamoró de la Virgen María gracias a la Biblia




Un niño protestante de seis años a menudo había escuchado a sus compañeros católicos rezar el Avemaría. Le gustó tanto que la copió, la memorizó y la rezaba todos los días. “Mira, mamita, qué bonita oración,” le dijo a su madre un día. “No la digas nunca más,” respondió la madre. “Es una oración supersticiosa de los católicos que adoran ídolos y piensan que María es diosa. Después de todo, Ella es una mujer como cualquier otra. Vamos. toma esta Biblia y léela. Contiene todo lo que debemos de hacer.” A partir de ese día, el pequeño dejó de rezar su Avemaría diaria y dedicó más tiempo a leer la Biblia.

Un día, leyendo el Evangelio, vio el pasaje sobre la Anunciación del Ángel a la Virgen. Lleno de gozo, el chiquillo corrió a su madre y le dijo: “Mamita, encontré el Avemaría en la Biblia que dice: ‘Llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres’. ¿Por qué la llamas una oración supersticiosa?” Ella no contestó. En otra ocasión, encontró la escena de la salutación de Isabel a la Virgen María y el hermoso cántico del Magnificat, en el que María anunció: ‘desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones’. Ya no le dijo nada a su madre y comenzó a rezar nuevamente el Avemaría cada día, como solía hacerlo. Sentía placer al decirle esas hermosas palabras a la Madre de Jesús, Nuestro Salvador.

Cuando cumplió catorce años, un día oyó que su familia discutía sobre Nuestra Señora. Todos dijeron que María era una mujer común y corriente. El niño, luego de oír sus razonamientos erróneos, no pudo soportarlo más y, lleno de indignación, los interrumpió diciendo: “María no es como cualquier otro hijo de Adán, manchado de pecado. ¡No! El Ángel la llamó LLENA DE GRACIA Y BENDITA ENTRE LAS MUJERES. María es la Madre de Jesús y en consecuencia, la Madre de Dios. No existe una dignidad más grande a la que pueda aspirar una criatura. El Evangelio dice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada, mientras que ustedes tratan de despreciarla y hacerla menos. Su espíritu no es el espíritu del Evangelio ni de la Biblia que proclaman es el fundamento de la religión cristiana. Fue tan honda la impresión que causaron las palabras del chico en su madre, que muchas veces lloró desconsolada: “¡Oh, Dios, temo que este hijo mío se unirá un día a la religión católica, la religión de los Papas!” Y en efecto, poco tiempo después hijo se convenció que la religión católica era la única auténtica, la abrazó y se convirtió en uno de sus más ardientes apóstoles.

Unos años después de su conversión, el protagonista de nuestra historia se encontró con su hermana ya casada. Quiso saludarla y abrazarla, pero ella lo rechazó. y le dijo indignada: “Tú no tienes idea de cuánto amo yo a mis hijos. Si alguno quisiera hacerse católico, primero le enterraría una daga en su corazón que permitirle abrazar la religión de los Papas. Su ira y su temperamento eran tan furiosos como los de San Pablo antes de su conversión. Sin embargo, pronto cambiaría su manera de ser, tal como le ocurrió a San Pablo en su camino a Damasco. Sucedió que uno de sus hijos cayó gravemente enfermo. Los médicos no daban esperanzas para su recuperación. Tan pronto se enteró su hermano, la buscó en el hospital y le habló con cariño, diciéndole: “Querida hermana, tú naturalmente deseas que tu hijo se cure. Muy bien, pues entonces haz lo que te voy a pedir. Sígueme. Recemos juntos un Avemaría y prométele a Dios, que si tu hijo recobra la salud, estudiarás seriamente la doctrina católica. Y que en caso de que llegues a la conclusión que el Catolicismo es la única religión verdadera, tú la abrazarás sin importar los sacrificios que esto te implique.” Su hermana en principio se mostró reacia, pero como deseaba la recuperación de su hijo, aceptó la propuesta de su hermano y rezó con él un Avemaría. Al día siguiente, su hijo estaba completamente curado. La madre cumplió su promesa y se puso a estudiar la doctrina católica.

