miércoles, 16 de enero de 2013

Magnanimidad






Para la mentalidad del pueblo judío, las viudas y los huérfanos eran la imagen de la soledad y el desamparo. Tras la muerte del marido las viudas no heredaban y, en caso de no haber tenido hijos, debían regresar a la casa paterna: del sometimiento al difunto marido retornaban a la obediencia hacia el padre o hacia el hermano mayor. La legislación acentuaba el humanitarismo proveyendo que se les asignasen los restos de las cosechas que quedaban en el campo tras la siega y después de la recogida de la aceituna y la vendimia (Dt 16, 11 s.s.; 24, 19), lo que nos deja entrever la situación de penuria y estrechez en que vivían la mayoría de ellas.

Pero a la pobreza material, que podría justificar algún pequeño acto de egoísmo, se le antepone la virtud. En el Nuevo Testamento hay una viuda que me ha llamado la atención desde que escuché por vez primera el pasaje evangélico que a ella se refiere. Su actitud, sencillamente conmovedora, conquista con facilidad. El comentario que de ella hace Jesús la enaltece.

La escena no es difícil de imaginar: frente al receptáculo de las limosnas en el templo, Jesús observa las actitudes de los ricos que pasan a dejar sus monedas. Unos alardean las cantidades depositadas mientras otros se retan soberbiamente a ver quién es capaz de dejar más… De pronto, entre las finas telas de las túnicas de esas opulentas personas, se va abriendo paso un cuerpecillo encorvado que roba inmediatamente la mirada del Maestro.

Es una mujer adornada con la vejez de muchos años; una mujer envuelta en un largo y gastado velo negro. Arrastra las sandalias y camina con dificultad pero con paso seguro. No lleva algo en la mano, lo lleva todo. Los ricos la ven despectivamente mientras ella baja la cabeza y sigue su paso. Al llegar a la urna alza la mano con temblor, con un poco de pena ante los hombres que continúan viéndola. Apenas abrir la palma de su mano y los oídos perciben casi inmediatamente dos pequeños golpes nacidos del contacto del metal con el fondo… Y el Señor Jesús, que seguía todo con fina atención, mueve la cabeza con ese gesto tan conocido por los suyos, un gesto propio para cuando deseaba convocarlos sin necesidad de pronunciar palabras.

Todavía no se congregan todos sus discípulos cuando, sin quitarle la mirada a la ancianita, empieza a decir con firmeza: “Os digo de verdad que esa viuda pobre ha echado más que todos los que han echado. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 43-44).

…No ha echado de lo que le sobraba sino de lo que necesitaba, cuanto poseía y tenía para vivir… Es que únicamente las almas grandes y virtuosas son capaces de darse enteramente y sin cláusulas. Sólo las almas generosas son capaces de actos como ese porque han penetrado el misterio de aquella máxima de la sabiduría popular que dice que hay más alegría en dar que en recibir.

Pero no, la viuda del relato evangélico no era nada más una persona generosa. Los generosos saben dar pero todavía arrastran el lastre de la sujeción al devenir de los estados de ánimo: hoy dan si se sienten bien pero mañana no saben si serán capaces; dependerá de cómo se sientan. Y es que nuestra viuda es una persona que ha conducido su generosidad al culmen, hasta la cima de la virtud, hasta la magnanimidad. Y no se puede pensar en que aquel gesto hubiese sido un hecho puntual aislado sino un acto más en esa cadena de buenos hábitos que dan esa áurea de virtud a su obra. Tan es así que se ganó el laurel del reconocimiento de un Dios que conoce los interiores de las personas.

Al recordar ese acto culmen de una mujer sencilla y en las condiciones propias de su viudez, ¿no nos interpela algo dentro a nosotros? La imitación, ciertamente, no consiste en reproducir el mismo acto –si bien no estaría de más tenerlo en lista– sino en cultivar las mismas actitudes, lo que está en el fondo. Nadie se vuelve magnánimo de la noche a la mañana sino a través de pequeños actos de generosidad diarios que a la larga se vuelven espontáneos y, poco a poco, magnánimos. Seguramente pocos tendrán los medios como para comprar una casa a un pobre vagabundo pero todos tenemos la oportunidad de ofrecer una cálida sonrisa, una palabra de aliento o un gesto de afecto a aquellos con quienes nos topamos diariamente.

