martes, 19 de mayo de 2015

¿Quién fue el papa San Pío X?



I. Breve biografía

Nacido en una familia pobre, humilde y numerosa, Giuseppe Melchiorre Sarto vino al mundo el 2 de junio de 1835 en Riese, Italia. Desde pequeño se mostró muy afanoso para los estudios, siendo esa inquietud la que le llevaría a aprovechar muy bien la enseñanza del catecismo. Por entonces, y desde que ayudaba al párroco como monaguillo, el travieso "Beppi" ya les decía a sus padres una frase que reiteraría con frecuencia: «quiero ser sacerdote». Con el tiempo este deseo que experimentó desde niño no haría más que afianzarse y madurar en un ardiente anhelo de responder al prístino llamado del Señor.

Así pues, en 1850 ingresaba al seminario de Padua, para ser ordenado sacerdote del Señor el 18 de setiembre de 1858. Su primera labor pastoral la realizó en la parroquia de Tómbolo-Salzano, distinguiéndose —además de su gran caridad para con los necesitados— por sus ardorosas prédicas. Por ellas el padre Giuseppe atraía a muchas "ovejas descarriadas" hacia el rebaño del Señor. Sus oyentes percibían el especial ardor de su corazón cuando hablaba de la Eucaristía, o la delicadeza y ternura cuando hablaba de la Virgen Madre, o recibían también sus paternales correcciones cuando se veía en la obligación de reprender con firmeza ciertas faltas o errores que deformaban la vida de caridad que debían llevar entre sí.

Ya desde el inicio de su sacerdocio Giuseppe daba muestras de ser un verdadero hombre de Dios. El fuerte deseo de hacer del Señor Jesús el centro de su propia vida y de la de aquellos que habían sido puestos bajo su cuidado pastoral, le llevaba a darlo todo y darse todo él a los demás. Ningún sacrificio era muy grande para él cuando la caridad así se lo requería.

Luego de trabajar en Treviso (1875 a 1884) como canciller y como director espiritual del seminario, el padre Sarto sería ordenado Obispo para la diócesis de Mantua. Como Obispo se distinguiría también —y de modo ejemplar— por la práctica de la caridad.

En 1893, León XIII le concedió el capelo cardenalicio y lo trasladó a Venecia. Al igual que en Tómbolo-Salzano, en Treviso y en Mantua luego, el ahora Patriarca de Venecia daría muestras de ser un celoso pastor y laborioso "jornalero" en la viña del Señor. En ningún momento cambió su modo de ser: siempre sencillo, siempre muy humilde, siempre ejemplar en cuanto a la caridad. Es más, a mayor "dignidad" dentro de la Iglesia (primero como obispo, luego como cardenal), mayor era el celo con el que se esmeraba en la práctica de las virtudes cristianas, especialmente en el humilde servicio para con quienes necesitasen —de una o de otra forma— de su pastoral caridad.

Al tránsito de S.S. León XIII, acaecido el 20 de julio de 1903, el Cardenal Giuseppe Sarto sería el nuevo elegido por el Espíritu Santo para guiar la barca de Pedro.



II. Su pontificado

Cuentan los hagiógrafos que, cuando al tercer día de Cónclave ninguno de los Cardenales alcanzaba aún la mayoría necesaria para su elección, el Cardenal Sarto hizo lo imposible —dicen que lloraba como un niño— por disuadir a los Cardenales electores de que no le tomasen en cuenta, cuando cada vez más miradas empezaron a volverse hacia este sencillo "Cardenal rural" (como le gustaba decir de sí mismo). Así pues, repentinamente lo imprevisto e inesperado —¡para él y para todos!— comenzaba a vislumbrarse en el horizonte: la posibilidad —para él "el peligro"— de ser él el elegido para suceder a León XIII en la Cátedra de Pedro.

Muchos, incluso aquellos que hasta entonces no le habían conocido aún muy bien, comprendieron que detrás de la sencillez y sincera humildad de este hombre —que tanto se negaba a la posibilidad por sentirse tan indigno— se hallaba una enorme potencia sobrenatural, así que, dóciles a las mociones del Espíritu divino, terminaron dándole a él su voto.

El Cardenal Sarto, luego de esta votación, se supo incuestionablemente llamado y elegido por Dios mismo: con docilidad, aceptó su evidente designio —expresado por la votación del colegio Cardenalicio reunido en Cónclave—, y pronunció estas palabras: «Acepto el Pontificado como una cruz. Y porque los Papas que han sufrido por la Iglesia en los últimos tiempos se llamaron Pío, escojo este nombre».

Al pronunciar su "sí", lleno de la humilde consciencia de su propia pequeñez e insignificancia, el Cardenal Giuseppe Sarto respondía decidida y fielmente al llamado que Dios le hacía. Desde ahora, como Papa, su vida estaría plenamente asociada al sacrificio del Señor en la Cruz, y él —asociándose amorosamente a su Cruz— manifestaba su total disposición para servir y guiar al rebaño del Señor hacia los pastos abundantes de la Vida verdadera. Su más hondo anhelo, aquél que como un fuego abrasaba su corazón, quedaría expresado en la frase-consigna de instaurarlo todo en Cristo: «¡Omnia instaurare in Christo!». Ése era el celo que consumía su corazón, celo que le impulsaba a querer «llevar todo el mundo al Señor». Con este fuego interior buscaría, pues, avivar también el ardor de muchos de los corazones de los hijos e hijas de la Iglesia, para, de este modo, llevar la luz y el calor del Señor al mundo entero.


