Toda la vida de
Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su
generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es
precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se
convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan, aunque no lo
reconozcan... A veces perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el
Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, porque
todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con
Jesús y el amor fraterno… Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no
puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una
respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y
elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí
donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un
infinito amor…
Unidos a Jesús,
buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos
es la gloria del Padre; vivimos y actuamos «para alabanza de la gloria de su
gracia» (Ef 1,6). Si queremos entregarnos a fondo y con constancia, tenemos que
ir más allá de cualquier otra motivación. Éste es el móvil definitivo, el más
profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo demás. Se trata
de la gloria del Padre que Jesús buscó durante toda su existencia. Él es el
Hijo eternamente feliz con todo su ser «hacia el seno del Padre» (Jn1,18). Si
somos misioneros, es ante todo porque Jesús nos ha dicho: «La gloria de mi
Padre consiste en que deis fruto abundante» (Jn 15,8). Más allá de que nos
convenga o no, nos interese o no, nos sirva o no, más allá de los límites
pequeños de nuestros deseos, nuestra comprensión y nuestras motivaciones,
evangelizamos para la mayor gloria del Padre que nos ama.
Autor: Papa Francisco. Exhortación apostólica “Evangelii
Gaudium / La alegría del evangelio” § 265.267 (trad. © copyright Libreria
Editrice Vaticana)
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