martes, 5 de febrero de 2013

Trinita






Es cosa muy útil investigar la antigua tradición, la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, aquella que el Señor nos ha enseñado, la que los Apóstoles han predicado y los Padres han conservado. En ella, en efecto, tiene su fundamento la Iglesia; y si alguno se aleja de esa doctrina, de ninguna manera podrá ser ni llamarse cristiano.

Nuestra fe es ésta: la Trinidad santa y perfecta, que se distingue en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, no tiene nada extraño a sí misma ni añadido de fuera, ni está constituida por el Creador y las criaturas, sino que es toda Ella potencia creadora y fuerza operativa. Una sola es su naturaleza, idéntica a sí misma; uno solo el principio activo, una sola la operación. En efecto, el Padre realiza todas las cosas por el Verbo en el Espíritu Santo; de este modo se conserva intacta la unidad de la santa Trinidad. Por eso en la Iglesia se predica un solo Dios que está por encima de todas las cosas, que actúa por medio de todo y está en todas las cosas (cfr. Ef 4,6). Está por encima de todas las cosas ciertamente como Padre, principio y origen. Actúa a través de todo, sin duda por medio del Verbo. Obra, en fin, en todas las cosas en el Espíritu Santo. El Apóstol Pablo, cuando escribe a los corintios sobre las realidades espirituales, reconduce todas las cosas a un solo Dios Padre como al Principio, diciendo: hay diversidad de carismas, pero un solo Espíritu; hay diversidad de ministerios; pero un solo Señor; hay diversidad de operaciones, pero uno solo es Dios que obra en todos (1 Cor 12,4-6). En efecto, aquellas cosas que el Espíritu distribuye a cada uno proviene del Padre por medio del Verbo, pues verdaderamente todo lo que es del Padre es también del Hijo. De ahí que todas las cosas que el Hijo concede en el Espíritu son verdaderos dones del Padre. Igualmente, cuando el Espíritu está en nosotros, también en nosotros está el Verbo de quien lo recibimos, y en el Verbo está también el Padre; de este modo se realiza lo que está dicho: vendremos (Yo y el Padre) y pondremos en él nuestra morada (Jn 14,23). Porque donde está la luz, allí se encuentra el esplendor; y donde está el esplendor, allí está también su eficacia y su espléndida gracia.

Lo mismo enseña San Pablo en la segunda epístola a los Corintios, con estas palabras: la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunicación del Espíritu Santo estén con todos vosotros (2 Cor 13,13). La gracia, en efecto, que es don de la Trinidad, es concedida por el Padre, por medio del Hijo, así no podemos participar nosotros del don sino en el Espíritu Santo. Y entonces, hechos partícipes de Él, tenemos en nosotros el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del mismo Espíritu.

Autor: San Atanasio






Oración: de San Atanasio

 Acoged, oh Virgen Santísima, nuestras súplicas, y acordaos de nosotros.

Dispensadnos los dones de vuestras riquezas y de la abundancia de las gracias de que estáis llena.

El Arcángel os saluda y os llama llena de gracia.

Todas las naciones os llaman bienaventurada, todas las jerarquías del Cielo os bendicen, y   nosotros, que pertenecemos a la jerarquía terrestre, os decimos también Dios te salve, oh llena de gracia, el Señor es contigo; ruega por nosotros, oh Madre de Dios, Nuestra Señora y nuestra Reina.

lunes, 4 de febrero de 2013

Comparar





El Santo pone a la humildad, como raiz y madre de todas las virtudes. La humildad lleva al hombre a conocerse a sí mismo y a Dios. Al igual que el fuego reduce a cenizas y baja las cosas altas, la humildad obliga al soberbio a plegarse y a humillarse, repitiendo las palabras del libro de Génesis: "Eres polvo y al polvo volverás" (3,19).

El verdadero humilde se considera un gusano, un hijo de gusano y podredumbre. El desprecio de sí (contemptus sui) es la principal virtud del hombre justo, con la cual él como lombriz de tierra se contrae y se alarga para alcanzar los bienes celestiales. La soberbia es el más grave pecado ante Dios y la humildad la más noble de las virtudes. Ésta soporta con modestia las cosas innobles y deshonestas y es ayudada por la gracia divina.