Programa Pontificio

Su "programa pontificio" no buscaba ser otro que el del Buen Pastor: empeñado seriamente en alimentar, guiar y custodiar al humano rebaño que el Señor le encomendaba, así como buscar a las ovejas perdidas para atraerlas hacia el redil de Cristo.

En este sentido su primera encíclica nos da una muy clara idea de lo que el santo Papa buscaría desarrollar a lo largo de todo su pontificado:

E supremi apostolatus cathedra... eran las primeras palabras de esta "encíclica programática", en la que comenzaba compartiendo los temores que le acometieron ante la posibilidad de ser elegido como el próximo timonel de la Barca de Pedro. El no se consideraba sino un indigno sucesor de un Pontífice que 26 años había gobernado a la Iglesia con extraordinaria sabiduría, prudencia y pastoral solicitud: S.S. León XIII.

Una vez elegido, no le cabía duda alguna de que el Señor le pedía a él sostener firmemente el timón de la barca de Pedro, en medio de una época que se presentaba como muy difícil. En la mencionada encíclica su diagnóstico aparecerá muy preciso y certero: «Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de Él en el ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras consecuencias de esa postura».

Considerando estas cosas, el Santo Padre lanza entonces su programa. En él recuerda a todos, como hombre de Dios que es, que su misión es sobre todo la de apacentar el rebaño de Cristo y la de hacer que todos los hombres se vuelvan al Señor, en quien se encuentra el único principio válido para todo proyecto de convivencia social, ya que Él, en última instancia, es el único principio de vida y reconciliación para el mismo ser humano. Sentada esta sólida base, proclamó nuevamente en esta encíclica la santidad del matrimonio, alentó a la educación cristiana de los niños, exigió la justicia de las relaciones sociales, hizo recordar su responsabilidad de servicio a quienes gobiernan, etc.

La fuerza con la que S.S. Pío X quería contar para esta monumental tarea de instaurarlo todo en Cristo era la fuerza de la santidad de la Iglesia, que debía brillar en cada uno de sus miembros. Por eso llamó a ser colaboradores suyos, en primer término, a los hermanos en el sacerdocio: sobre todo en ellos —por ser "otros Cristos"— debía resplandecer fulgurante la llama de la santidad. Llamados a servir al Señor con una inefable vocación, habían de ser ellos los primeros en llenarse de la fuerza del Espíritu divino, pues "nadie da lo que no tiene", ¿y cómo podrían ellos, los especialmente elegidos para esa misión, instaurarlo todo en Cristo si no era el suyo un corazón como el corazón sacerdotal del Señor Jesús, ardiente en el amor y en la caridad para con los hermanos? Sólo con una vida santa podrían sus sacerdotes ser portadores de la Buena Nueva del Señor Jesús para todo su Pueblo santo.

Recordará entonces que es competencia de los Obispos, como principales y últimos responsables, el formar este clero santo. ¡Este era un asunto de la mayor importancia!, y por ello los seminarios debían ser para sus Obispos como "la niña de sus ojos": ellos deben mostrar un juicio certero para aceptar solamente a quienes serán aptos para cumplir con perpetua fidelidad las exigencias de la vocación sacerdotal; han de brindarles una preparación intelectual seria; han de educar a sus sacerdotes para que su prédica constituya un verdadero alimento para los feligreses, y para que sean capaces de llevar adelante una catequesis seria para alejar la ignorancia religiosa de los hijos de la Iglesia; han de enseñarles —con el ejemplo— a vivir una caridad pastoral sin límites; han de educarlos en el amor a una observante disciplina; y como fundamento de todo, han de habituarlos a llevar una sólida y profunda vida espiritual.

El Santo Padre, para esta gran tarea de renovación en Cristo, fijó sus ojos asimismo en los seglares comprometidos: siempre fieles a sus obispos, los exhortaba a trabajar por los intereses de la Iglesia, a ser para todos un ejemplo de vida santa llevada en medio de sus cotidianos afanes.


Un impulso renovador

La fuerte preocupación del Papa por la santidad de todos los miembros de la Iglesia es lo que le llevaría a impulsar algunas reformas al interior de la misma.


El clero. Ya hemos hablado de la honda preocupación que sentía el Santo Pontífice por la santidad de los sacerdotes. Él mismo, con el ejemplo, se esforzó porque los clérigos cumpliesen cuidadosamente con las obligaciones propias de su estado, respondiendo de la mejor manera posible al don recibido de lo Alto, por la imposición de manos del Obispo. El sentido del deber y el ardiente amor al Señor debían llevarles a asumir con radical amor y fidelidad sus responsabilidades, y ése precisamente era el testimonio que él mismo daba a los clérigos. A esta preocupación se debió la reforma de los seminarios, así como la institución de numerosas bibliotecas eclesiásticas.

Música sagrada y liturgia. Es conocido el gran amor por la música sagrada que desde niño acompañaba al Santo Padre, cosa que se manifestó también inmediatamente en su pontificado: famoso es el Motu proprio que firmaba ya a los tres meses de su elección. En él daba a conocer algunas normas que renovaban la música eclesiástica. Su Santidad Pío X promovió, asimismo, la reforma de la liturgia de las horas.

El "Papa de la Eucaristía". Su gran amor a la Eucaristía y la conciencia del valor de la Presencia Real del Señor Jesús en el Santísimo Sacramento le llevaron a permitir la comunión diaria a todos los fieles, así como a cambiar la costumbre de la primera comunión: en adelante los niños podría recibir el Santísimo Sacramento cuando tuviesen ya uso de razón, a partir de los 7 años.

En 1905 la Sagrada Congregación del Concilio abría las puertas a la Comunión frecuente. La razón de esta disposición, promovida por el Santo Padre, la encontramos en estas palabras: «La finalidad primera de la Santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni que el Sacramento sea premio a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la Comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, para purificarse de los pecados cotidianos y para evitar tantas caídas a que está sujeta la fragilidad humana».

