martes, 18 de agosto de 2015

Reina y Madre II




Regresa al inextinguible amor
te habitamos reservada
solo como flama que se alza al cielo,
fuente de la esperanza
de la pequeña sentella de vida
Tú, en cambio, ardor de la caridad hacia el Creador,
usted es también una maestra de cómo se aman a las criaturas.
Santa María, Nuestra Señora enamorada
¡te amo!
vamos a entender que el amor es siempre santo,
porque sus llamas
nos guían y dirigen al  único fuego de Dios..
Enséñanos a amar.
El amor, voz del verbo,
Esto significa decender a nuestra naturaleza humana reconociéndonos pecadores
Saliendo de nuestra condición, dándonos para querer
La felicidad de los demás  (Tonino Bello)

lunes, 17 de agosto de 2015

Reina y madre



Custodia tu ciudad que te tiene como torre central y fundamento, rodeándolo con la fuerza y la coronación de los premios de la victoria.   Siempre conserva el esplendor del templo, la casa de Dios; conserva sus cantantes de toda alma la adversidad y el sufrimiento . Asignar la liberación de los cautivos ; se muestra como la comodidad a los extranjeros que no tienen hogar y desamparados . Estire a todo el mundo su partidario mano ... " ( Germán de Constantinopla , Homilías Mariane I, 19 )

jueves, 28 de mayo de 2015

Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz





Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, hacia el Reino de Dios. "Si, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Así como el demonio tentó a Eva con engaños y mentiras para que fuera desterrada, ahora Dios mismo se hace hombre y devuelve a la humanidad la posibilidad de regresar al Reino, cuando cual cordero se sacrifica amorosamente en la cruz.

Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.

La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejo Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.



Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. "Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.

"Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tu me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos si están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. ...No te pido que los retires del mundo, sino que los guarde del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad." (Jn 17, 9-11.15-17)

Ésta es la oración que recita Jesús antes de ser entregado y manifiesta su deseo de que el Padre nos guarde y proteja. En esta oración llena de amor hacia nosotros, Jesús pide al Padre para que lleguemos a la vida divina por la cual se ha sacrificado: "Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros." Y pide que a pesar de estar en el mundo vivamos bajo la luz de la verdad de la Palabra de Dios.

Así Jesucristo es el Rey y el Pastor del Reino de Dios, que sacándonos de las tinieblas, nos guía y cuida en nuestro camino hacia la comunión plena con Dios Amor.



miércoles, 27 de mayo de 2015

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros


«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: Este era de quien yo dije: el que viene después de mí ha sido antepuesto a mí porque existía antes que yo. Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer»(Juan 1,14-18).

1.  “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”, dice la Antífona de Entrada, y la oración colecta pide al Señor “que la tierra se llene de tu gloria y que te reconozcan los pueblos por el resplandor de tu luz”. El Evangelio nos lleva al principio y a la luz: “ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre”.Con Jesús, la Luz; sin Él, el mundo está en tinieblas. Sí, con Él mi vida tiene sentido, soy hijo de Dios. Nos lleva de la mano por el camino de la vida. Él está muy cerca, al alcance de nuestra voz, siempre cerca.

“Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Dios necesita nuestro amor. «Los suyos no la recibieron», no hay lugar en el mesón, pero le ofrezco mi corazón. «Los suyos no lo recibieron»: Jesús, yo quiero recibirte, quiero ser sencillo como los pastores, como los magos, como María y José, y poder decir: nosotros vimos su gloria. Ver tu gloria en medio del mundo. El que cree, ve. Quiero ser portador de tu luz que proviene de Belén por todo el mundo, sembrar paz, y después, rezar, lleno de confianza: “Venga a nosotros tu reino. Venga a nosotros tu luz. Venga a nosotros tu alegría” (Ratzinger).

 “Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. También se puede leer en el sentido de que él (Jesús) ha nacido de Dios, y no de hombre. Los dos sentidos se complementan: nosotros somos hijos de Dios, nacidos de la fe; a imagen del Hijo de Dios, nacido del Espíritu Santo, de María siempre Virgen. «Ninguna prueba de la caridad divina hay tan patente como el que Dios, creador de todas las cosas, se hiciera criatura, que nuestro Señor se hiciera hermano nuestro, que el Hijo de Dios se hiciera hijo de hombre» (Santo Tomás).

“Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Y habitó (acampó) entre nosotros... "Esta frase del Ángelus -me contaba una madre de familia- me recuerda una cosa muy bonita que me ocurrió una vez que di catequesis de primera comunión a un niño cuyos padres no iban por la iglesia. Iba yo a su casa, usé el libro de una de mis hijas, del colegio, y le iba enseñando toda clase de oraciones. Él las devoraba, le encantaba aprenderlas, prestaba una atención... Cuando le enseñé el Ángelus, le conté que mi padre siempre dice y habita entre nosotros, en presente, y que yo nunca lo había hablado con mi padre, pero que a mí me gustaba decirlo así porque realmente Jesús habita con nosotros cada día, así nos lo ha prometido... Pensaba que Álvaro no se iba a acordar, pero en la primera ocasión que tuvimos para rezar el Ángelus, le oí decir con su buena voz : Y habita entre nosotros... Me miró, me guiñó un ojo, y me dijo bajito "...como tu padre"!



2. El Eclesiástico habla de la sabiduría: “Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás”. Hoy cantamos que la Palabra de Dios, en la noche de Navidad, vino al mundo, y su luz lo llena todo, "para que conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve el amor de lo invisible" (prefacio). Las lecturas de este domingo son un repaso de la historia Sagrada: es como cuando se quita en el teatro el telón y se ve lo que se representa, así nos enseña Dios el regalo que nos tenía guardado con su sabiduría, su perfume, su aroma exquisito, nos enseña sus frutos que son dulces como la miel, y sus flores, abundantes… Jesús es como las manos de Dios y su sabiduría, por Jesús Dios hace todo.

Y es su Palabra y por Él lo dice todo cuando "...la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria", como recuerda el Salmo: “Glorifica al Señor, Jerusalén, / alaba a tu Dios Sión: / que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, / y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. / Ha puesto paz en tus fronteras, / te sacia con flor de harina; / él envía su mensaje a la tierra, / y su palabra corre veloz…”  Corre, de modo que… “Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance” (S. Juan de la Cruz). Volar este año con magnanimidad, como el pájaro solitario, vacío de riquezas y de querencias, libre de arrimos y ligaduras pues la “noticia” de Dios le mueve, ya nada puede distraerle, deslumbrarle, su vida es para Dios y los demás.

Nos da el Señor de lo mejor como alimento: "y si, ya aquí abajo, Jesús nos conforta dándonos a comer su propia Carne, ¿cómo saciará en el Cielo a quienes les desborde con la luz de su Divinidad?" (Casiodoro). Para los antiguos, el "pan" en abundancia es símbolo  de la felicidad y de la vida. Decía san Agustín que Dios “No supo dar más, no pudo dar más, no tuvo más que dar”, porque en Jesús y la Eucaristía se nos da del todo. Tenemos hambre del Pan vivo, hambre de Dios, y así seremos felices si no le dejamos este año que comienza.
Nos ayudan las oraciones para “correr” a Dios, hay algunas populares bien bonitas, que se pueden rezar en familia con los pequeños, haciéndonos pequeños, como éstas de la mañana: “Mañana de mañanita / voy a empezar mi camino. / Cuídame Madre bendita, / guíame Jesús divino”.  O esta: “Jesusito, ¡buenos días!, / Jesusito de mi amor. / Aquí me tienes, mi vida, / aquí me tienes, Señor. Muchos besos vengo a darte, / y también mi corazón. / Tómalo, Niño bueno, / es toda mi posesión. / Y si yo te lo pidiera / al llegar a ser mayor, / no me lo entregues, mi vida, / no me hagas caso mi Dios. / Guárdalo oculto en tu pecho, / encerradito, Jesús, / que yo no pueda cogerlo, / y siempre lo tengas Tú”. O bien: “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tómalo; tuyo es, mío no”.

Luego, durante el día, quizá tenemos costumbre de rezar otras, aquí pongo alguna, por ejemplo para comer: “Jesús, que naciste en Belén: Bendice estos alimentos, y a nosotros también”.

Y por la noche: “Niño Jesús, ven a mi cama. Dame un besito, y hasta mañana”.

También nos ayuda la compañía del ángel, como pedimos en esta oración: “Ángel de la Guarda, tú que eres mi amigo, haz que al acostarme yo sueñe contigo”.
Y así bien acompañados tratar a Dios en las tres Personas: “Que el Padre guarde mi alma; que el Hijo guarde mi sueño; y el Espíritu mi alma, mi sueño y mi cama”. Podría seguir con otras oraciones, y en otros idiomas, pero lo importante es que este trato nos lleva a sentir el consuelo de Jesús, y sentirnos hijos de Dios.