No podemos esperar grandes oportunidades para ser generosos y, luego, poco a poco, magnánimos. Bastan las pequeñas ocasiones del día a día. Así, casi sin darnos cuenta, con el empeño constante, seremos capaces de dar como esa viuda, las “moneditas” que de no ser por ejercitarnos todos los días, jamás hubiésemos dado.

Autor: Jorge Enrique Mújica, L.C. | Fuente: Catholic.net

lunes, 14 de enero de 2013

Silencio




Qué bien suena tu voz en el silencio.
Qué lucidez, qué dulzura, que clara.
Remanso de quietud,
invitación a la reflexión,
elocuente decir insinuado,
siempre velado, siempre velado.
Cómo impresiona tu silencio, Señor;
silencio de entrega,
silencio de espera,
silencio de Dios.
Cuánto provecho causa tu silencio…
Vienen a la mente las victorias vividas,
las derrotas sufridas,
las vigilias cansadas,
las alegrías encausadas,
los triunfos conseguidos…
Y la vida: su pasado, su presente
y su futuro…
Y Tú en silencio, pero siempre al lado.
Tú en silencio, mas acompañando.
Tú en silencio; fiel, fiel, fiel; siempre fiel.
¿Cómo no va a estremecerme tu silencio?
¿Cómo no va a ser fuente de cuestionamientos?:
¿a dónde voy, por qué existo,
de dónde vengo y para qué vivo?
Pero en Ti
-¡ay, cómo escucho tus gritos!-
todo esto tiene un sentido.
Señor de la boca callada;
Señor de las palabras tan amplias;
Señor de la voz disimulada;
Señor de cara blanca:
¡luna llena eucarística!
Y si esto me dices en silencio,
qué sería si de la otra forma hablaras.


Autor: Desconocido 

domingo, 13 de enero de 2013

¿Estás ocupad@?




Mientras te levantabas esta mañana, yo te observaba. Esperaba que me hablaras, aunque fuesen unas cuantas palabras, preguntando mi opinión acerca de algún tema o agradeciéndome por algo bueno que te hubiese sucedido el día de ayer. Pero noté que estabas muy ocupada... buscando la ropa adecuada que te ibas a poner para ir al trabajo. Seguía esperando mientras corrías por la casa arreglándote, creí que encontrarías unos cuantos minutos para detenerte y decirme "HOLA"... pero estabas demasiado ocupada...

Para ver si por fin me percibías, encendí el cielo para ti, lo llené de colores y dulces cantos de pájaros... pero ni siquiera te diste cuenta de ello. Te miré mientras ibas rumbo al trabajo y esperé pacientemente todo el día. Con tantas actividades supongo que... estabas muy ocupada para decirme algo.

De regreso, ví tu cansancio, quise rociarte para que el agua se llevara tu stress. Pensé que agradándote, te acordarías de mí. Sin embargo, enfurecida, ofendiste mi nombre. Deseaba tanto que me hablaras... aún quedaba bastante tiempo.

Después encendiste el televisor. Esperé pacientemente mientras veías tu programa favorito, luego cenaste y nuevamente te olvidaste de hablar conmigo.

Te noté cansada, entendí tu silencio y apagué el resplandor del cielo pero no te dejé a oscuras. Lo cambié por un lucero... Verdaderamente fue hermoso, pero no estuviste interesada en verlo.
A la hora de dormir creo que ya estabas agotada. Dijiste buenas noches a tu familia, caminaste hacia tu cama y casi de inmediato te dormiste. Acompañé con música tus sueños, mis animales nocturnos se lucieron. No hay problema... porque quizás no te dés cuenta que siempre estoy ahí para ti.

Tengo más paciencia de la que te imaginas. Quisiera enseñártela para que puedas tenerla con los demás.

Te amo tanto que espero todos los días una oración y el paisaje que diseño cada amanecer es para ti.

Bueno... te estás levantando de nuevo y no me queda otra cosa que entregarte todo el amor que siento por ti y continuar esperando que, al menos, el día de hoy me dediques sólo... un poco de tiempo.

Que tengas un buen día...
Dios.