El Catecismo de San Pío X. Cuando niño Guiseppe había experimentado el gran beneficio de nutrir la fe —por medio de una buena enseñanza del catecismo— con las verdades reveladas y confiadas a la Iglesia para su custodia e interpretación. Sólo de este modo la persona, encendido el corazón en la verdad divina, podría vivir de acuerdo a ella en su vida cotidiana. Así, pues, como sacerdote, como obispo y luego como Papa, hizo todo lo posible por impulsar la enseñanza del Catecismo y por mantener la pureza de la doctrina. Bien sabía el Santo Padre que apartar la ignorancia religiosa era el inicio del camino para recuperar la fe que en muchos se iba debilitando y perdiendo incluso.

Siempre apacentando la grey del Señor y velando por la pureza de la doctrina cristiana, S.S. San Pío X debió actuar con firmeza ante el modernismo. Importante en este sentido es la publicación del decreto Lamentabili (julio de 1907) por el que condenaba numerosas tesis exegéticas y dogmáticas —influenciadas por aquella herejía de moda—, y su encíclica Pascendi (setiembre de 1907) por la que condenaba otras tesis modernistas.

Un nuevo Código de Derecho Canónico. Cuando era obispo en Mantua, mons. Sarto ya se había manifestado como un jurista de peso. Por entonces publicó diversos artículos sobre la materia. En Venecia, como Patriarca, fundó en aquella diócesis una Facultad de Derecho. Elegido Papa, vio la necesidad y conveniencia de elaborar una nueva codificación de las leyes canónicas, adecuada a las circunstancias concretas que por entonces se vivían. Esta labor monumental, a la que daría impulso a pocos meses de iniciado su pontificado, hallaría su culminación recién el año 1917, bajo el pontificado de S.S. Benedicto XV.

Empuje misionero. Su gran celo por difundir el Evangelio de Jesucristo a los que aún no lo conocían le llevó a dar un gran impulso a la actividad misionera de la Iglesia. En esta misma línea, incentivó la formación de seminarios regionales.

Otras iniciativas. Entre otras iniciativas el Papa Pío X impulsó una reforma de la curia romana, encomendó la revisión de la Vulgata a los benedictinos (1907), fundó el Pontificio Instituto Bíblico en Roma (1909) y dio inicio a la publicación de la llamada Acta Apostolicae Sedis (1909), que aún hoy es la publicación oficial que trae los documentos pontificios.


Firmeza en la persecución

Durante su pontificado se consuma en Francia (1905) la separación de Iglesia y Estado. Éste sería un capítulo muy doloroso para el Santo Padre. Sin transigir en lo más mínimo ante las presiones de un Estado que quería subyugar a la Iglesia de Cristo, alentó a sus pastores y demás fieles franceses a no temer ser despojados de todos sus bienes y derechos. El Papa sufrió mucho por esta nueva persecución desatada contra la "hija predilecta", la Iglesia de Francia, y se conmovió hondamente por la respuesta de fiel adhesión de los obispos.

Años después aquél mal ejemplo sería seguido: en España (1910) y en Portugal (1911) también se daría la definitiva separación entre la Iglesia y el Estado.


Propulsor de la paz ante los sucesos mundiales

S.S. San Pío X anhelaba la paz mundial, y sabía que sólo en Cristo ésta podía ser verdadera y duradera. Fue su más ardiente deseo el ayudar a evitar la primera gran guerra europea, que él veía venir con tanta claridad: mucho tiempo atrás, había predicho que estallaría en 1914. «Gustoso daría mi vida, si con ello pudiera conseguir la paz en Europa», había manifestado en una oportunidad.

El 2 de agosto de 1914, ante el inminente estallido de la guerra, el Santo Padre instaba —en un escrito dirigido a los católicos de todo el mundo, y como un último y denodado esfuerzo por obtener el don de la paz— a poner los ojos en Cristo el Señor, Príncipe de la Paz, y a suplicarle insistentemente por la paz mundial.


Ejemplo de virtudes

Humilde, muy humilde era aquel Papa que en su "Testamento espiritual" dejaría escrito a sus hijos e hijas: «Nací pobre, he vivido pobre, muero pobre». Se trataba, ciertamente, de una pobreza que iba más allá de lo puramente material: Giuseppe Sarto, dentro de los designios Divinos elegido sucesor de Pedro para gobernar la Iglesia del Señor, jamás se aferró a seguridad humana alguna, viviendo el desprendimiento en grado heroico, apoyado siempre en una total confianza en la Providencia divina.

A no pocos edificó su admirable testimonio de caridad y de amor al prójimo. Cuando a su puerta tocaba alguien que necesitaba de su ayuda, renunciaba incluso a lo que él necesitaba para alimentarse: su magnanimidad no tenía límites.

Sobrio y frugal en las comidas; amante de la limpieza y del orden; sencillo en sus vestidos; para nada amigo de recibir aplausos: así se mostró siempre Guiseppe, primero como presbítero, luego como Obispo y Cardenal, y también como Sucesor del Apóstol Pedro.


Modelo de un sacerdote dedicado al estudio y a la autoformación

Algunos sostienen que por la extrema modestia que mostraba se difundió la idea de que S.S. San Pío X, si bien era un hombre santo, era poco inteligente o no estaba muy bien preparado: hablaba siempre tan convencido de su propia insignificancia, de su falta de preparación, de su "condición rural", que muchos llegaron a tomarlo en serio. Sin embargo, la evidencia histórica muestra que la realidad estaba muy distante de aquella falsa idea.