3. La carta a los Efesios cuenta nuestra vocación: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales, en el cielo. Ya que en Él nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor. Nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo” y pide que Dios nos dé “un espíritu de sabiduría” y, con el “corazón” iluminado vivir la “esperanza a la que han sido llamados”. San Juan Crisóstomo al pensar en esto tan grande, "en Cristo", dice: "¿Qué te falta? Eres inmortal, eres libre, eres hijo, eres justo, eres hermano, eres coheredero, con Él reinas, con Él eres glorificado. Te ha sido dado todo y, como está escrito, "¿cómo no nos dará con Él graciosamente todas las cosas?". Tu primicia es adorada por los ángeles, por los querubines y por los serafines. Entonces, ¿qué te falta?". Y si Dios hizo todo esto por nosotros, "¿por qué nos ama de este modo? ¿Por qué motivo nos quiere tanto? Únicamente por bondad, pues la "gracia" es propia de la bondad". Todo lo ha hecho "por el amor" que nos tiene.

“No podemos vivir el nacimiento del Señor sin pensar en esta elección. Estamos eternamente en el ‘predilecto’ Hijo del Padre. Esta elección permanece, ha revestido la forma de la noche de Belén. Se ha hecho el evangelio de la cruz y de la resurrección. Sobre el acontecimiento de Belén se ha puesto el sello definitivo. El sello de la ‘predestinación divina’.





martes, 26 de mayo de 2015

Don de la Fortaleza. Él viene siempre a sostenernos en nuestra debilidad




El objetivo de este artículo es tratar de examinar el correcto comportamiento y la mejor actitud que el confesor debe adoptar con algunas categorías de penitentes. Parece oportuno considerar a dichas categorías por separado, ya que necesitan de un tratamiento particular, por las delicadas circunstancias en las que viven. Son las siguientes:


Los niños y adolescentes

El confesor ha de tratar de acoger a los niños y adolescentes con la sonrisa en los labios y con un comportamiento benévolo para entrar en un clima de confianza.

Ha de usar palabras sencillas y fáciles, accesibles a su edad y si se sirve de algún término difícil, relativo a la confesión o a la verdad de la fe, hay que explicarlo.

Es bueno que ayude a los niños y adolescentes a acusarse de los pecados que acostumbran cometer y, si lo considera oportuno, pregunte si han cometido otro pecado grave o leve.

Hay que ser muy prudente en plantear preguntas en el campo de la pureza: se ha de tocar el tema solamente si se encuentra en lo dicho motivos y, de hacerlo, ha de ser en términos muy genéricos. Para entrar en cosas particulares se debe cerciorar de que el penitente es capaz de comprenderlos y, si lo considera oportuno, se pueden dar las primeras explicaciones sobre el sexo.

Terminar preparando al penitente al dolor y al propósito de enmienda, y exhortarlo a confesarse frecuentemente.


Los divorciados

Entre los casos difíciles de una particular categoría de penitentes se encuentran los divorciados, a los que se añaden los casados sólo civilmente y los que conviven (cf. C.E.C. 1650-1651 y 2386-2391).

En estos casos, el confesor no debe inmediatamente y siempre negar la absolución, sino que antes ha de ponderar con sumo cuidado la situación del individuo, tratando de ser lo más comprensivo posible, aunque siempre en los límites fijados por las enseñanzas de la Iglesia.

Los penitentes que desean vivir en la gracia de Dios y no pueden separarse de la compañera/o por deberes naturales surgidos después de la unión (edad avanzada o enfermedad de uno o sendos, la presencia de hijos necesitados de ayuda y de educación), podrán acercarse a la Santa Comunión si realmente se arrepienten de sus pecados y tienen el firme propósito de evitarlos en el futuro, viviendo con la compañera/el compañero como hermano y hermana.



Si recaen en el pecado, deben volver a confesarse, con las debidas disposiciones de espíritu.

¿Acaso no es éste también el comportamiento con los casados que muy a menudo cumplen el acto conyugal evitando la concepción? Así como es posible dar la absolución a éstos últimos -aunque reincidentes, pero siempre que tengan un verdadero arrepentimiento y un firme propósito, e invitándolos a confesarse de nuevo si siguen pecando- es posible hacerlo con los divorciados:

En la medida de lo posible, el confesor enseñe a estos penitentes el deber y el camino para sanar su situación irregular.

Un/a divorciado/a que convive o que se ha casado por lo civil puede intentar pedir al competente Tribunal Eclesiástico la declaración de nulidad del anterior matrimonio religioso suyo o de ambos. Se trata de tener un poco de buena voluntad y mucha paciencia.