La humildad está comparada a una flor, porque como una flor posee la belleza del color, la suavidad del perfume y la esperanza del fruto. "Cuando veo una flor - observa San Antonio - espero en el fruto, así como cuando veo un humilde, yo espero en su beatitud celestial".

El Santo coloca en el corazón la sede de la virtud de la humildad. Del mismo modo en que el corazón regula la vida del cuerpo, la humildad preside la vida del alma. Igual que el corazón es el primer órgano que vive y el último que abandona la existencia, así la virtud de la humildad muere junto a él. Si el músculo cardíaco no puede soportar ni un dolor ni una grave enfermedad para no comprometer la vida de los demás órganos, la virtud de la humildad no puede ni lamentarse de las ofensas recibidas ni molestarse por el bienestar de demás, porque si ésta falta se arruina el edificio de las demás virtudes.

El avance del hombre en el camino de la perfeccion es proporcionado a su humillacion, ya que cada hombre que se enaltece sera humillado y quien se humilla sera enaltecido. En Antonio está viva la preocupación de "empequeñecerse", de poner a la sombra sus méritos y sacar a la luz sus defectos, por precaver cualquier ataque de soberbia.

"Tú, ceniza y polvo, ¿De qué te vanaglorias? ¿De la santidad de la vida? Pero es el espíritu el que santifica; no el tuyo, sino el de Dios. ¿Quizás te infunde placer el elogio que el pueblo reserva a tus discursos? Pero es el Señor quien concede el don de la elocuencia y la sabiduría. ¿Qué cosa es tu lengua, si no una pluma en manos de un escribano?". Si un adulador te dice: "Eres experto y sabes muchas cosas", es como si te dijera: "Eres un endemoniado" (los griegos llaman daimonion a un profundo conocedor de las cosas). Tú debes responderles con Cristo: "No estoy endemoniado", porque de mí mismo no sé nada y nada bueno hay en mí; glorifico a mi Dios, le atribuyo todas las cosas y le doy gloria. Él es el principio de toda sabiduría y de toda ciencia". El hombre virtuoso "junto con las cosas bellas que hace, considera los defectos para su humillación; y el no saber vencerlos, a pesar de su pequeñez, es para él un continuo reproche para vivir en la humildad".

Autor: San Antonio de Padua



Oración a San Antonio

Oh San Antonio, cándida y suave azucena de virginidad, gema preciosa de pobreza, ejemplo de abstinencia, espejo limpio de pureza, espléndida estrella de santidad, resplandor del Paraíso, columna de la Santa Iglesia, predicador de la Gracia, exterminador de vicios, sembrador de virtud, consolador de los afligidos, llama ardiente de la divina caridad y de puro amor, fúlgida luz de España e Italia, émulo del seráfico padre San Francesco, amante de la paz y la unidad, despreciador de la vanidad mundana, lumbre de la santa fe católica, mártir de deseo, glorioso triunfador de los herejes, gran operador de milagros, refugio seguro de todos los que recurren a ti: tú has merecido abrazar entre tus santos brazos al Hijo del Altisimo; con tus ardientes sermones has encendido en la mente de los pecadores la llama de la divina caridad. Por tanto yo, miserable pecador, te ruego humildemente acogerme bajo tu potente protección, conseguir la verdadera contrición de mis pecados, el humilde conocimiento de mi miseria, el regalo de llorar mis culpas, el gusto y el fervor del ruego, la firme resistencia al mal y el don de la contemplación de Dios, Belleza y Bondad infinita. Y siendo tú llama ardiente del divino amor, enciende mi corazón tibio y frío con el fuego de la divina caridad tanto de hacerme siempre despreciar a mi mismo, el mundo, la carne y el demonio y hazme avanzar de virtud en virtud para que, viviendo en constante fervor y muriendo de la muerte de los Santos, méritos, para tu patrocinio, de ser asociado a ellos en la gloria celeste. Amén.


viernes, 1 de febrero de 2013

¿Qué hace el carpintero tallando mi corazón?




 Un médico vino entre nosotros para devolvernos la salud: nuestro Señor Jesucristo. Encontró ceguera en nuestro corazón, y prometió la luz "ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman" (1Co 2,9). La humildad de Jesucristo es el remedio a tu orgullo. No te burles de quien te dará la curación; sé humilde, tú por el que Dios se hizo humilde. En efecto, Él sabía que el remedio de la humildad te curaría, él que conoce bien tu enfermedad y sabe cómo curarla. Mientras que no podías correr a casa del médico, el médico en persona vino a tu casa... Viene, quiere socorrerte, sabe lo que necesitas.