El seminario de Padua conoció en Guiseppe a un joven bien dotado y muy aprovechado en los estudios: fue el más destacado alumno de su tiempo. Y si bien es cierto que a sus posteriores éxitos académicos —que también los tuvo— siguieron dieciocho años de intensa tarea pastoral, el Padre y luego Obispo Sarto nunca escatimó en recortar incluso algunas horas de descanso para dedicarlas al estudio: a costa de exigencia personal y disciplina jamás abandonó su propia formación, tan necesaria para nutrir su fe y para mejor poder responder a su misión de ser luz para los demás, maestro de la verdad. Los sermones, las conferencias, sus cartas pastorales, el mismo trato con las gentes, eran diversas ocasiones que le exigían gran dedicación en este importante asunto, y él así lo comprendió.

Además, dotado naturalmente con una insaciable curiosidad intelectual, ésta le llevaba a estudiar, escuchar, y buscar conocer. Años de formación en el silencio acompañaron su ministerio, iluminándolo, nutriéndolo, enriqueciéndolo, siempre abriéndole los horizontes para mejor conocer y comprender a aquellos a cuyos corazones quería acceder para iluminarlos con la verdad de Jesucristo, y ganarlos para Él.

En este sentido hay que añadir también que ya como Obispo y Cardenal era muy conocido por su versado manejo de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia.


Su amor a la Madre del Señor

Santa María estaba muy presente en el corazón de este Santo Papa: le gustaba llevar entre manos el santo Rosario. Diariamente visitaba la gruta de Lourdes, en los jardines Vaticanos. Interrumpía cualquier conversación para invitar a sus interlocutores al rezo del Angelus.

Como preparación inmediata para el acontecimiento del 50 aniversario de la proclamación de la Inmaculada Concepción publicó su encíclica Ad diem illum.


Un Papa elevado a los altares

Su tránsito a la Casa del Padre acaeció un 20 de agosto de 1914, poco antes del estallido de la llamada "primera guerra mundial". Muchos ya en vida, sin duda impresionados por esa personalidad serena con la que transparentaba el amor del Señor, y que él hacía tan concreto y cercano a todos, no dudaban en llamarlo "Papa santo". Con su característica sencillez y humildad, sin dejarse impresionar por tal calificativo, y haciendo uso de un juego de palabras, respondía con mucha naturalidad a quienes así lo llamaban que se equivocaban por una letra: «No "Papa santo" —decía él—, sino "Papa Sarto"».

Lo cierto es que a S.S. Pío X se le atribuyeron ya en vida muchos milagros. Asimismo, testimonios abundantes concordaban en afirmar que tenía el don de penetrar en lo más secreto de los corazones humanos, y de "ver" lo que en ellos había.

El 14 de febrero de 1923 se introducía su causa de beatificación, iniciándose un largo y exigente proceso que duraría hasta el 12 de febrero de 1951. En aquella fecha memorable el censor (quien hacía las veces de "fiscal") se hincaba a los pies de S.S. Pío XII para certificar que luego del rigurosísimo proceso podía pasarse a su beatificación, cuando Su Santidad así lo dispusiese. Estas fueron las emotivas palabras que, luego de su informe, pronunció el censor:

«Permitidme, pues, Beatísimo Padre, que, postrado humilde a sus pies, añada también mi petición, yo que procuré cumplir fielmente el cargo de censor que se me había encomendado; impulsado por la verdad, juzgo saludable y oportunísimo, y lo confieso abiertamente, que este ejemplo puesto auténticamente en el candelabro ilumine con el multiforme esplendor de sus virtudes no sólo a los fieles, sino también a los que viven en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y los atraiga y conduzca al reino de la verdad, de la unidad y de la paz».

S.S. Pío X fue elevado a los altares el 29 de Mayo de 1954, y de este modo, podemos decir, su ardiente deseo de instaurarlo todo en Cristo se prolonga, por su luminoso testimonio de vida y por su intercesión, por este y los siglos venideros.



III. Algunos de sus documentos más importantes
 

Tra le sollecitudini, Motu propio sobre la música sagrada (22 de noviembre de 1903).
 
Sacra tridentina Synodus, Decreto de la Sagrada Congregación del Santo Concilio soobre la Coomunión frecuente (20 de diciembre de 1905).
 
Lamentabili sine exitu, Decreto del Santo Oficio sobre los errores del modernismo, aprobado por el Papa (3 de julio de 1907).
 
Pascendi dominici gregis, Encíclica sobre las doctrinas de los modernistas (8 de setiembre de 1907).
 
Haerent animo, Constitución apostólica sobre la santidad del clero (4 de agosto de 1908).

Autor: P. Jürgen Daum | Fuente: www.newevang.org

lunes, 18 de mayo de 2015

Jesús nos muestra el camino del amor




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy  – Juan, capítulo 15 – nos vuelve a llevar al Cenáculo, donde escuchamos el mandamiento nuevo de Jesús. Dice así: “Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (v. 12). Y, pensando en el sacrificio de la cruz ya inminente, añade: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (vv.13-14).

Estas palabras, pronunciadas durante la última Cena, resumen todo el mensaje de Jesús; es más, resumen todo lo que Él ha hecho: Jesús ha dado la vida por sus amigos. Amigos que no lo habían comprendido, que en el momento crucial lo han abandonado, traicionado y renegado. Esto nos dice que Él nos ama aun no siendo merecedores de su amor: ¡así nos ama Jesús!

