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lunes, 1 de julio de 2019

¿Por qué será que en lo cotidiano actuamos como si el amor hubiera que merecerlo?




"¿Quién lo iba a decir?
Los compositores Kristen Anderson-Lopez y Robert Lopez lo hicieron:
Él es un poco fixer upper (arregla todo), pero de lo que estamos seguros es que con un poco de amor se puede reparar a este arregla todo.
De la película de Frozen, esta sabiduría musical nos recuerda que cada uno es un fixer upper."

¿Por qué será que en lo cotidiano actuamos como si el amor hubiera que merecerlo?
“Si amásemos lo suficiente sabríamos dos cosas que todo amor es, a la corta o a la larga, invencible. Y que, en todo caso, el que ama de verdad no se pregunta nunca el fruto que va a conseguir amando. El verdadero amante ama porque ama, no «porque» espere algo a cambio. ¡Buenos estaríamos los hombres si Dios hubiera amado solamente a quienes harían fructificar su amor!” (Martín Descalzo).

Sin embargo, ¿por qué será que en lo cotidiano actuamos como si el amor hubiera que merecerlo, es decir como sí solo sí haciendo méritos seremos dignos de él?
No me refiero sólo al amor de pareja, sino al amor en todas sus formas y gestos, desde lo pequeño y habitual hasta lo más loco que podamos imaginar hacer por amor; porque no es insólito relacionar el amor con la locura ya que este, el verdadero, nos invita a salirnos de nosotros mismos para poder abrirnos a los demás. Impensado y loco en estos días ¿no? en que el mundo está regido por el “no te metas”, “que se arregle”, “ es su problema, no el tuyo”; en que es valor el mirarse el pupo todo el día y preocuparse por el cómo vivir mejor sin necesitar de otro/s.

En este contexto de egoísmo el amor se desfigura, cambia de rostro, se caricaturiza, quedando relacionado sólo con la pasión, el placer, el facilismo, la ausencia de dificultades, el trueque (te amo para ser amado) etc. Conclusión, te amo solo sí haces mi vida más placentera y fácil…

¡Qué lejos está esto del amor! En la lógica del verdadero amor todo está invitado a ser don, tiene que serlo. El amor sólo produce más amor. ¿Mirá si Dios se dispusiera a amarnos sólo cuando hiciéramos cosas buenas? Estaríamos en el horno ¿¡no!? Pero como creyentes estamos invitados a, como dice Martín Descalzo, “descubrir que hemos sido más queridos de lo que nunca nos atrevimos a imaginar”.

Caminemos en la certeza de este AMOR que me ama porque me ama, porque a sus ojos soy único y que no necesita de mí más de lo que soy y tengo, que me ama aún más en mi debilidad y pobreza, que me invita a amar a los demás de la misma manera; donando de mí lo mejor si exigir nada, ni siquiera la correspondencia.

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.

Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.

En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”.

(Carta de San Pablo a los Corintios 13, 1-13) 

lunes, 30 de octubre de 2017

DISNEY HONRABA EN 1940 A LA VIRGEN MARÍA




Los minutos finales de Fantasía (1940), una de las películas más célebres en la historia del cine de animación y título emblemático de la factoría Disney, tiene su clímax en el canto del Ave María de Franz Schubert como símbolo del triunfo del bien sobre el mal, en pugna durante toda la obra y encarnado, justo antes de esta escena, en el demonio. Fue la toma más larga rodada hasta el momento en una película de dibujos, con algunas dificultades técnicas porque el lento paso de la procesión de candelarias exigía una mayor precisión en el dibujo de los fotogramas. Hasta el último momento se barajó la posibilidad de que una imagen de la Virgen María coronase la escena, y aunque la productora se inclinó por no hacerlo, ya es significativo que sea un canto a la Madre de Dios el símbolo final del Bien.



miércoles, 13 de enero de 2016

La importancia del canto en la vida religiosa






De por sí, el canto eleva nuestro ánimo porque es una forma intensa de expresión. El genial Richard Wagner confiesa que para componer sus óperas escribía primero el folleto; luego lo leía reiteradamente, y de la lectura intensa brotaban espontáneamente las melodías y las armonías. La música es una forma de expresión de gran voltaje.