Una persona libre que convive con otra, también libre, puede iniciar los trámites para la celebración del matrimonio religioso. Lo mismo ha de decirse de dos personas libres que se han casado sólo por lo civil.


Los homosexuales

Los homosexuales y todos aquéllos que tienen tendencias hacia anomalías sexuales constituyen una particular categoría de penitentes hacia quienes el confesor tiene que tener respeto, compasión y delicadeza, como para con todos. Al respecto, hay que evitar cualquier forma de injusta discriminación. Muy a menudo esas anomalías no dependen de los individuos, sino de la naturaleza humana recibida en suerte y revelan un fondo patológico especialmente en las formas más graves que conducen a perversiones sexuales. Como todos los demás fieles normales, ellos tienen que llevar la cruz de su concupiscencia, luchar en contra del mal para mantenerse castos y conquistar el Reino de los Cielos (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, "La solicitud pastoral de las personas homosexuales", 1986; C.E.C 2357-2359).

El confesor debe usar bondad, caridad y comprensión hacia estos penitentes e indicarles los medios ordinarios naturales y sobrenaturales (especialmente la confesión frecuente), para que puedan vencer las tentaciones, evitando de manera particular las ocasiones próximas de pecado). Para la absolución, el confesor de tener en cuenta las reglas generales y pastoralmente los ayudará a profundizar y a vivir más intensamente su vida espiritual, donde encontrarán la fuerza para superar sus dificultades.


Penitentes que no se confiesan desde hace tiempo

Cuando acude a confesarse alguien que no se confiesa desde hace mucho tiempo, ante todo el sacerdote no ha de asombrarse, sino que con caridad y paciencia, empiece a dialogar preguntando el porqué de su decisión a confesarse justamente ese día. De las respuestas logrará entender si el penitente se siente impulsado por una verdadera conversión, o si pretende cumplir con una ceremonia piadosa con ocasión de una circunstancia particular: el matrimonio, la muerte de un ser querido, la primera Comunión o Confirmación del hijo, sus bodas de plata, etc.

Si el Confesor se percata de que el penitente tiene serias intenciones, pregunte si desea empezar la acusación de los pecados o si prefiere que le ayude. Si por el conjunto de la acusación de los pecados el confesor piensa que la confesión no ha sido total y completa, por deber de caridad ha de tratar que se complete planteando las preguntas que considere más oportunas.

Por último, es bueno que ayude al penitente a que se prepare al dolor y al propósito de enmienda, poniendo una penitencia mayor, por el tiempo transcurrido sin acercarse al Sacramento de la Reconciliación como exhortándolo a confesarse más a menudo.

Casos particulares Muy a menudo se acercan al confesionario enfermos psíquicos, personas psicológicamente agotadas, deprimidas, etc. Con estas personas el confesor ha de tener mucha bondad y, sobre todo, tiene que armarse de una santa paciencia, recordando que a veces se acercan a la confesión más para escuchar una palabra de consuelo que para recibir un sacramento. Es difícil establecer el grado de responsabilidad de estos enfermos, y en estos casos es preciso tener presente la relación enfermedad psíquica-pecado: para que haya un verdadero pecado mortal no basta la materia grave, sino que se requiere, sobre todo, la plena advertencia y el deliberado consentimiento, elementos indispensables que, muy a menudo, faltan del todo o están presentes a medias. El confesor preste atención en no ver como endemoniados a ciertos sujetos que en realidad otra cosa no son sino casos patológicos, necesitados de tratamientos psíquicos o psiquiátricos.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis precedentes hemos reflexionado sobre los tres primeros dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia y consejo. Hoy pensemos en lo que hace el Señor: Él viene siempre a sostenernos en nuestra debilidad y esto lo hace con un don especial: el don de fortaleza.

Hay una parábola, relatada por Jesús, que nos ayuda a captar la importancia de este don. Un sembrador salió a sembrar; sin embargo, no toda la semilla que esparció dio fruto. Lo que cayó al borde del camino se lo comieron los pájaros; lo que cayó en terreno pedregoso o entre abrojos brotó, pero inmediatamente lo abrasó el sol o lo ahogaron las espinas. Sólo lo que cayó en terreno bueno creció y dio fruto (cf. Mc 4, 3-9; Mt 13, 3-9; Lc 8, 4-8). Como Jesús mismo explica a sus discípulos, este sembrador representa al Padre, que esparce abundantemente la semilla de su Palabra. La semilla, sin embargo, se encuentra a menudo con la aridez de nuestro corazón, e incluso cuando es acogida corre el riesgo de permanecer estéril. Con el don de fortaleza, en cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos.