De este modo, Jesús nos muestra el camino para seguirlo, el camino del amor. Su mandamiento no es un simple precepto, que permanece siempre como algo abstracto o exterior a la vida. El mandamiento de Cristo es nuevo, porque Él, en primer lugar, lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor es escrita una vez para siempre en el corazón del hombre (Cfr. Jer 31,33). ¿Y cómo está escrita? Está escrita con el fuego del Espíritu Santo. Y con este mismo Espíritu, que Jesús nos da, ¡podemos caminar también nosotros por este camino!

Es un camino concreto, un camino que nos conduce a salir de nosotros mismo para ir hacia los demás. Jesús nos ha mostrado que el amor de Dios se realiza en el amor al prójimo. Ambos van juntos. Las páginas del Evangelio están llenas de este amor: adultos y niños, cultos e ignorantes, ricos y pobres, justos y pecadores han tenido acogida en el corazón de Cristo.

Por tanto, esta Palabra del Señor nos llama a amarnos unos a otros, incluso si no siempre nos entendemos, no siempre vamos de acuerdo… pero es precisamente allí donde se ve el amor cristiano. Un amor que también se manifiesta si existen diferencias de opinión o de carácter, ¡pero el amor es más grande que estas diferencias! Éste es el amor que nos ha enseñado Jesús. Es un amor nuevo porque ha sido renovado por Jesús y por su Espíritu. Es un amor redimido, liberado del egoísmo. Un amor que da la alegría a nuestro corazón, como dice el mismo Jesús: “Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto” (v.11).

Es precisamente el amor de Cristo, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones, el que realiza cada día prodigios en la Iglesia y en el mundo. Son tantos pequeños y grandes gestos que obedecen al mandamiento del Señor: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Cfr. Jn 15,12).

Gestos pequeños, de todos los días, gestos de cercanía a un anciano, a un niño, a un enfermo, a una persona sola y con dificultades, sin casa, sin trabajo, inmigrada, refugiada… Gracias a la fuerza de esta Palabra de Cristo, cada uno de nosotros puede estar cerca del hermano y de la hermana que encuentra. Gestos de cercanía, de proximidad. En estos gestos se manifiesta el amor que Cristo nos ha enseñado.

Que en esto nos ayude nuestra Madre Santísima, para que en la vida cotidiana de  cada uno de nosotros el amor de Dios y el amor del próximo estén siempre unidos.

Autor: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va

domingo, 17 de mayo de 2015

Nunca terminar la jornada sin hacer las paces




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy es como la puerta de ingreso de una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos. Sobre esta puerta de ingreso están escritas tres palabras, que he utilizado en la plaza diversas veces. Y estas palabras son: “permiso”, “gracias”, “perdón”. En efecto, estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras simples, ¡pero no así simples para poner en práctica! Encierran una gran fuerza; la fuerza de custodiar la casa, también a través de miles dificultades y pruebas; en cambio, su falta, poco a poco abre grietas que pueden hacerla incluso derrumbar.

Nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la “buena educación”. Está bien, una persona educada pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca. Está bien, pero la buena educación es muy importante. Un gran Obispo, san Francisco de Sales, solía decir que “la buena educación es ya media santidad”. Pero atención: en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que puede transformarse en máscara que esconde la aridez del alma y el desinterés por el otro. Se suele decir: “Detrás de tantas buenas maneras se esconden malas costumbres”. Ni siquiera la religión está protegida de este riesgo, que hace deslizar la observancia formal en la mundanidad espiritual. El diablo que tienta a Jesús ostenta buenas maneras – pero es realmente un señor, un caballero - y cita las Sagradas Escrituras, parece un teólogo. Su estilo parece correcto, pero su intención es aquella de desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros, en cambio, entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones está firmemente radicado en el amor del bien y en el respeto por el otro. La familia vive de esta fineza del quererse.

Veamos: la primera palabra es “¿permiso?” Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente también aquello que quizás pensamos que podemos pretender, nosotros ponemos una verdadera protección para el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, incluso cuando es parte de nuestra vida, necesita la delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto. La confianza, en fin, no autoriza a dar todo por cierto. Y el amor, mientras es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón. Con este propósito recordamos aquella palabra de Jesús en el libro del Apocalipsis, que hemos escuchado: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (3,20). Pero ¡también el Señor pide el permiso para entrar! No olvidémoslo. Antes de hacer una cosa en familia: “¿Permiso, puedo hacerlo?” “¿Te gusta que lo haga así?” Aquel lenguaje verdaderamente educado, pero lleno de amor. Y esto hace tanto bien a las familias.

La segunda palabra es “gracias”. Ciertas veces pensamos que estamos transformándonos en una civilización de los malos modales y de las malas palabras, como si fueran un signo de emancipación. Las escuchamos decir tantas veces también públicamente. La gentileza y la capacidad de agradecer son vistas como un signo de debilidad, a veces suscitan incluso desconfianza. Esta tendencia debe ser contrastada en el seno mismo de la familia. Debemos hacernos intransigentes sobre la educación a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan ambas por aquí. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, luego, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado la lengua de Dios.  ¡Escuchen bien eh! Un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado la lengua de Dios. ¡Es feo esto, eh! Recordemos la pregunta de Jesús, cuando curó a diez leprosos y sólo uno de ellos volvió a agradecer (cfr. Lc 17/18). Una vez escuché sobre una persona anciana, muy sabia, muy buena, simple, con aquella sabiduría de la piedad, de la vida...La gratitud es una planta que crece solamente en la tierra de las almas nobles. Aquella nobleza del alma, aquella gracia de Dios en el alma que empuja a decir: “Gracias a la gratitud”. Es la flor de un alma noble. Ésta es una bella cosa.

La tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil, cierto, sin embargo tan necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se ensanchan – también sin quererlo – hasta transformarse en fosos profundos. No para nada en la oración enseñada por Jesús, el “Padre Nuestro”, que resume todas las preguntas esenciales para nuestra vida, encontramos esta expresión: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6,12).

