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¿Cuántos
moralistas modernos o lectores podrían decir que es la eutrapelia? La
eutrapelia, con todo, es la virtud que nos ubica en
el justo medio entre el espíritu de relajación lúdica y el exceso en la
seriedad. Propia del espíritu aristocrático, la eutrapelia es una nota
típíca del equilibro y madurez del cristianismo, tras haber sido mal
comprendida durante siglos.
Fue Aristóteles quien inició el tratamiento de esta virtud. Posteriormente pasó
casi al olvido, quizás porque la palabra "eutrapelia" se confundió
con la disipación y el espíritu payasesco. San Pablo empleó el vocablo en ese
sentido peyorativo cuando en su carta a los efesios (5,4) los exhortaba a
evitar "las conversaciones tontas o la bufonería (eutrapelia)",
término que la Vulgata traduce por "scurrilitas". Los Padres
de la Iglesia primitiva mantuvieron, por lo general, dicha tesitura, condenando
la falta de seriedad, la propensión a la broma incesante. Es decir que en los
primeros siglos del cristianismo se tendió a confundir la eutrapelia con lo que
Aristóteles había fustigado como un exceso del espíritu lúdico.
Fue Santo Tomás quien al redescubrir a Aristóteles retomó, también aquí, la
enseñanza del Estagirita, elaborando una doctrina de la eutrapelia plenamente
integrada en la ética cristiana. Aristóteles había tratado el asunto
principalmente en su Ética a Nicómaco, que el Aquinate comentó con gran
penetración, desarrollando luego ese análisis en distintos lugares de la Summa
Teológica, pero sobre todo en una cuestión dedicada toda ella al estudio de
dicha virtud. Es principalmente en este último lugar donde nos ha dejado un
análisis admirable que proporciona los grandes principios de lo que podría
denominarse "la filosofía y teología del juego y de las diversiones".
En la arquitectura de la moral tomista, la virtud de la eutrapelia encuentra su
lugar como parte de la virtud de la modestia, y ésta, a su vez, como parte
potencial de la virtud de la templanza (1). Expongamos, pues, la enseñanza
aristotélico-tomista.
1. El reposo del trabajo
En la Ética a Nicómaco comienza Aristóteles su inquisición preguntándose si al
hombre culto y perteneciente a una civilización refinada le es lícito buscar
descanso en la broma placentera y el juego. Y responde, sin dudar, por la
afirmativa. Santo Tomás reforma su razonamiento: "Tiene el juego cierta
razón de bien, en cuanto que es útil a la vida humana. Porque así como el
hombre necesita a veces descansar de los trabajos corporales desistiendo de
ellos, así también se necesita a veces que el alma del hombre descanse de la
tensión del alma, con la que el hombre encara las cosas serias, lo que se hace
por el juego" (2).
Tal sería su primera aproximación a la materia. El hombre tiene la experiencia
del cansancio, sintiendo la necesidad de reposo, de distracción. El descanso
del cuerpo lo obtiene suspendiendo el ejercicio corporal; la mente, en cambio,
encuentra su solaz en la "diversión" (di-versio = apartamiento) de la
atención hacia otros objetos agradables, distintos de los que integran su
trabajo habitual.
En la Summa vuelve sobre lo mismo: "Así como la fatiga corporal se repone
por el descanso orgánico, también la fatiga espiritual se restaura por el
reposo espiritual. Sabiendo, pues, que el reposo del espíritu se halla en el
placer, como hemos visto anteriormente, debemos buscar un placer apropiado que
alivie la fatiga espiritual procurando una interrupción en la tensión del
espíritu". Y trae aquí a cuento un relato que se conserva en la llamada
"Colación de los Padres". Habiéndose escandalizado algunos de
sorprender al evangelista San Juan jugando con sus discípulos, mandó éste a uno
de ellos que arrojara una flecha. Lo hizo una vez, otra vez... "¿Podrías
hacerlo continuamente?". "No, le respondió, porque se rompería el
arco". "Eso mismo sucede al alma si se mantiene siempre en la misma
tensión", concluyó San Juan. Y agrega Santo Tomás: "Esos dichos o
hechos en que no se busca sino el placer del espíritu se denominan juegos y
fiestas, y es preciso usarlos para descanso del alma" (3).
2. La elegancia del espíritu
Aristóteles nos ofrece una aproximación al "hombre eutrapélico":
"Los que tienen gusto por el humor, moderado (moderate ludentes) se llaman
eutrapelos, es decir, bien orientados (bene vertentes)". Básase el
Estagirita en el origen semántico de la palabra eutrapelia, que significa
bueno, pero también – y en nuestro caso – con facilidad, bien,
convenientemente; trapelia se traduce movilidad, agilidad, sustantivo que
proviene de dar vuelta y giro. Tras las huellas de Aristóteles, Santo Tomás se
refiere tanto a la virtud como al que la encarna en los siguientes términos:
"Todas estas cosas (los descansos, las diversiones, el juego) han de estar
ponderadas por la razón. Y como todo hábito que obra en conformidad con la
razón es virtud, síguese que acerca del juego puede darse también virtud, que
el Filósofo llama "eutrapelia". Y al hombre que tiene la gracia de
convertir en motivo de solaz las palabras y obras, le llaman
"eutrapélico", palabra que viene de "buen giro" (bona
versio)" (4).