Después de una intensa preparación, ella recibió el Bautismo en la Iglesia Católica junto con toda su familia. Cuánto le agradeció a su hermano que hubiese sido un apóstol para ella. Esta historia la relató el Padre Francis Tuckwell en una de sus homilías. “Hermanos,” terminó diciendo, “el niño protestante que se hizo católico y convirtió´a su hermana al Catolicismo, dedicó´su vida entera al servicio de Dios. Él es el sacerdote que les habla”.

“¡Cuánto le debo a la Santísima Virgen, Nuestra Señora! También ustedes, mis queridos hermanos, dedíquense por completo a servir a Nuestra Señora y no dejen pasar un solo día sin decir la hermosa oración del Avemaría así como su rosario. Pídanle a Ella que ilumine la mente de los protestantes que están separados de la verdadera Iglesia de Cristo fundada sobre la Roca (Pedro) y contra la cual las puertas del infierno nunca prevalecerán.

Padre Francis Tuckwell

jueves, 21 de julio de 2016

¿Cuál es la diferencia entre un sacerdote, un fraile y un monje?



Buenos días, ¿podrían ayudarme a entender las diferencias entre fraile, monje y sacerdote? Agradezco el favor de su atención. Lorena F.

Son términos ambiguos y flexibles. En el lenguaje popular se aplica sin propiedad, como si los tres términos fueran equivalentes. Sin embargo, no son lo mismo:

Un sacerdote, en la Iglesia católica, es un hombre que ha recibido el sacramento del Orden Sacerdotal, y que en virtud del mismo puede celebrar el sacrificio de la misa y realizar otras tareas propias del ministerio pastoral. Puede pertenecer a una orden o familia religiosa, o a una diócesis.

Un monje o un fraile, en cambio, es una persona que ha hecho los votos de pobreza, castidad y obediencia, y pertenece a una congregación o familia religiosa concreta (franciscanos, dominicos, jesuitas…). Puede coincidir que además de ser religioso sea sacerdote, pero no tiene por qué. Su vocación religiosa no tiene por qué ser una vocación al sacerdocio.



¿Y cuál es la diferencia entre monje y fraile? Pues tiene que ver con el origen de ambas palabras: monje viene del latín tardío monachus, palabra para designar a los anacoretas, y que ya en su misma raíz tenía implícito el significado “soledad”.

Se relaciona con el surgimiento de las primeras experiencias de vida contemplativa (en los siglos IV-VI d.C.), como por ejemplo los Padres del Desierto, ermitaños que abandonaban el mundo y vivían en el desierto, o san Benito de Nursia, fundador de la orden religiosa más antigua de Occidente, los benedictinos.

Monje, por tanto, es un término más adecuado para referirse a hombres consagrados que viven en conventos, dedicados por entero a la oración y a la penitencia. Es el caso de las órdenes contemplativas, como la Cartuja.

Fraile en cambio es un término más moderno, que procede de la Edad Media (del provenzal fraire), y que significa “hermano”. Fraile se suele emplear más para órdenes dedicadas a la vida activa, como los franciscanos o los hospitalarios.

El uso de esta palabra se relaciona con el surgimiento de las órdenes mendicantes en la Baja Edad Media, que supusieron un gran cambio en la vida religiosa: estos nuevos religiosos ya no se encerraban en conventos alejados de la gente para dedicarse a la oración, sino que estaban en las ciudades, dedicados a los pobres, a la enseñanza, a los enfermos…

Autor: ALETEIA TEAM  1 DICIEMBRE, 2015

miércoles, 20 de julio de 2016

Reliquias: ¿Qué poder tienen?




El encuentro con las reliquias tiene que cambiar algo en mí. No se trata de un poder mágico, no es el culto por el culto. No adoramos los huesos, sino reconocemos la santidad de la persona, explica en la siguiente entrevista el dominico Jacek Szymczak.

¿De dónde viene lo del culto de las reliquias?

Es una forma de devoción que nació entre los fieles y se formó desde abajo. Está presente en la Iglesia desde el principio, desde los primeros siglos, incluso décadas, de la existencia del cristianismo.

Tuvimos entonces muchos mártires. La gente empezó a acudir espontáneamente a sus tumbas para honrar los restos enterrados.

Pero no todo el mundo tenía esa oportunidad. De ahí la idea de que los mismos trozos, partes del cuerpo, viajaran por el mundo y en cierto sentido peregrinaran a nosotros.

¿Todos los católicos deberían venerar las reliquias?

No hay ninguna orden por parte de la Iglesia. Esta forma de culto no es obligatoria.