Autor: Desconocido Fuente: webcatolicodejavier.org

sábado, 12 de enero de 2013

El peso





El peso de hoy
El ayer con sus luchas y esfuerzos
ya no me pesa.
El mañana,
con lo que encierre de sorpresas,
aún no me pesa.
El peso de hoy es liviano, suave, tolerable.
Y así debe ser mi caminar por la vida.
Siendo fiel un día,
he sido fiel una semana.
Semana que ya no pesa nada,
más bien ha fortalecido mis hombros
para seguir cargando el peso del hoy.
Se vive hoy.

Autor: Padre Mariano de Blas L.C. Fuente: Libro Quiero vivir

viernes, 11 de enero de 2013

Bautismo






 Consideremos el gran milagro que se produjo después del bautismo del Salvador; es el preludio de los que iban a venir. No se abre el antiguo Paraíso, sino el mismo cielo: " tan pronto como Jesús fue bautizado, se abrieron los cielos " (Mt 3,16). ¿Por qué razón, pues, se abren los cielos?—Para que os deis cuenta que también en vuestro bautismo se abre el cielo, os llama Dios a la patria de arriba y quiere que no tengáis ya nada de común con la tierra...  Sin embargo, aun cuando ahora no se den esos signos sensibles, nosotros aceptamos lo que ellos pusieron una vez de manifiesto.

    La paloma apareció entonces para señalar como con el dedo a los allí presentes y a Juan mismo, que Jesús era Hijo de Dios. Más no sólo para eso, sino para que tú también adviertas que en tu bautismo viene también sobre ti el Espíritu Santo. Pero ahora ya no necesitamos de visión sensible, pues la fe nos basta totalmente.

    Pero ¿por qué apareció el Espíritu Santo en forma de paloma? —Porque la paloma es un ave mansa y pura. Como el Espíritu Santo es espíritu de mansedumbre aparece bajo la forma de paloma. La paloma por otra parte, nos recuerda también la antigua historia. Porque bien sabéis que cuando nuestro linaje sufrió el naufragio universal y estuvo a punto de desaparecer, apareció la paloma para señalar el final de la tormenta, y, llevando un ramo de olivo, anunció la buena nueva de la paz sobre toda la tierra. Todo lo cual era figura de lo por venir... Y, en efecto, cuando entonces las cosas habían llegado a un estado de desesperación, todavía hubo solución y remedio.

    Lo que llegó en otro tiempo por el diluvio de las aguas, llega hoy como por un diluvio de gracia y de misericordia... No es tan solo a un hombre, a quien la paloma llama a salir del arca para repoblar la tierra: atrae a todos los hombres hacia el cielo. En lugar de una rama de olivo, trae a los hombres la dignidad de su adopción como niños de Dios.

Autor: San Juan Crisóstomo (c 345-407), sacerdote en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia  de la Homilía sobre el evangelio de Mateo, n° 12; PG 57, 201

¡A injertar!





No puedo dejar de estremecerme ante las noticias que nos van llegando día a día de la situación de nuestro país. Cientos de dramas humanos entretejen nuestra historia. Imágenes que nos llegan en el televisor de actores que no se maquillan, que no tienen dobles, no hay fantasía. Es la cruda realidad. He reflexionado con el corazón en un puño. Pocos, muy pocos son los que todavía se conmueven. ¿No nos habremos domesticado a fuerza de latigazos visuales? En verdad me cuesta tildarme de moderno y civilizado. Creo que somos muchos los que estamos hartos del menú que diariamente alimenta nuestras almas: homicidios, robos, torturas, secuestros, fraudes, condiciones ignominiosas de trabajo: obreros simplemente usados. Muñones y más muñones. Cientos de semi-hombres. Muñones de humanidad. Sin embargo, yo no me quedo indiferente. Sé que hay mucha gente buena. Los conozco, somos tú y yo, los de todos los días. Los que luchamos por vivir, los que asimos el presente con manos férreas y trabajamos por transformar el mundo. Los que apostamos por el futuro. La nación no está carcomida hasta la raíz. Más bien es un árbol con la copa destrozada. Sólo hace falta injertos de amor, de esperanza y de responsabilidad.