    Dios vino con humildad para que el hombre pueda justamente imitarle; Si permaneciera por encima de ti, ¿cómo habrías podido imitarlo?  Y, sin imitarlo, ¿cómo podrías ser curado? Vino con humildad, porque conocía la naturaleza de la medicina que debía administrarte: un poco amarga, por cierto, pero saludable. Y tú, continúas burlándote de él, él que te tiende la copa, y te dices: "¿pero de qué género es mi Dios? ¡Nació, sufrió, ha sido cubierto de escupitajos, coronado de espinas, clavado sobre la cruz!" ¡Alma desgraciada! Ves la humildad del médico y no ves el cáncer de tu orgullo, es por eso que la humildad no te gusta...

    A menudo pasa que los enfermos mentales acaban por agredir a sus médicos. En este caso, el médico misericordioso no sólo no se enfada contra el que le golpeó, sino que intenta cuidarle... Nuestro médico, Él, no temió perder su vida en manos de enfermos alcanzados por locura: hizo de su propia muerte un remedio para ellos. En efecto, murió y resucitó.

Autor: San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte) y doctor de la Iglesia del Sermón Delbeau 61, 14-18

El deseo







Hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de Él. Di, pues, alma mía, di a Dios: «Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro.»

Y ahora, Señor, mi dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.

Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad? , ¿Cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.

¿Qué hará, Altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.

Señor, Tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.

Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?

Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.

Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si Tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré.

Autor: San Anselmo, Obispo. Del libro Proslógion(Cap. 1; Opera omnia, edición Schmitt, Seckau [Austria] 1938, 1, 97-100) 



Todopoderoso y tierno Señor Jesucristo,
deseo que seas bondadoso con mis amigos,
ya sabes lo que deseo para mis enemigos.
Oh Dios que escudriñas los corazones,
Tú conoces los secretos de mi pensamiento.
Señor, único poderoso y misericordioso,
concédele a mis enemigos
lo que Tú me haces desear para ellos,
y recompénsame a mí.
En el caso de que deseara para ellos
algo contrario al precepto del amor,
por mi ignorancia o debilidad,
o por mi malicia, oh Señor de bondad,
ni me lo concedas, ni me lo reproches.
Oh verdadera luz, ilumina su ceguera.
Oh verdad soberana, corrige su error.
Oh verdadera vida, vivifica sus almas.
Oh tierno Señor, para mis hermanos
que no sea yo ocasión de muerte,
ni piedra de escándalo,
ni roca para estrellarse.
Es bastante ya y más que suficiente,
que sea un escándalo para mí mismo:
confieso mi propio pecado.
Te pido por mis pares:
que por mi causa no ofendan tu bondad,
oh Señor grande y bueno.
Al contrario, que se reconcilien contigo
y se amiguen conmigo, según tu Voluntad,
no por mí, sino por Tí.

Ese es el castigo que pido
para mis pares y enemigos:
amarte a Ti
y amarnos nosotros unos a otros,
como Tú quieres y nos conviene.
Guiados por la Caridad,
que tengamos un solo corazón
aceptando los deseos del Señor de todos
para bien de todos.
Este tu pobre pecador pide esta venganza
para quienes le han deseado y hecho el mal. Amen.

jueves, 31 de enero de 2013

Abre tu boca






En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. Por esto, te dice la Escritura.Hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la sabiduría, él es la palabra, y Palabra de Dios.

Porque también está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Por él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de él. Si hablamos de sabiduría, él es la sabiduría; si de virtud, él es la virtud; si de justicia, él es la justicia; si de paz, él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, él es todo esto.

Está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Tú ábrela, que él habla. En este sentido dijo el salmista: Voy a escuchar lo que dice el Señor, y el mismo Hijo de Dios dice: Abre tu boca que te la llene. Pero no todos pueden percibir la sabiduría en toda su perfección, como Salomón o Daniel; a todos, sin embargo, se les infunde, según su capacidad, el espíritu de sabiduría, con tal de que tengan fe. Si crees, posees el espíritu de sabiduría.