Cuando alguna reliquia llega a tu parroquia y, por ejemplo, hay una procesión o adoración, y te sientes distante, sientes en ti mismo que esto no te atrae, no pasa nada si te quedas sentado.

Sentirse distante es decir poco. Muchos católicos simplemente no lo entienden, y algunos incluso lo consideran un tipo de chamanismo.

El culto a las reliquias, contrariamente a lo que muchos creen, es profundamente cristiano. Y esto debido a que, paradójicamente, muestra que el cuerpo humano no es un saco ni una jaula para el alma de la que sólo la muerte nos libera.

No, el cristianismo aporta un enorme valor al cuerpo. Recordamos a san Pablo, quien en la primera carta a los Corintios escribe: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo? (…) Por lo tanto, alabad a Dios en vuestro cuerpo”.

Esta es la primera perspectiva del culto: del cuerpo vivo. Sin embargo, aún hay otra que es la de la resurrección.

No se puede contemplar de una manera madura la adoración de las reliquias sin la resurrección. Sin ella, todo se rompe. Se convierte en teatro o en una compañía de circo ambulante.

La cuestión de la resurrección, según muestran algunos estudios, es bastante ajena a nosotros…

Tengo la impresión de que la doctrina de la resurrección, que después de todo es el fundamento de nuestra fe, es apenas enseñada por la Iglesia.

Aún podemos hablar de ella desde el púlpito de una manera inteligente e interesante, pero los fieles no tratan la verdad de la resurrección como fundamental para su fe.

Pero ¿por qué la cuestión de la resurrección es importante para una buena comprensión del culto de las reliquias?

Recordemos que después de la muerte de cada cuerpo, el santo, menos santo o incluso de un gran pecador, tendrá su resurrección. Se trata de la perspectiva tanto del que irá al cielo, como del que puede ir al infierno.

Si Dios ha querido que nuestros cuerpos después de la muerte de algún modo resurgieran, significa que se merecen la debida atención.

Así pues, la doctrina de la resurrección nos lleva por el camino del respeto por los restos de nuestros seres queridos depositados en las tumbas.

Si veneramos las cenizas de los miembros de nuestras familias, también podemos venerar las reliquias o los restos de los santos.

Bueno, pero a veces ocurre que tratamos con objetos pertenecientes a los santos, no sólo sus propios cuerpos.

Soy escéptico con este tipo de historias, tales como la presentación de la canoa en la que navegaba san Juan Pablo II, como una reliquia.

Me dan pequeños escalofríos cuando veo este tipo de personas que están intentando celebrar de alguna manera tal objeto como algo mágico.

Si detrás del culto de las reliquias no va la enseñanza de la Iglesia que lo explica de forma pastoral y desde la perspectiva adecuada, la gente empieza a entrar en terrenos que no tienen nada que ver con la fe.

Y para las personas que miran desde el exterior, efectivamente, este hecho puede verse como un acto del chamanismo.

Me he dado cuenta de que las reliquias disfrutan en nuestras iglesias de mucha popularidad. Cada vez más se las colocan de forma permanente en las capillas laterales y la gente se arrodilla delante de ellas para rezar como ante el tabernáculo.

En el culto a las reliquias es muy importante que no eclipse el culto eucarístico. No culpo aquí a los fieles, sino a nosotros, el clero.

Si se insiste tanto en, por ejemplo, que una Eucaristía se celebre con un cáliz de san Juan Pablo II, y al mismo tiempo la conciencia de la Eucaristía entre los fieles no es muy elevada, no nos debemos sorprender de que para algunos esta copa será más importante que los contenidos de la misa.



¿Después de todo, sería posible mostrarle positivamente las reliquias al hombre moderno y darle una idea novedosa para utilizarlas?

Veamos. Nosotros mismos guardamos diversos artículos que pertenecieron a nuestros muertos. Todos aquellos que vivieron la muerte de un ser querido, saben lo difícil que es deshacerse de sus cosas.

Hace poco alguien me mostró un hermoso abanico de su bisabuela. Sabemos que la historia de este objeto no es la historia del abanico, sino de la bisabuela.

Si un objeto así nos ayuda a recordar a la persona, lo harán aún más unos huesos humanos.

Contemplando los huesos o veces todo el cuerpo de alguien que ha vivido consagrado a Dios de manera tan estricta que se convirtió en santo, deberíamos proyectar en nosotros el deseo de una vida similar.