Hay también momentos difíciles y situaciones extremas en las que el don de fortaleza se manifiesta de modo extraordinario, ejemplar. Es el caso de quienes deben afrontar experiencias particularmente duras y dolorosas, que revolucionan su vida y la de sus seres queridos. La Iglesia resplandece por el testimonio de numerosos hermanos y hermanas que no dudaron en entregar la propia vida, con tal de permanecer fieles al Señor y a su Evangelio. También hoy no faltan cristianos que en muchas partes del mundo siguen celebrando y testimoniando su fe, con profunda convicción y serenidad, y resisten incluso cuando saben que ello puede comportar un precio muy alto. También nosotros, todos nosotros, conocemos gente que ha vivido situaciones difíciles, numerosos dolores. Pero, pensemos en esos hombres, en esas mujeres que tienen una vida difícil, que luchan por sacar adelante la familia, educar a los hijos: hacen todo esto porque está el espíritu de fortaleza que les ayuda. Cuántos hombres y mujeres —nosotros no conocemos sus nombres— que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe. Estos hermanos y hermanas nuestros son santos, santos en la cotidianidad, santos ocultos en medio de nosotros: tienen el don de fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, de madres, de hermanos, de hermanas, de ciudadanos. ¡Son muchos! Demos gracias al Señor por estos cristianos que viven una santidad oculta: es el Espíritu Santo que tienen dentro quien les conduce. Y nos hará bien pensar en esta gente: si ellos hacen todo esto, si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no? Y nos hará bien también pedir al Señor que nos dé el don de fortaleza.

No hay que pensar que el don de fortaleza es necesario sólo en algunas ocasiones o situaciones especiales. Este don debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, en el ritmo ordinario de nuestra vida cotidiana. Como he dicho, todos los días de la vida cotidiana debemos ser fuertes, necesitamos esta fortaleza para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia, nuestra fe. El apóstol Pablo dijo una frase que nos hará bien escuchar: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Cuando afrontamos la vida ordinaria, cuando llegan las dificultades, recordemos esto: «Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza». El Señor da la fuerza, siempre, no permite que nos falte. El Señor no nos prueba más de lo que nosotros podemos tolerar. Él está siempre con nosotros. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».

Queridos amigos, a veces podemos ser tentados de dejarnos llevar por la pereza o, peor aún, por el desaliento, sobre todo ante las fatigas y las pruebas de la vida. En estos casos, no nos desanimemos, invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de fortaleza dirija nuestro corazón y comunique nueva fuerza y entusiasmo a nuestra vida y a nuestro seguimiento de Jesús.

Autor: SS Papa Francisco | Fuente: vatican.va

lunes, 25 de mayo de 2015

Consejos para la confesión




El objetivo de este artículo es tratar de examinar el correcto comportamiento y la mejor actitud que el confesor debe adoptar con algunas categorías de penitentes. Parece oportuno considerar a dichas categorías por separado, ya que necesitan de un tratamiento particular, por las delicadas circunstancias en las que viven. Son las siguientes:


Los niños y adolescentes

El confesor ha de tratar de acoger a los niños y adolescentes con la sonrisa en los labios y con un comportamiento benévolo para entrar en un clima de confianza.

Ha de usar palabras sencillas y fáciles, accesibles a su edad y si se sirve de algún término difícil, relativo a la confesión o a la verdad de la fe, hay que explicarlo.

Es bueno que ayude a los niños y adolescentes a acusarse de los pecados que acostumbran cometer y, si lo considera oportuno, pregunte si han cometido otro pecado grave o leve.

Hay que ser muy prudente en plantear preguntas en el campo de la pureza: se ha de tocar el tema solamente si se encuentra en lo dicho motivos y, de hacerlo, ha de ser en términos muy genéricos. Para entrar en cosas particulares se debe cerciorar de que el penitente es capaz de comprenderlos y, si lo considera oportuno, se pueden dar las primeras explicaciones sobre el sexo.

Terminar preparando al penitente al dolor y al propósito de enmienda, y exhortarlo a confesarse frecuentemente.



Los divorciados

Entre los casos difíciles de una particular categoría de penitentes se encuentran los divorciados, a los que se añaden los casados sólo civilmente y los que conviven (cf. C.E.C. 1650-1651 y 2386-2391).

En estos casos, el confesor no debe inmediatamente y siempre negar la absolución, sino que antes ha de ponderar con sumo cuidado la situación del individuo, tratando de ser lo más comprensivo posible, aunque siempre en los límites fijados por las enseñanzas de la Iglesia.