San Agustín, espíritu muy abierto a los sentimientos nobles, vivió con tal intensidad la emoción que produce el canto que llegó a verlo como un ídolo que se interponía entre él y el Creador. Más adelante, reconoció gustoso el papel de mediador que puede ejercer el canto entre el creyente y el Dios al que adora:

“Con todo, cuando recuerdo las lágrimas que derramé con los cánticos de la Iglesia en los comienzos de mi conversión y lo que ahora me conmuevo no con el canto sino con las cosas que se cantan, cuando se cantan con voz clara y una modulación convenientísima, reconozco de nuevo la gran utilidad de esta costumbre”(1) .



San Agustín advirtió que existe cierta “familiaridad” enigmática entre los distintos modos de canto y los diversos afectos de nuestro espíritu (2) . En el canto gregoriano, heredero de la técnica musical griega, existen ocho “modos” -que son como otros tantos hogares expresivos- y cada uno crea un clima espiritual propio: de alegría o tristeza, vivacidad o serenidad, sencillez o solemnidad... Más allá de esa diversidad expresiva, descubrió San Agustín que el canto lleva en sí una tendencia básica a fomentar la unión. Entonar a coro una melodía es uno de los gozos primarios de la vida humana. Es el encanto propio de la unidad y, por tanto, del amor. Lo expresa San Agustín con su certera concisión: “Cantare amantis est”: Cantar es cosa del que ama.

Como nuestro Dios es Amor (1 Jn 4,7), San Agustín vincula el canto con el júbilo y el ascenso del espíritu al mundo religioso:

“Canta con júbilo, pues cantar bien a Dios es cantar con júbilo. ¿Qué significa cantar con júbilo? Comprender que no cabe expresar con palabras lo que se canta de corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, cuando empiezan a rebosar de alegría por las palabras de los cánticos, como fuera de sí de tanta alegría que no pueden expresarla en palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo. El júbilo es un sonido que indica que el corazón da a luz lo que no se puede decir. ¿Y a quién conviene este canto jubiloso sino al Dios inefable? Porque es inefable aquel a quien no puedes expresar con palabras; y, si no lo puedes expresar con palabras y no debes callar, ¿qué te queda sino que cantes jubilosamente para que se alegre el corazón sin palabras y la inmensa amplitud del gozo no quede sometida a los límites de las sílabas? Canta bien con regocijo”(3) .

A este bello texto cabe objetarle que una melodía consigue su máximo poder emotivo cuando entrevera su expresividad con la de un texto relevante. Son dos ámbitos expresivos que tienden de por sí a vincularse y enriquecerse. Realizar esta vinculación es un acto de creatividad que eleva nuestro ánimo y lo redime de la banalidad.

Un reportaje televisivo nos mostró a una pequeña tribu del Alto Volta caminando en fila india hacia el exilio. Se movían cansinamente, y uno temía que en cualquier momento podían caer desplomados. Tanto más emotivo era ver a quien cerraba la marcha musitar con una flauta rudimentaria las notas de una melodía. Esta forma primaria y sencilla de creatividad era sin duda lo último a que estaban dispuestas a renunciar esas gentes desvalidas. Toda melodía aúna a quienes la entonan en grupo.

Tal unión se intensifica cuando se canta polifónicamente. Cada una de las voces es independiente de las otras, pero se une a ellas para formar un bloque sonoro armónico. Este campo de juego musical en el que las distintas voces entran y salen como de un hogar confiado presenta una condición singular: es configurado por las voces, pero él a su vez les da a ellas su sentido pleno, su vinculación mutua, su máxima belleza.