El encuentro con las reliquias tiene que cambiar algo en mí. Esto no es la toma mágica del poder, no es un culto por el culto. No les rendimos culto a los huesos, sino a la santidad de la persona.

Y cómo tratar tales ocasiones, como la peregrinación de las reliquias del beato Peter George Frassati en Polonia?

Se podría decir que es como si nos regalaran unas gafas. Asumo que estas gafas de la marca Frassati tienen el poder de ayudarme a enfocar correctamente la perspectiva adecuada para mirar en dos dimensiones: en la de Dios presente en la vida de la persona cuyas reliquias adoro y en la de mi propia vida.

Y aún más, se refiere a un vistazo de ti mismo en su totalidad. Si en el marco del culto a los santos, junto con la oración, imitación de sus vidas, aprendizaje de sus biografías y sus preciosos escritos y pensamientos, veneramos además sus reliquias, o sus cuerpos, esto significa algo.

Es una llamada al sabio cuidado de nuestros propios cuerpos.

Este tipo de eventos, como el relacionado con la peregrinación de las reliquias del beato Frassati, vale la pena tratar como el encuentro con alguien quien vivió plenamente en Dios.

De esta manera, se convierte en una guía para mí, en una brújula que me puede mostrar cómo vivir para caminar en santidad. Porque esta persona ya se encuentra en el lugar, que también es mi objetivo.

[Venerar las reliquias] no consiste en mirar un hueso a través de un cristal, ni en adorar un ataúd. Se debería hacer diciendo: Quiero llegar al mismo lugar donde tú te encuentras.

Autor: Konrad Sawicki, en http://es.aleteia.org/  19 julio, 2016

domingo, 5 de junio de 2016

La Maravilla de la Liturgia



Querido lector, ¿ya le sucedió de entrar a una iglesia, y extasiarse delante de las maravillas dentro encontradas? ¡A veces son obras de arte de los siglos pasados o reliquias de santos que recuerdan la vida de los justos en la tierra! Pero, cuántas veces también, el alma del visitante "se eleva hasta los pies de Dios al son del órgano, al desarrollo grave y acompasado de la música sacra...".

Puede ocurrir eso en una antigua y majestuosa catedral gótica, que retiene en sus ojivas seculares unos restos de claridad colada a través de los vitrales, mientras desaparece en el cielo, lentamente, un sol crepuscular. Pero también, y cuántas veces, ocurre en una iglesia ‘obrera', en la cual se pueden observar mujeres paupérrimas, mendigos, operarios exhaustos y miserables de los arrabales, que van a dirigir a Dios, después de un día de intenso trabajo, preces confiadas.

Mas, tanto en un templo cuanto en otro, invariablemente, de dentro del sagrario, el Señor invisible consuela a todos, repitiendo, sin palabras, el sermón de la montaña: "Bienaventurados los que lloran, los que sufren, los que tienen sed de justicia..."

Un lenguaje sacro

Todo eso forma parte del lenguaje de la Iglesia, que a través de los ambientes creados por ella en la Casa de Dios, que es el templo católico, nos facilita el contacto con lo sobrenatural y predispone nuestras almas para la gracia de Dios.

Nosotros, hombres, comunicamos ciertas notas al ambiente donde estamos. Más aún, tenemos gestos, actitudes y modos de hablar que expresan nuestra mentalidad y son coherentes con ella, son síntomas de ella.

Ahora, en la Iglesia, pasa algo parecido: todos los gestos de la liturgia católica revelan la misma mentalidad, como si fuese el gesticular de una sola persona.

Sea en una Misa, en una bendición del Santísimo, en un casamiento, en un bautizo o cuando un enfermo recibe la unción, que va ayudarlo a superar la enfermedad o prepararlo para la vida eterna, siempre nos acoge el mismo lenguaje sagrado expresado de modos diversos, según las circunstancias.

Acción sagrada por excelencia

Pero, ¿qué es propiamente la liturgia? Ella es una realidad viva y rica al mismo tiempo, comprensible únicamente por los que en ella participan y que no se deja fácilmente encerrar en un solo concepto.

A veces nos equivocamos cuando pensamos que la liturgia de la Iglesia es apenas la parte externa y sensible del culto divino o un bello aparato ceremonial. O entonces las normas con que la jerarquía ordena los ritos sagrados.