Los penitentes que desean vivir en la gracia de Dios y no pueden separarse de la compañera/o por deberes naturales surgidos después de la unión (edad avanzada o enfermedad de uno o sendos, la presencia de hijos necesitados de ayuda y de educación), podrán acercarse a la Santa Comunión si realmente se arrepienten de sus pecados y tienen el firme propósito de evitarlos en el futuro, viviendo con la compañera/el compañero como hermano y hermana.

Si recaen en el pecado, deben volver a confesarse, con las debidas disposiciones de espíritu.

¿Acaso no es éste también el comportamiento con los casados que muy a menudo cumplen el acto conyugal evitando la concepción? Así como es posible dar la absolución a éstos últimos -aunque reincidentes, pero siempre que tengan un verdadero arrepentimiento y un firme propósito, e invitándolos a confesarse de nuevo si siguen pecando- es posible hacerlo con los divorciados:

En la medida de lo posible, el confesor enseñe a estos penitentes el deber y el camino para sanar su situación irregular.

Un/a divorciado/a que convive o que se ha casado por lo civil puede intentar pedir al competente Tribunal Eclesiástico la declaración de nulidad del anterior matrimonio religioso suyo o de ambos. Se trata de tener un poco de buena voluntad y mucha paciencia.

Una persona libre que convive con otra, también libre, puede iniciar los trámites para la celebración del matrimonio religioso. Lo mismo ha de decirse de dos personas libres que se han casado sólo por lo civil.



Los homosexuales

Los homosexuales y todos aquéllos que tienen tendencias hacia anomalías sexuales constituyen una particular categoría de penitentes hacia quienes el confesor tiene que tener respeto, compasión y delicadeza, como para con todos. Al respecto, hay que evitar cualquier forma de injusta discriminación. Muy a menudo esas anomalías no dependen de los individuos, sino de la naturaleza humana recibida en suerte y revelan un fondo patológico especialmente en las formas más graves que conducen a perversiones sexuales. Como todos los demás fieles normales, ellos tienen que llevar la cruz de su concupiscencia, luchar en contra del mal para mantenerse castos y conquistar el Reino de los Cielos (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, "La solicitud pastoral de las personas homosexuales", 1986; C.E.C 2357-2359).

El confesor debe usar bondad, caridad y comprensión hacia estos penitentes e indicarles los medios ordinarios naturales y sobrenaturales (especialmente la confesión frecuente), para que puedan vencer las tentaciones, evitando de manera particular las ocasiones próximas de pecado). Para la absolución, el confesor de tener en cuenta las reglas generales y pastoralmente los ayudará a profundizar y a vivir más intensamente su vida espiritual, donde encontrarán la fuerza para superar sus dificultades.



Penitentes que no se confiesan desde hace tiempo

Cuando acude a confesarse alguien que no se confiesa desde hace mucho tiempo, ante todo el sacerdote no ha de asombrarse, sino que con caridad y paciencia, empiece a dialogar preguntando el porqué de su decisión a confesarse justamente ese día. De las respuestas logrará entender si el penitente se siente impulsado por una verdadera conversión, o si pretende cumplir con una ceremonia piadosa con ocasión de una circunstancia particular: el matrimonio, la muerte de un ser querido, la primera Comunión o Confirmación del hijo, sus bodas de plata, etc.

Si el Confesor se percata de que el penitente tiene serias intenciones, pregunte si desea empezar la acusación de los pecados o si prefiere que le ayude. Si por el conjunto de la acusación de los pecados el confesor piensa que la confesión no ha sido total y completa, por deber de caridad ha de tratar que se complete planteando las preguntas que considere más oportunas.

Por último, es bueno que ayude al penitente a que se prepare al dolor y al propósito de enmienda, poniendo una penitencia mayor, por el tiempo transcurrido sin acercarse al Sacramento de la Reconciliación como exhortándolo a confesarse más a menudo.

Casos particulares Muy a menudo se acercan al confesionario enfermos psíquicos, personas psicológicamente agotadas, deprimidas, etc. Con estas personas el confesor ha de tener mucha bondad y, sobre todo, tiene que armarse de una santa paciencia, recordando que a veces se acercan a la confesión más para escuchar una palabra de consuelo que para recibir un sacramento. Es difícil establecer el grado de responsabilidad de estos enfermos, y en estos casos es preciso tener presente la relación enfermedad psíquica-pecado: para que haya un verdadero pecado mortal no basta la materia grave, sino que se requiere, sobre todo, la plena advertencia y el deliberado consentimiento, elementos indispensables que, muy a menudo, faltan del todo o están presentes a medias. El confesor preste atención en no ver como endemoniados a ciertos sujetos que en realidad otra cosa no son sino casos patológicos, necesitados de tratamientos psíquicos o psiquiátricos.