El canto polifónico nos permite vivir el tipo de unión eminente que crea el encuentro, es decir, el enriquecimiento mutuo de diversos ámbitos expresivos, independientes entre sí pero nacidos para realizarse en comunidad. Al crear el campo de juego que es todo encuentro, se supera la escisión entre el yo y el tú, lo mío y lo tuyo, el dentro y el fuera, lo interior y lo exterior. En la partitura, las voces ocupan un lugar diferente; parecen estar distanciadas entre sí. En cuanto empiezan a crear la obra conjuntamente, siguen siendo distintas pero dejan de ser distantes, externas, extrañas, ajenas, para tornarse íntimas. El surgir de la intimidad suscita un sentimiento de gozo y entusiasmo.

Si el texto cantado es religioso, une a quienes lo cantan con algo muy valioso, por ser trascendente, y potencia la vinculación que produce el mero cantar a coro. Por esa profunda razón, “cantar es rezar dos veces”, como indicó el mismo San Agustín, pues orienta a los cantores hacia un gran ideal común. Nada extraño que la práctica del canto religioso haya servido a San Ambrosio de Milán para elevar el ánimo de sus fieles durante los angustiosos días de una peste; a los misioneros para trasmitir la doctrina cristiana en un clima de unidad; a devotos religiosos de clausura para mantener el fervor del espíritu durante sus breves tiempos de recreo... Incluso un espíritu tan sobrio como San Juan de la Cruz supo vibrar intensamente con la expresividad musical:




“La música de las liras -escribe- llena el alma de suavidad y recreación, y la embebe y suspende de manera que le tiene enajenada de sinsabores y penas”(4) .

El canto polifónico sacro incrementa la emotividad del canto llano. El renombrado director de orquesta Jesús López Cobos confesó que los motetes de Semana Santa de Tomás Luis de Victoria le hicieron derramar lágrimas en más de una ocasión pues se sintió sobrecogido, al verse elevado a un reino de máxima expresividad y belleza. Una de las razones más hondas de este poder emotivo de la música sacra la destacó Gabriel Marcel al vincular la importancia que tuvieron en su vida ciertos encuentros especialmente valiosos y las obras más elevadas de Bach para coro y orquesta:

“Tengo que anotar aquí la importancia excepcional de J. S. Bach. Las Pasiones y Cantatas: en el fondo la vida cristiana me ha venido a través de esto”. “Los encuentros han tenido un papel capital en mi vida. He conocido seres en los cuales sentía tan viva la realidad de Cristo que ya no mera lícito dudar” (5) .


Autor:  D. Alfonso López Quintás

martes, 12 de enero de 2016

La capacidad expresiva del canto religioso






Si el texto cantado es religioso, une a quienes lo cantan con algo muy valioso, por ser trascendente, y potencia la vinculación que produce el mero cantar a coro

Una tarde de Navidad, el gran poeta y diplomático francés Paul Claudel acudió a la catedral de Notre Dame de París por el simple deseo de contemplar una ceremonia noble, dotada de cierto sentido estético. Apoyado en una de las columnas de la nave lateral de la derecha, escuchó atento el canto de las Vísperas. Al oír el Magníficat, se vio inmerso en un ámbito de luz y belleza, que pareció transportarle a lo mejor de sí mismo. En su mente se iluminó, como por un relámpago, la idea clara de que ese estado de autenticidad personal era propio de quienes viven en la Iglesia. Ésta dejó de ser para él una institución rígida y lejana, para convertirse en el espacio de vida en el que se producen esas eclosiones de belleza y vida desbordante. La transformación espiritual estaba hecha. Había realizado la experiencia de lo divino, y de su riqueza iba a nutrir su espíritu durante el resto de su vida.



¿Qué enigmático poder tiene la música para servir de vehículo a la gracia divina y suscitar una conmoción espiritual tan profunda?


Autor:  D. Alfonso López Quintás