Por esto, medita y habla siempre las cosas de Dios, estando en casa. Por la palabra casa podemos entender la iglesia o, también, nuestro interior, de modo que hablemos en nuestro interior con nosotros mismos. Habla con prudencia, para evitar el pecado, no sea que caigas por tu mucho hablar. Habla en tu interior contigo mismo como quien juzga. Habla cuando vayas de camino, para que nunca dejes de hacerlo. Hablas por el camino si hablas en Cristo, porque Cristo es el camino. Por el camino, háblate a ti mismo, habla a Cristo. Atiende cómo tienes que hablarle: Quiero –dice– que los hombres recen en cualquier lugar alzando las manos limpias de iras y divisiones. Habla, oh hombre, cuando te acuestes, no sea que te sorprenda el sueño de la muerte. Atiende cómo debes hablar al acostarte: No daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob.

Cuando te levantes, habla también de él, y cumplirás así lo que se te manda. Fíjate cómo te despierta Cristo. Tu alma dice: Oigo a mi amado que llama, y Cristo responde: Ábreme, amada mía. Ahora ve cómo despiertas tú a Cristo. El alma dice: ¡Muchachas de Jerusalén, os conjuro que no vayáis a molestar, que no despertéis al amor! El amor es Cristo.

Autor: San Ambrosio, obispo de sus comentarios sobre los salmos (Salmo 36, 65-66: CSEL 64, 123-125)

  
Oración de San Ambrosio para antes de comenzar la Celebración
Eucarística




Señor mío Jesucristo, yo pecador indigno, confiando en tu misericordia y bondad, vengo a tomar parte en este Banquete Santísimo del Altar.

Reconozco que tanto mi corazón como mi mente están manchados con muchos  pecados; y, que mi cuerpo y mi lengua no han sido guardados cuidadosamente. Por lo cual, Dios adorable, yo miserable pecador, en medio de tantas angustias y peligros, recurro a Ti que eres fuente de misericordia, ya que me es imposible excusarme ante tu mirada de Juez irritado. Deseo vivamente obtener tu perdón, ya que eres mi Redentor y Salvador.

A Ti Señor presento mis debilidades y pecados para que me perdones. 

Reconozco que Te he ofendido frecuentemente. Por eso me humillo y me  arrepiento y espero en tu misericordia infinita.

Olvida mis culpas y no me castigues como merecen mis pecados. Perdóname, Tú que eres la misma bondad.  

Amén.



miércoles, 30 de enero de 2013

EL TRIUNFO



“Cuando entran los monarcas a tomar posesión de su reino, no pasan por las puertas de la ciudad, sino que, o se quitan del todo las puertas, o pasan por encima de ellas. Por eso, así como los Ángeles, cuando entró Jesucristo decían (S.23,7): Abrid príncipes, vuestras puertas, y levantaos, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria; así, ahora que María va a tomar posesión del Reino de los cielos, los Ángeles que la acompañan claman a los que están adentro: Abrid, príncipes, vuestras puertas, y levantaos, puertas eternas, y entrará la Reina de los gloria.

Ved que ya entra María en la patria bienaventurada. Mas al entrar y verla tan hermosa y gloriosa, los espíritus celestiales preguntan a los que vienen de fuera, como contempla Orígenes (Cant.8,5): “¿Quién es esta criatura tan bella, que viene del desierto de la tierra, lugar de espinas y abrojos, mas Ella viene tan pura y tan rica de virtudes, apoyada en su amado Señor, que se digna acompañarla Él mismo con tanto honor?” “Quién es?”. Y los Ángeles que la acompañan responden: {Esta es la Madre de nuestro Rey, es nuestra Reina, es la bendita entre las mujeres, la llena de gracia, la santa de los santos, la predilecta de Dios, la inmaculada, la paloma, la más bella de todas las criaturas.” Entonces, todos aquellos espíritus bienaventurados, comenzaron a bendecirla y alabarla, cantando, mejor que los hebreos a Judit (15,10): “Tú eres la gloria de Jerusalén, Tú la alegría de Israel, Tú el honor de nuestro pueblo, Señora y Reina nuestra, Vos sois la gloria del cielo, la alegría de nuestra patria, el honor de todos nosotros. Sed por siempre bienvenida, sed por siempre bendita. Éste es vuestro reino, y todos nosotros somos vasallos vuestros prontos a cumplir vuestras órdenes”