Las personas escrupulosas

Con las personas escrupulosas el confesor ha de usar el método de una gran firmeza y tratar de atenerse a lo siguiente:

- el escrupuloso tiene que obedecer sumamente al confesor

- el escrúpulo mayor ha de ser para él el no obedecer al confesor

- en la medida de lo posible, es oportuno que el escrupuloso no se confiese con varios confesores, sino siempre con el mismo, y éste puede ser también su padre espiritual

- el confesor debe dar al escrupuloso unas reglas generales, claras y precisas y sin ambigüedades

- en lo relativo a las confesiones del pasado, que el sacerdote enseñe al escrupuloso la obligación a repetirlas solamente en caso de que el penitente esté seguro, como para poderlo jurar, que en su pasado no ha confesado por vergüenza uno o más pecados graves muy ciertos o si no ha tenido el dolor o el propósito de los pecados graves. Si alimenta unas dudas al respecto, no ha de pensar en absoluto en el pasado. Cuando se va a confesar, tiene que renovar el dolor y el propósito de todos los pecados de la vida y así, si algún pecado no ha sido perdonado directamente, se borraría en ese momento. El confesor dé la absolución sacramental al escrupuloso solamente una vez por semana, de no ser que haya cometido un pecado grave del que se tiene plena certeza. El confesor mantenga con el escrupuloso un comportamiento más bien severo, especialmente cuando no obedece.

El confesor enseñe al escrupuloso que para cometer un pecado mortal se necesitan tres elementos: materia grave, plena advertencia, deliberado consentimiento. Es muy difícil que una persona escrupulosa cometa un pecado mortal, porque muy a menudo falta en él la plena advertencia y el deliberado consentimiento. En efecto falta en él aquel equilibrio psíquico necesario para dar un juicio recto a sus propias acciones y, por consiguiente, no puede haber plena advertencia y deliberado consentimiento necesarios para cometer el pecado mortal. Es preciso recordar que muy a menudo el escrúpulo es una enfermedad psíquica que ha de curarse.



Los consuetudinarios y reincidentes

Los consuetudinarios son las personas que han contraído un hábito en un determinado vicio y durante un período más bien largo, caen varias veces en el mismo pecado, sin que entre las caídas haya un largo intervalo. Los reincidentes son los que han recaído en el mismo pecado, sin alguna enmienda, tras varias confesiones.

El confesor puede absolver siempre a los consuetudinarios como a los reincidentes, con tal de que se dé en ellos la verdadera contrición y el firme propósito de enmienda, aunque prevean otras recaídas en el futuro, ya que por lo general no son pecados de malicia, sino de fragilidad y de debilidad. Hay que tener presente que el dolor y el propósito se desarrollan en la voluntad y no en el intelecto, que no influye en absoluto. En efecto, nadie tendría que irse a confesar, porque todos prevemos que en el futuro vamos a recaer en los mismos pecados o en otros. Esto vale también para los pecados veniales, en los que se cae a menudo, y que se acusan en casi todas las confesiones sacramentales. Ya que no estamos obligados a confesar los pecados veniales, hay que luchar en contra de uno o dos en los que se cae más a menudo: confesar estos pecados, de los que hay que tener verdadero dolor y firme propósito, porque aquel que confiesa a sabiendas y con ligereza sólo faltas leves, sin sentir el verdadero dolor y sin tener el firme propósito de no recaer en ellas, comete un pecado grave de sacrilegio, al invalidar el sacramento. Por consiguiente, el confesor intente ayudar al penitente para que tenga el dolor, y haga el propósito, de por lo menos un pecado venial.

El confesor ha de prestar una atención particular hacia los jóvenes consuetudinarios y reincidentes que se preparan a la vida religiosa y sacerdotal. Los candidatos que resultaran incapaces de observar la castidad religiosa y sacerdotal por la frecuencia de faltas en contra de la misma, o por la fuerte inclinación hacia la sexualidad, o por una excesiva debilidad de la voluntad, pueden ser absueltos solamente si prometen que no aceptarán emitir la profesión religiosa o recibir las órdenes sacerdotales, o por lo menos posponerlos para un cierto período de prueba. En efecto, la incapacidad de observar la castidad es una clara señal de que el candidato no tiene vocación.

