1. La luz, la alegría y la paz, que en el tiempo pascual
inundan a la comunidad de los discípulos de Cristo y se difunden en la creación
entera, impregnan este encuentro nuestro, que tiene lugar en el clima intenso
de la octava de Pascua. En estos días celebramos el triunfo de Cristo sobre el
mal y la muerte. Con su muerte y resurrección se instaura definitivamente el
reino de justicia y amor querido por Dios.
Precisamente en torno al tema del reino de Dios gira esta
catequesis, dedicada a la reflexión sobre el salmo 96. El Salmo comienza con
una solemne proclamación: "El Señor reina, la tierra goza, se alegran las
islas innumerables" y se puede definir una celebración del Rey divino,
Señor del cosmos y de la historia. Así pues, podríamos decir que nos encontramos
en presencia de un salmo «pascual».
Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús
el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la dependencia
del ser creado con respecto al Creador; también es la convicción de que dentro
de la historia se insertan un proyecto, un designio, una trama de armonías y de
bienes queridos por Dios. Todo ello se realizó plenamente en la Pascua de la
muerte y la resurrección de Jesús.
2. Recorramos ahora el texto de este salmo, que la liturgia
nos propone en la celebración de las Laudes. Inmediatamente después de la
aclamación al Señor rey, que resuena como un toque de trompeta, se presenta
ante el orante una grandiosa epifanía divina. Recurriendo al uso de citas o
alusiones a otros pasajes de los salmos o de los profetas, sobre todo de
Isaías, el salmista describe cómo irrumpe en la escena del mundo el gran Rey,
que aparece rodeado de una serie de ministros o asistentes cósmicos: las nubes,
las tinieblas, el fuego, los relámpagos.
Además de estos, otra serie de ministros personifica su
acción histórica: la justicia, el derecho, la gloria. Su entrada en escena hace
que se estremezca toda la creación. La tierra exulta en todos los lugares,
incluidas las islas, consideradas como el área más remota (cf. Sal 96, 1). El
mundo entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un terremoto
(cf. v. 4). Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y sólidas
según la cosmología bíblica, se derriten como cera (cf. v. 5), como ya cantaba
el profeta Miqueas: "He aquí que el Señor sale de su morada (...). Debajo
de él los montes se derriten, y los valles se hienden, como la cera al
fuego" (Mi 1, 3-4). En los cielos resuenan himnos angélicos que exaltan la
justicia, es decir, la obra de salvación realizada por el Señor en favor de los
justos. Por último, la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria
divina, o sea, de la realidad misteriosa de Dios (cf. Sal 96, 6), mientras los
"enemigos", es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la
fuerza irresistible del juicio del Señor (cf. v. 3).
3. Después de la teofanía del Señor del universo, este salmo
describe dos tipos de reacción ante el gran Rey y su entrada en la historia.
Por un lado, los idólatras y los ídolos caen por tierra, confundidos y derrotados;
y, por otro, los fieles, reunidos en Sión para la celebración litúrgica en
honor del Señor, cantan alegres un himno de alabanza. La escena de "los
que adoran estatuas" (cf. vv. 7-9) es esencial: los ídolos se postran ante
el único Dios y sus seguidores se cubren de vergüenza. Los justos asisten
jubilosos al juicio divino que elimina la mentira y la falsa religiosidad,
fuentes de miseria moral y de esclavitud. Entonan una profesión de fe luminosa:
"tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los
dioses" (v. 9).
4. Al cuadro que describe la victoria sobre los ídolos y sus
adoradores se opone una escena que podríamos llamar la espléndida jornada de
los fieles (cf. vv. 10-12). En efecto, se habla de una luz que amanece para el
justo (cf. v. 11): es como si despuntara una aurora de alegría, de fiesta, de
esperanza, entre otras razones porque, como se sabe, la luz es símbolo de Dios
(cf. 1 Jn 1, 5).
El profeta Malaquías declaraba: "Para vosotros, los que
teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3, 20). A la luz se
asocia la felicidad: "Amanece la luz para el justo, y la alegría para los
rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo
nombre" (Sal 96, 11-12).
El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye
el imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús
cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas
retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la justicia,
como el sol, se manifestará principio de orden del mundo" (Libro de los
misterios de Qumrân: 1 Q 27, I, 5-7).
5. Antes de dejar el salmo 96, es importante volver a
encontrar en él, además del rostro del Señor rey, también el del fiel. Está
descrito con siete rasgos, signo de perfección y plenitud. Los que esperan la
venida del gran Rey divino aborrecen el mal, aman al Señor, son los
"hasîdîm", es decir, los fieles (cf. v. 10), caminan por la senda de
la justicia, son rectos de corazón (cf. v. 11), se alegran ante las obras de
Dios y dan gracias al santo nombre del Señor (cf. v. 12). Pidamos al Señor que
estos rasgos espirituales brillen también en nuestro rostro.
Autor: S.S. Beato
Juan Pablo II, Audiencia del Miércoles 3 de abril del 2002
No hay comentarios:
Publicar un comentario