Luego se acercaron a darle la bienvenida y saludarla como a su Reina todos los santos que hasta entonces estaban en el cielo. Llegaron todas las santas vírgenes y dijeron: “Santísima Señora,…Vos sois nuestra Reina porque fuisteis la primera en consagrar a Dios vuestra virginidad; todas nosotras te bendecimos y damos gracias.” Llegaron también los mártires a saludarla como a su Reina, porque con su gran constancia en los dolores de la Pasión de su Hijo, les había enseñado e impetrado con sus méritos la fortaleza para dar la vida por la fe. Llegó Santiago el Mayor, el único de los Apóstoles que hasta entonces había subido al cielo, y en nombre de todos los Apóstoles le dio gracias por todo el consuelo y la asistencia que les había prestado durante su permanencia en la tierra. Llegaron luego a saludarla los Profetas, y le decían: “Vos, Señora, sois la que vislumbramos en nuestras profecías.” Llegaron los santos Patriarcas y le decían: “Vos, María, fuisteis nuestra esperanza, y por tantos siglos tan suspirada.” Y entre éstos llegaron con mayor afecto a darle gracias nuestros primeros padres Adán y Eva, y le decían: “Hija predilecta, Tú has reparado el daño que nosotros hicimos al género humano. Tú devolviste al mundo la bendición perdida por nuestra culpa, por Ti somos salvos; ¡Seas por siempre Bendita!”

Llegó después a besarle los pies San Simeón, y le recordó con júbilo el día en que recibió de sus manos a Jesús niño. Llegaron San Zacarías y Santa Isabel, y de nuevo le dieron gracias por aquella amorosa visita que con tanta humildad y caridad les hizo en si casa, y por la cual recibieron tantos tesoros de gracias. Con mayor afecto llegó San Juan Bautista, a darle las gracias por haberlo santificado por medio de su voz. ó San Juan Bautista, a darle las gracias por haberlo santificado por medio de su voz. Y ¿Qué le dirían cuando llegaron a saludarla sus queridos padres San Joaquín y Santa Ana? ¡Oh Dios! Con cuánta ternura la debieron bendecir diciendo: “Hija amada ¿y qué dicha la nuestra la de tener una hija como Tú! Ahora eres nuestra Reina, porque eres la Madre de nuestro Dios; por tal te saludamos y te veneramos.”

Más, ¿Quién puede comprender el afecto con que llegó a saludarla su querido esposo San José? ¿Quién podrá explicar la alegría que sintió el Santo Patriarca al ver a su esposa entrar en el cielo con tanto triunfo y ser proclamada Reina de todos los cielos?¡Con cuanta ternura le debió decir!: “Señora y esposa mía, ¿Cuándo podré yo agradecer lo que debo a nuestro Dios por haberme hecho esposo vuestro, que sois su verdadera Madre? Por Vos merecí en la tierra asistir en su infancia al Verbo encarnado, tenerle tantas veces en mis brazos y recibir de Él tantas gracias especiales. ¡Benditos sean los momentos que empleé en la vida en servir a Jesús y a Vos, mi santa esposa! …

Por fin, todos los Ángeles llegaron a saludarla, y Ella, la gran Reina, a todos dio las gracias por la asistencia que le habían prestado en la tierra; singularmente a San Gabriel Arcángel, feliz embajador de todas sus dichas, cuando bajó a darle la nueva de que era elegida para Madre de Dios.

Luego, arrodillada la humilde y Santa Virgen, adoró a la divina Majestad, y toda abismada en el conocimiento de su nada, dio gracias por todos los dones que su bondad le había concedido, y especialmente, por haberla hecho Madre del Verbo Eterno. No hay quien pueda comprender con cuánto amor la bendijo la Santísima Trinidad; qué acogida hizo el Padre a su Hija, el Hijo a su Madre, el Espíritu Santo a su Esposa. El Padre la coronó, comunicándole su poder, el Hijo la Sabiduría; el Espíritu Santo el Amor. Y todas las tres Personas, colocando su trono a la diestra de Jesús, la proclamaron Reina universal del cielo y de la tierra, y mandaron a los Ángeles y a todas las criaturas que la reconocieran como su Reina, y como a tal la obedecieran y sirvieran.”