Reconocer de haber faltado y ser deseosos de restituir lo que se ha quitado – respeto, sinceridad, amor – nos hace dignos del perdón. Y así se detiene la infección. Si no somos capaces de disculparnos, quiere decir que ni siquiera somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas se vuelven estancadas. Tantas heridas de los afectos, tantas laceraciones en las familias comienzan con la perdida de esta palabra preciosa “discúlpame”. En la vida matrimonial se pelea tantas veces…también ¡“vuelan los platos” eh! Pero les doy un consejo: nunca terminen la jornada sin hacer las paces. Escuchen bien: ¿han peleado marido y mujer? ¿Hijos con padres? ¿Han peleado fuerte? Pero no está bien. Pero no es el problema: el problema es que este sentimiento esté al día siguiente. Por esto, si han peleado, nunca terminen la jornada sin hacer las paces en familia. ¿Y cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solamente un pequeño gesto, una cosita así. ¡Y la armonía familiar vuelve, eh! ¡Basta una caricia! Sin palabras. Pero nunca terminar la jornada en familia sin hacer las paces. ¿Entendido? ¡No es fácil, eh! Pero se debe hacer. Y con esto la vida será más bella.

Estas tres palabras-claves de la familia son palabras simples y quizás, en un primer momento, nos hacen sonreír. Pero cuando las olvidamos, no hay más nada para reír, ¿verdad? Nuestra educación, quizás, las descuida demasiado. El Señor nos ayude a volverlas a poner en el justo lugar, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra convivencia civil. Y ahora los invito a repetir todos juntos estas tres palabras: “permiso, gracias, perdón”… ¡todos juntos! Plaza: “permiso, gracias, perdón”. Son tres palabras para entrar realmente en el amor de la familia, para que la familia quede bien. Luego, repetir aquel consejo que he dado, todos juntos: nunca terminar la jornada sin hacer las paces. Todos, (plaza): “nunca terminar la jornada sin hacer las paces”. Gracias.

Autor: Papa Francisco | Fuente: es.radiovaticana.va

sábado, 16 de mayo de 2015

Con las armas de la paz, el perdón y la comprensión



“Queridos hermanos, ante la mirada de la Virgen de la Caridad del Cobre, deseo hacerles a ustedes un llamado para que den nuevo vigor a su fe, para que vivan de Cristo y para Cristo y, con las armas de la paz, el perdón y la comprensión, luchen para construir una sociedad abierta y renovada, una sociedad mejor, más digna del hombre, que refleje más la bondad de Dios”.

Benedicto XVI se encuentra entre una multitud de cubanos celebrando Misa en la Plaza Antonio Maceo en Santiago de Cuba. Es la solemnidad de la Anunciación del Señor, lunes 26 de marzo de 2012, y han sido estas las palabras conclusivas de su homilía. Acaba de llegar a Cuba ¿Conserva vivo el lector el recuerdo?
No queremos olvidar este recientísimo viaje del papa Benedicto XVI que es como un inmenso y entrañable abrazo a todos los pueblos de la América de habla hispana; por el contrario, deseamos mantenerlo como punto seguro de referencia para nuestra oración y una actuación cristiana responsable. Más aún, durante este mes de mayo 2012 especialmente dedicado a buscar a Jesucristo a través de María, Madre suya y Madre nuestra.

Se estaba celebrando el 400 aniversario del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, un feliz acontecimiento que motivó este viaje de Benedicto XVI.

*** ¿Que cuál es su historia? La imagen apareció a principios de 1613 en la Bahía de Nipe, la mayor de Cuba. Fue avistada por tres esclavos: un muchacho negro de 10 años (Juan Moreno) y dos hermanos de pura sangre india (Juan y Rodrigo de Hoyos), que trabajaban en las minas de cobre de la región. En un relato -que se conserva en el llamado “Archivo de Indias”, en Sevilla, España-,  hecho bajo juramento eclesiástico setenta y cinco años después del suceso, Juan Moreno contó cómo ocurrieron los hechos.

Los jóvenes, que habían ido en busca de sal, divisaron la imagen en madera de la Virgen con el Niño Jesús en brazos -la misma que hoy es objeto de veneración por el pueblo cubano-, que se les acercaba flotando en las aguas. En una tabla podía leerse: "Yo soy la Virgen de la Caridad". ***

El martes 27 de marzo de 2012 el papa Benedicto XVI, después de  celebrar la Santa Misa en privado en el Seminario San Basilio Magno de Santiago de Cuba, se trasladó al cercano santuario de la Virgen de la Caridad de El Cobre.

El Papa se detuvo en oración ante el Santísimo Sacramento y luego se arrodilló también ante la imagen de la Virgen de la Caridad. Cumpliendo el ritual del Año Jubilar por el Centenario del hallazgo, encendió una vela y recitó la Oración a la Virgen. Benedicto XVI, por último, se asomó a la entrada principal del santuario para saludar y bendecir a los fieles reunidos en la plaza y a lo largo de la escalinata, a quienes dirigió la palabra:
He venido -queridos hermanos y hermanas, les dijo- como peregrino hasta la Casa de la bendita imagen de Nuestra Señora de la Caridad, “la Mambisa”, como ustedes la invocan afectuosamente. Su presencia en este poblado de El Cobre es un regalo del cielo para los cubanos.

Reciban el cariño del papa y llévenlo por doquier, para que todos experimenten el consuelo y la fortaleza en la fe.