Cuanto se ha señalado constituye el pensamiento constante del Magisterio ordinario de la Iglesia, expresado sobre todo en los siguientes documentos:

- S.C. De Sacramentis, Instructio, 27 diciembre 1930

- S.C. De Religiosis, Instructio, 1 diciembre 1931

- Pío XI, Ad Catholici Sacerdotii, 20 diciembre 1935

- Pío XII, Menti Nostrae, 23 septiembre 1950
S.C. Dei religiosi, Istruzione, 2 febrero 1961

- Pablo VI, Sacerdotalis Caelibatus, 24 junio 1967

El padre Marchioro pertenece a la Orden de los Franciscanos Conventuales

Autor: P. Raimondo Marchioro | Fuente: Sacerdos.org

domingo, 24 de mayo de 2015

20 consejos del Padre Pío para los que están sufriendo





Cada cierto tiempo Dios envía a nuestro mundo algunos hombres extraordinarios que hacen de puente entre la tierra y el cielo, y ayudan a que miles de hombres puedan gozar del Paraíso eterno. El siglo XX nos dejó uno especialmente singular: el Padre Pío de Pietrelcina, un religioso capuchino nacido en ese pequeño pueblo del sur de Italia y muerto en 1968 en San Giovanni Rotondo. San Juan Pablo II lo elevó a los altares en 2002 en una canonización que batió todos los récords de asistencia. Hoy se puede decir que es el santo más venerado en Italia.

El Padre Pío recibió unos dones especiales por parte de Dios como el discernimiento de las almas y su capacidad para leer las conciencias; curaciones milagrosas; la bilocación; el don de lágrimas; el perfume a rosas que desprendía y, sobre todo, los estigmas en pies, manos y costado que padeció durante 50 años.

A lo largo de su vida escribió miles de cartas a sus dirigidos espirituales que son una fuente de sabiduría cristiana práctica y de gran actualidad.



Pensamientos para afrontar el sufrimiento

ReL ofrece a sus lectores esta pequeña selección de pensamientos del Padre Pío ante el sufrimiento, extraídos, precisamente, de esas cartas. No tienen desperdicio. Dan esperanza y elevan el alma:

1.-  "Si puedes hablar al Señor en la oración, háblale, ofrécele tu alabanza; si por mucho cansancio no puedes hablar, no te disgustes en los caminos del Señor. Detenté en la habitación como los servidores en la corte y hazle reverencia. El te verá, le gustará tu presencia, favorecerá tu silencio y en otro momento encontrarás consuelo cuando él te tome de la mano”.

2.- "Cuanta más amargura tengas, más amor recibirás”.

3.- "Jesús quiere llenar todo tu Corazón”.

4.- "Dios quiere que vuestra incapacidad sea la sede de su omnipotencia”.

5. - "La fe es la antorcha que guía los pasos de los espíritus desolados".

6.- "En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de la inagotable misericordia de Dios”.

7.- "Ponga toda la confianza sólo en Dios”.

8.- "El mejor consuelo es el que viene de la oración”.

9.- "No temas por nada. Al contrario, considérate muy afortunado por haber sido hecho digno y participe de los dolores del Hombre-Dios”.

10.- "Dios os deja en esas tinieblas para su gloria; aquí está la gran oportunidad de vuestro progreso espiritual”.

11.- "Las tinieblas que a veces oscurecen el cielo de vuestras almas son luz: por ellas, cuando llegan, os creéis en la oscuridad y tenéis la impresión de encontraros en medio de un zarzal ardiendo. En efecto, cuando las zarzas arden, todo alrededor es una nubarrada y el espíritu desorientado teme no ver ni comprender ya nada. Pero entonces Dios habla y se hace presente al alma, que vislumbra, entiende, ama y tiembla”.



12.- "Jesús mío, es el amor que me sostiene”.

13.- "La felicidad sólo se encuentra en el cielo”.

14.- "Cuando os veáis despreciados, haced como el Martín Pescador que construye su nido en los mástiles de las naves es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba”.

15.- "Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del demonio tanto más cerca del alma está Dios".

16.- "Bendice el Señor por el sufrimiento y acepta beber el cáliz de Getsemani”.

17.- "Sé capaz de soportar las amarguras durante toda tu vida para poder participar de los sufrimientos de Cristo”.

18.- "El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria”.

19.- "Recuerda que no se vence en la batalla si no es por la oración; a ti te corresponde la elección”.

20.- "La oración es la mejor arma que tenemos; es una llave que abre el corazón de Dios”.

Artículo originalmente publicado por Religión en Libertad