Autor:   P. José Manuel Otaolaurruchi L.C. Fuente: Church Forum

miércoles, 9 de enero de 2013

Familia






Creo que para todos es claro, o debería serlo, que el amor es un valor fundamental para la familia. La familia es la escuela del amor, donde primero aprendemos a amar de pequeños; y de este aprendizaje primario del amor muchas veces depende si, más adelante en nuestra vida, nuestro amor es completo, íntegro, y enriquecedor. Si no hay amor en la familia, ¿en donde lo habrá?

Por eso resulta extraño que el amor, al menos en algunos estudios sobre los valores, no ocupe el primer lugar en los valores familiares. Más todavía, cuando he trabajado sobre los valores de la familia en grupos focales, con frecuencia el amor no está entre las primeras menciones y se olvida jerarquizarlo hasta que algún miembro del grupo dice: “Oigan, se nos está olvidando el Amor”

Creo, además, que hay una gran confusión en cuanto a que cosa es el amor. En algunos grupos, sobre todo de jóvenes, se usa la palabra como un sinónimo de relaciones sexuales. Claro, el ideal es que las relaciones sexuales sean por amor (aunque muchas veces el amor no tenga nada que ver), pero indudablemente el amor va mucho más allá. “El sexo sin amor”, decía una joven conocida mía, “entra en la categoría del ejercicio”. ¡Qué triste!

En la Edad Media, los estudiosos distinguían varias facetas del amor. Hablaban de la Cupididad, o la atracción sexual. Hablaban del Ágape, o la amistad, afecto y cariño entre amigos, y también de la Caridad, el nivel más elevado y sobrenatural del amor, una de las virtudes teologales.

La atracción sexual, por supuesto, es un importante componente del amor entre los esposos y es, en sí misma, un bien que promueve la unidad y la comunicación entre los cónyuges. También entre los esposos es muy importante la amistad, el cariño, el afecto; ambos son el mejor amigo del otro, en quién depositan toda la confianza y el respeto por cada uno. Y, por supuesto, cuando hablamos del matrimonio cristiano, es fundamental la caridad, el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. ¿Y quién más prójimo o próximo que el cónyuge? El amor entre padres e hijos, y con la familia extendida, también debería incluir la amistad, cariño, afecto, y sobre todo la caridad.

Tal vez, a estas alturas, muchos lectores estarán pensando: “Eso es muy idealista; muchas familias a veces no logran más que sobrellevarse o tal vez soportarse, pero ahí no hay amor como este señor lo describe”.

Cuan cierto, y cuan triste. ¿Será que tienen razón los que ponen el amor en el cuarto lugar entre la jerarquía de los valores familiares? ¿Será que el amor cuenta menos que el bienestar material? ¿Será cierto que la tendencia es a que el amor sea cada vez menos importante en la familia mexicana? ¿Será que nos hemos vuelto tan escépticos que no creemos siquiera en la posibilidad de un amor amplio, rico y enriquecedor, que nos eleve y nos haga mejores? Y si no lo creemos posible, ¿cómo lo valoraremos?

Este escepticismo sobre el amor en la familia, que muchos prefieren llamar realismo, es una verdadera plaga. Sin amor, ¿Qué mantiene unida a la familia? ¿Será el bienestar o la solidaridad motivos suficientemente fuertes para que la familia se mantenga unida? Más importante: ¿Serán lo suficientemente fuertes para dar felicidad a sus miembros?

¿O será, me pregunto, que las familias que se aman profundamente no hacen mucho ruido, y no se notan, mientras que las familias que son infelices por falta de amor, son mucho más visibles y nos llaman más la atención? No tengo la respuesta, y no sé si sea importante tenerla. Lo importante en mi opinión es hacernos conscientes de lo importante que es este valor y le demos un lugar más importante en la jerarquía de nuestros valores. Si, se puede hacer mucho por las familias, pero nada será más importante que decidirnos a vivir este valor en nuestra circunstancia personal y concreta. Decidirnos a amar a nuestra familia profundamente es la acción más efectiva que podemos hacer, no solo a favor de nuestra familia, sino también en favor de otras familias. No hay testimonio más importante que el del amor. Cuando los paganos veían a los cristianos, decían: “Miren como se aman”. Y querían ser así, se convertían. ¿Cuántas familias se decidirían a amarse profundamente si vieran a su alrededor a familias que se aman?

Autor: Antonio Maza Pereda