Hagan saber a cuantos se encuentran cerca o lejos que he confiado a la Madre de Dios el futuro de su Patria, avanzando por caminos de renovación y esperanza, para el mayor bien de todos los cubanos. También he suplicado a la Virgen Santísima por las necesidades de los que sufren, de los que están privados de libertad, separados de sus seres queridos o pasan por graves momentos de dificultad. He puesto asimismo en su inmaculado Corazón a los jóvenes, para que sean auténticos amigos de Cristo y no sucumban a propuestas que dejan la tristeza tras de sí.

Ante María de la Caridad, también me he acordado de modo particular de los cubanos descendientes de aquellos que llegaron aquí desde África, así como de la cercana población de Haití, que aún sufre las consecuencias del conocido terremoto de hace dos años. Y no he olvidado a tantos campesinos y a sus familias, que desean vivir intensamente en sus hogares el Evangelio, y ofrecen también sus casas como centros de misión para la celebración de la Eucaristía.

A ejemplo de la Santísima Virgen, animo a todos los hijos de esta querida tierra a seguir edificando la vida sobre la roca firme que es Jesucristo, a trabajar por la justicia, a ser servidores de la caridad y perseverantes en medio de las pruebas. Que nada ni nadie les quite la alegría interior, tan característica del alma cubana.

Autor:  Emilio Palafox Marqués

viernes, 15 de mayo de 2015

La libertad



Pocas palabras son más seductoras que LIBERTAD.

Pero por desgracia esta palabra se entiende mal.

Para muchos la libertad es hacer lo que les apetece. Esto es ser esclavo de los instintos.

Y los instintos son ciegos.

Por eso deben subordinarse a la razón.

La verdadera LIBERTAD es la capacidad de poder elegir entre dos valores auténticos.

Pero elegir el mal porque apetece es una esclavitud.

Por eso las normas son necesarias para que el hombre se realice como persona humana.

Aunque a veces las normas no gusten. Pero si la vid no se poda no da fruto.

Las vías del tren obligan, pero ayudan a avanzar y a llegar.

Si el tren, para ser libre, se sale de la vía se despeña.

Por eso Dios nos ha dado unos mandamientos.

No para quitarnos la libertad, sino para ayudarnos a llegar a la gloria eterna, que es la única razón por la cual estamos en este mundo.

El cristiano se siente libre, no porque hace lo que quiere, sino porque quiere hacer lo que Dios manda.

Obedece a Dios voluntariamente.

Porque Dios no quita la libertad para lo bueno, sino para lo malo.

Con esto ayuda al hombre.

Elegir lo malo es una equivocación.

Quitar la libertad para lo malo es un bien.

El ludópata quiere libertad para jugarse el dinero, pero es un esclavo de su vicio. Lo mismo el drogadicto o el maníaco sexual. Son esclavos.

Autor:  Padre Jorge Loring


jueves, 14 de mayo de 2015

¿Por muchos o por todos?



Durante la consagración del cáliz oíamos decir al sacerdote hasta hace poco: Sangre que será derramada por todos; ahora dice: derramada por muchos y ya no por todos. ¿Qué Cristo no murió por todos? ¿Por qué este cambio? El Papa Benedicto XVI lo explica en una carta a los obispos alemanes, de la que le ofrecemos algunas razones del cambio.

1°. En la consagración del cáliz, dice Jesús en el evangelio de san Marcos: Esta es mi sangre de la Alianza que es derramada por muchos (Mc 14, 24). Lo mismo dice san Mateo. De aquí provienen las palabras de la consagración en la misa.

2°. Estos textos son palabras de Jesús, hacen referencia a los cantos del Siervo de Dios del profeta Isaías y explican el sentido de su muerte: siendo inocente, justificará mi Siervo a muchos (Is 53, 11). Es una cita literal del profeta, y la palabra utilizada por Isaías significa muchos o la muchedumbre; pero no significa todos. Es verdad que una muchedumbre pueden ser todos; pero no necesariamente. Esto es ya una añadidura.

3°. Tanto los evangelistas como los apóstoles y la iglesia de los orígenes, sabían perfectamente que Cristo se entregó a sí mismo por el rescate de todos, que Uno murió por todos, como dice san Pablo. De esto no hay duda posible. ¿Por qué ni Jesús ni los evangelios cambiaron el texto de Isaías y dijeron todos, en lugar de muchos?

4°. Por varias razones:

a) En atención a las palabras de Jesús y al texto sagrado de Isaías; la palabra de Dios debe respetarse como llegó a nosotros;

b) Porque le importaba mucho a la iglesia primitiva explicar que la muerte de Cristo –violenta y profana- no había sido un fracaso, ni un accidente, sino que obedecía a un plan maravilloso de Dios: que un Justo entregara su vida por los injustos, un misterio del amor de Dios anunciado desde el antiguo  Testamento;

c) Finalmente, porque Jesús vino a realizar la figura del Siervo de Dios, quien, como manso cordero, se entregó en manos de sus verdugos. Jesús no es el poderoso Mesías esperado por Israel, sino el humilde y obediente Servidor de Dios y de nosotros.

5°. Entonces, ¿por qué algunas Biblias traen por todos, y no por muchos? Así lo hacen algunas traducciones modernas, a fin de ayudar a la comprensión de los lectores; no así, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén. La traducción por todos no es errónea, pero tiene más de interpretación que de traducción. Es una interpretación que va más allá de la traducción, dice el Papa Benedicto XVI.

6°.  La liturgia prefirió la fidelidad al texto del evangelio y a las palabras de Jesús, quien dijo por muchos, como Isaías. Aquí podemos constatar cómo la Iglesia cuida la fidelidad a la santa Palabra de Dios y cómo ésta se conserva viva en el espíritu de la liturgia.