Autor: San Alfonso María de Ligorio





Virgen Santísima Inmaculada y Madre mía María, a Vos, que sois la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la abogada, la esperanza, el refugio de los pecadores, acudo en este día yo, que soy el más miserable de todos. Os venero, ¡oh gran Reina!, y os doy las gracias por todos los favores que hasta ahora me habéis hecho, especialmente por haberme librado del infierno, que tantas veces he merecido. Os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo prometo serviros siempre y hacer cuanto pueda para que también seáis amada de los demás. Pongo en vuestras manos toda mi esperanza, toda mi salvación; admitidme por siervo vuestro, y acogedme bajo vuestro manto, Vos, ¡oh Madre de misericordia! Y ya que sois tan poderosa ante Dios, libradme de todas las tentaciones o bien alcanzadme fuerzas para vencerlas hasta la muerte. Os pido un verdadero amor a Jesucristo. Espero de vos tener una buena muerte; Madre mía, por el amor que tenéis a Dios os ruego que siempre me ayudéis, pero más en el último instante de mi vida. No me dejéis hasta que me veáis salvo en el cielo para bendeciros y cantar vuestras misericordias por toda la eternidad. Así lo espero. Amén.

martes, 29 de enero de 2013

Haced esto





Haced esto en conmemoración mía. Dos cosas hay destacar en estas palabras. La primera es el mandato de celebrar este sacramento, mandato expresado en las palabras: Haced esto. La segunda es que se trata del memorial de la muerte que sufrió el Señor por nosotros.

Dice, pues: Haced esto. No podríamos imaginarnos un mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la vida eterna. Esto es lo que vamos a demostrar punto por punto.

Lo más provechoso en nuestra vida es lo que nos sirve para el perdón de los pecados y la plenitud de la gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho. Por ellos me consagro yo. Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Es también lo más dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos muestra toda su dulzura? A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole gratuitamente, desde el cielo, pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos; este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servía al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.

Es lo más saludable que se nos podía mandar. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con la devoción de una fe sincera no gustará jamás la muerte. Es árbol de vida para los que la cogen, son dichosos los que la retienen. El que me come vivirá por mí. Es lo más amable que se nos podía mandar. Este sacramento, en efecto, es causa de amor y de unión. La máxima prueba de amor es darse uno mismo como alimento. Los hombres de mi campamento dijeron: «¡Ojalá nos dejen saciarnos de su carne!»; que es como si dijera: «Tanto los amo yo a ellos y ellos a mí, que yo deseo estar en sus entrañas y ellos desean comerme, para, incorporados a mí, convertirse en miembros de mi cuerpo. Era imposible un modo de unión más íntimo y verdadero entre ellos y yo».

Y es lo más parecido a la vida eterna que se nos podía mandar. La vida eterna viene a ser una continuación de este sacramento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada.

Autor: San Alberto Magno, Obispo y doctor de la Iglesia





Oración del predicador

Señor Jesucristo, haz que con deseo ardiente me precipite a escuchar la Palabra de Dios,
y haz que no rechaze a los que ya se han acercado;
haz que sepa estar junto a las aguas, no dentro de las aguas de la vanagloria;
que suba a la navecilla de la obediencia y que baje a tierra por la humildad;
que lave las redes del deseo de la predicación
y de las buenas obras de toda avaricia, vanagloria y adulación;
que sepa repararlas mediante la armonía de las sentencias;
que las seque con la claridad;
que las recoja por cautela y no por pereza;
que no las rasgue por las divisiones;
que aleje de la tierra la nave de la religión y permanezca descansando en ella.
Haz que enseñe a los demás con el ejemplo;
que sepa alternar la contemplación y la acción;
que sepa conducir a los demás a la profundidad de la contemplación
mediante la predicación de la religión.
Que lance las redes en tu palabra
y no en la tiniebla del pecado y de la ignorancia
de tal forma que pueda capturar obras vivas;
que en las aguas de las tribulaciones
pueda llenar mis redes de la abundancia de tu presencia y de tus consuelos
de modo que el alma reviente de admiración y busque ayudar al prójimo,
especialmente a los más necesitados.
Que llene las naves de obediencia y de paciencia
y que por la humildad me prosterne ante las rodillas de Jesús
y que, una vez arribado de este mundo a la tierra de los vivientes,
pueda yo recibir los premios eternos. Amén.

San Alberto Magno. Liturgia de las Horas. Propio O.P., pp. 1814-1815.