"Hijo mío, tus pecados te son perdonados".Por
estas palabras, Cristo quiso ser reconocido como Dios mientras todavía se
escondía a los ojos humanos bajo el aspecto de un hombre. A causa de las
manifestaciones de su poder y sus milagros, se le comparaba con los profetas; y
sin embargo era gracias a él y gracias a su poder, que ellos también habían
hecho milagros. Conceder el perdón de los pecados no está en poder del hombre;
es la marca propia de Dios. Así es como Jesús comenzaba a descubrir su
divinidad en el corazón de los hombres - y esto provoca la rabia en los
fariseos que replican: "¡Blasfema! ¿Quién puede borrar los pecados, si no
sólo Dios?"
¡Tú,
fariseo, crees que sabes y eres sólo un ignorante! ¡Crees que celebras a tu
Dios y no lo reconoces! ¡Crees que das testimonio, y das golpes! ¿Si es Dios
quien absuelve los pecados, por qué no admites la divinidad de Cristo? Si pudo
conceder el perdón de un solo pecado, es pues él quien borra los pecados del
mundo entero: "Este es el cordero de Dios, el que quita el pecado del
mundo" (Jn 1,29). Para que puedas comprender su divinidad, escúchalo – ya
que él penetró el fondo de tu ser. Míralo: él alcanzó la profundidad de tus
pensamientos. Acepta, al que desnuda las intenciones secretas de tu corazón.
Autor: San Pedro Crisólogo (v. 406-450), obispo de Rávena, doctor
de la Iglesia; Sermón 50; PL 52, 339
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