7°. La santa Biblia y la Liturgia necesitan de la catequesis y de la teología. El estudio y la sabiduría de los pastores de la Iglesia, de los catequistas y de los padres de familia son indispensables para transmitir la fe a las nuevas generaciones.

Autor: Monseñor Mario De Gasperín Gasperín para www.periodismocatolico.com

miércoles, 13 de mayo de 2015

Nuestro futuro por mar y aire





Démonos una oportunidad. La precisamos como jamás. La ONU nos invita a reflexionar sobre el medio ambiente (el 5 de junio es el Día Mundial del Medio Ambiente) y sobre nuestros mares (el 8 de junio es el Día Mundial de los Océanos). Ciertamente, los pulmones del mar y del aire cada día están más contaminados, por nuestra manera de vivir, por nuestra pautas de consumo despilfarradoras e irresponsables. Por ello, es preciso tomar conciencia de nuestra relación con el hábitat y ver la manera de rectificar costumbres y de ratificar convenios internacionales para la mejora de la vida humana.
Tanto el mar como el aire son vitales para el avance y desarrollo de la humanidad. En los últimos tiempos, mucho se habla de un futuro más ecológico, pero los hechos son los que son y no se pasa de las palabras a los hechos. Sabemos que es una necesidad gestionar estos recursos de mar y aire de forma clara y contundente. Ha llegado el momento, porque nuestro mar y nuestro aire no pueden esperar más, de exigir garantías. La cuestión no es de darnos baños de economía verde, que bien pudieran ser azul o transparente, el tema es de entender lo que nos estamos jugando con nuestro comportamiento alocado e imprudente a todas horas.

Los riesgos ambientales, por mar y aire, se producen y reproducen a una velocidad de vértigo. Dicho lo cual, lo que menos parece importarnos es el daño ecológico que estamos causando a las generaciones que nos sucedan. A pesar de que este año se cumplen los cuarenta años de reflexión del Día Mundial del Medio Ambiente y el veinte aniversario del Día Mundial de los Océanos, tenemos que reconocer que dichas celebraciones han servido para bien poco. Por muchas actividades que hayamos ofrecido, seguimos siendo los mismos necios de siempre. La necedad de no orientar bien nuestra existencia causa estos males. Todo se agrava porque lo que sucede es que, desde la misma cúspide de los diversos poderes, se dice una cosa y luego se hace otra.



La permisibilidad de los poderes económicos es tan brutal, que cuesta sostener los pilares de los buenos propósitos. Continuamente, se caen ante la potestad de los mercados. Se pide a la ciudadanía de todo el mundo un consumo sostenible y, los líderes mundiales, obran de manera contraria a lo que predican. Nadie detiene la descarga de sustancias tóxicas que exceden la capacidad del aire o del mar para convertirlos en inocuos. Los Estados tampoco se ponen de acuerdo para fijar la eliminación y destrucción total de armas nucleares. La generación de energía, saben los dirigentes mundiales que es un tema central para el desarrollo y también para el medio ambiente, y no se ponen de acuerdo. Todos al fin, más los poderosos que los pobres, hemos derrochado el capital natural, empeorando la pobreza de muchos seres humanos.

Desde luego, la humanidad tiene que tomarse la vida mucho más en serio, lo que conlleva ser mejores administradores de nuestro propio medio ambiente. Hay que ir más allá del ecologismo de palabra y concretar acciones. No se pueden seguir degradando tierras y bosques, quedar pasivos ante la pérdida de hábitat y de biodiversidad, mostrar indiferencia ante un objeto que expulsa humos sin cesar. En el caso de las empresas ligadas a la producción de objetos con automotores, habría que ser más exigentes. Nos causa pavor ver a un medio de locomoción saltarse las señales de tráfico y, sin embargo, vemos que contamina en exceso el aire y la autoridad no lo detiene.

Igual sucede con la contaminación marina, es producto de nuestras actividades humanas. Se modifican cauces de ríos, se altera el flujo del agua, para levantar rascacielos. En las zonas costeras se ha permitido todo tipo de comercio especulativo sin importar para nada la destrucción marina. A este universo de despropósitos, habría que sumar el agotamiento de los recursos pesqueros. En suma; la actividad delictiva, originada tanto en mar como en aire es tremenda, merece algo más que meras reflexiones, que también, pero ha llegado el momento de pedir sensatez y de que paguen su ineptitud los que debieron actuar con el deber de su cargo.



Por mar y aire, nuestro futuro queda en entredicho. Ya está bien de vivir en la duda permanente.  La no contaminación del mar y del aire, evidentemente es un deber individual y colectivo, pero la comunidad internacional debería ser más contundente con sus denuncias. ¿Hay que generar un cambio, pero quién lo genera?.  Hay cosas que dependen de cada uno de nosotros, y otras no.  Pues empecemos por las primeras, las que nosotros podemos cambiar, y quizás, después, surjan líderes para propiciar esa mutación. A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota de brisa en el aire, pero una brisa también mueve las olas y hace mar.

Sin duda, es tiempo de unirse para dar vida a unos recursos naturales que deben preservarse más allá de las buenas intenciones. Debemos tomar partido en realidades que hagan justicia. Ningún Estado o institución internacional, pues, debe permanecer indiferente ante la justa lucha de los pueblos que se levantan contra todo tipo de contaminaciones. El dicho de que quien contamine más, que pague más,  ha de hacerse efectivo para que pueda repararse el daño. La situación actual es peligrosa por su variedad de contaminantes. En cualquier caso, lo peor que nos puede ocurrir es quedarnos sentados, sin hacer nada, a ver lo que pasa.

Autor: Víctor Corcoba Herrero