Pío XII, en la encíclica Mediator Dei (1958), rechazó semejantes apreciaciones y subrayó la realidad sobrenatural de la liturgia al decir que ella es el ejercicio de la función sacerdotal de Cristo.

Y el Concilio Vaticano II (1963), retomando esa misma idea, explicitó que en la liturgia "las señales sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación de los hombres; en ella, el Cuerpo Místico de Jesucristo - cabeza y miembros - presta a Dios el culto público integral. Por tanto, cualquier celebración litúrgica es, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo que es la Iglesia, acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no es igualada por ninguna otra acción de la Iglesia".

Cuando, en lo alto de la Cruz, el Divino Salvador murió por nosotros, de su costado divino brotó la Iglesia, que a lo largo de los tiempos fue configurando su liturgia, con características propias para cada pueblo de la tierra, haciendo así una recapitulación de la obra de la Salvación: con Jesucristo, finaliza la época de los símbolos y comienza la época de lo simbolizado; termina la figura y se presenta al mundo la figura que inaugura el culto "en espíritu y verdad" (Jn 4, 24).

Por eso, la liturgia terrestre, cuando bien realizada, con amor, piedad y belleza, invita a los fieles a pre-degustar ya la liturgia celeste de la "ciudad santa, la nueva Jerusalén" (Ap 21, 2).

Modelando los hombres

Benedicto XVI, al ser interpelado respecto a lo que hace falta para una verdadera y recta renovación en la Iglesia, responde simplemente diciendo que el destino de la fe y la Iglesia se define, más que en otro lugar, en el contexto de la liturgia. Porque donde los hombres nos ponemos en comunicación con Dios, donde podemos "tocarlo" y donde recibimos instrucción y fuerza, es en la acción litúrgica.

Nosotros salimos de nosotros mismos para ir más allá, entregarnos a Dios y dejarnos "tocar" por Él: es la experiencia de Dios vivida en comunidad.

Si todas las iglesias, cada una en la medida de sus posibilidades, cuidase de su liturgia en las actitudes, movimientos, sonidos, ornamentos y copas sagradas, palabras, oraciones, etc. con esta perspectiva, ¿no es verdad que muchas personas que se alejaron no lo habrían hecho?

Compenetrémonos y sepamos explicar que la Iglesia es una institución existente desde Jesucristo hasta hoy. Ella transmite un conjunto de convicciones (son las verdades de la fe), un conjunto de normas (son las leyes de la moral). La Iglesia no es un conjunto de libros, sino un conjunto de virtudes practicadas y transmitidas de generación en generación. Tales virtudes, efectuación en la vida humana de las enseñanzas propuestas por la fe e indicadas por la moral, van así modelando a los hombres en todos los lugares del mundo y en todos los tiempos.

Por José Alejandro Mendoza.

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1 - CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. O Legionário, nº 93. São Paulo, 1932.
2 - MARTIMORT, Aimé Georges. La Iglesia en Oración. Introducción a la Liturgia. Barcelona: Herder, 1992, p. 41-44.
3 - CONCÍLIO ECUMÊNICO VATICANO II. Constituição Conciliar Sacrosanctum Concilium sobre a Sagrada Liturgia, n. 7.
4 - FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Pedro. Introducción a la liturgia. Conocer y celebrar. Madrid: San Esteban-Edibesa, 2005, p. 243.
5 - BENEDICTO XVI. Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald. Bogotá: Herder, 2010. p. 163-165.

sábado, 16 de abril de 2016

No te prometo




En este periodo de crisis parece que toda fuente de esperanza tiene posibilidades de ganar adeptos. Al menos así lo ha entendido La Conferencia Episcopal Española, que lanzaba hace unos meses la campaña "Te prometo una vida apasionante" para suscitar interés en otro sector en crisis, el de las "vocaciones sacerdotales": principal, nueve sacerdotes te prometen que el sacerdocio es un trabajo fijo y un proyecto inolvidable con él que sabrás que has hecho lo que debes (aunque no siempre consigas la comprensión de los que te rodean). El anuncio, que respondería a las promesas que "te han hecho y no se han cumplido" aprovecha el escenario de crisis económica y escepticismo en los dirigentes políticos y empresariales para identificar el sacerdocio con una "vida apasionante".