Porque así como el cuerpo se vuelve hacia acá o hacia allá, según las
necesidades, también el alma se comporta de manera semejante, orientándose en
una u otra dirección. Muchas veces juzgamos a un hombre por los movimientos de
su cuerpo, escribe Aristóteles; de manera análoga los movimientos del alma
revelan la calidad de su espíritu. Santo Tomás retoma esa idea diciendo que las
diversas actitudes que alguien puede tomar cuando está en un grupo – al inducir
a la risa en exceso, o con defecto, o de manera moderada – son indicio de su disposición
interior. "Porque así como por los movimientos corporales se disciernen
las disposiciones interiores de los cuerpos, así por las obras exteriores se
conocen las costumbres interiores".
La eutrapelia es, pues, la virtud del que "gira bien", del que sabe
ubicarse como conviene al momento, una virtud aristocrática, propia de quien
posee agilidad espiritual, por la que es capaz de "volverse"
fácilmente a las cosas bellas, joviales y recreativas, sin lastimar por ello la
elegancia espiritual del movimiento, sin perder la debida seriedad y su
rectitud moral.
3. La gracia del hombre liberal
No nos referimos, por cierto, a lo que los políticos llaman
"liberales", que por lo general suelen tener bastante poca gracia.
Usamos este calificativo, tras Aristóteles y Santo Tomás, para designar al
hombre desprendido, desapegado de los bienes materiales, a tal punto que se
vuelve capaz de ser generoso, dadivoso..., liberal. Y así Aristóteles, luego de
decir que la virtud de la eutrapelia consiste en un medio entre dos extremos
viciosos, aquel que peca por exceso y aquel que falla por defecto, agrega:
"El medio propio (de la eutrapelia) es el de la distinción. Es propio de
la distinción decir y oír lo que conviene a un hombre liberal. Hay ciertas
cosas que un hombre de bien puede decir y oír en el campo lúdico. El juego
liberal (liberalis ludus) se diferencia del servil, como el disciplinado del
indisciplinado" (5).
Santo Tomás interpreta este texto del Filósofo diciendo que hay un juego que
conviene al hombre liberal, o sea, a aquel cuyo ánimo está libre de pasiones
serviles: "El juego del hombre liberal, es decir, del que por propia
voluntad intenta obrar bien, difiere del juego del hombre servil, que se ocupa
de las cosas serviles. Y el juego del hombre disciplinado, es decir, del que
está instruido de cómo deba jugar, difiere del juego del hombre indisciplinado,
al que ninguna disciplina refrena en el juego" (6).
4. El juego y la felicidad
Por noble que sea el juego cuando se lo entiende como corresponde, sin embargo
no parece que pueda ser considerado como el summum de la vida humana.
Preguntándose Aristóteles si no será en el juego donde se encuentra la
felicidad, responde: "La felicidad no consiste en el juego. Sería un
absurdo que la diversión fuera el fin de la vida... Según Anacarsis parece
recto divertirse para dedicarse después a asuntos serios. La diversión es una
especie de reposo, y como no se puede trabajar sin descanso, el ocio es una
necesidad. Pero este ocio, ciertamente, no es el fin de la vida, porque sólo
tiene lugar en razón de la futura operación. La vida dichosa es la vida
conforme a la virtud; ésta va con el gozo, pero no con el gozo del juego. Las
cosas serias son mejores que las que mueven a risa y a chanza, y el acto de la
mejor parte del hombre, o de lo mejor del hombre, se considera siempre como el
acto más serio" (7).
Santo Tomás coincide con el Estagirita en su afirmación de que la felicidad
radica en la vida virtuosa, no en el juego. Si el juego fuera la felicidad,
sería el fin de toda la vida humana, de modo que el hombre trabajaría y haría
todas las demás cosas sólo para jugar. Juzga, por consiguiente, acertado lo que
afirmaba Anacarsis: "Los hombres, como no pueden trabajar continuamente,
necesitan de descanso. Por donde se ve que el juego o el descanso no es el fin;
porque el descanso es para el trabajo, es decir, para que después el hombre
trabaje con más intensidad. Por lo que se ve que la felicidad no consiste en el
juego" (8). ¿No se contrapone esto a lo que anteriormente dijimos, es a
saber, que el juego se caracteriza por ser de alguna manera "inútil",
no ordenado a ningún fin práctico? Nos parece que no, ya que si bien el juego
no tiene en sí mismo finalidad alguna, con todo, la razón por la cual se lo
lleva a cabo lo ordena de hecho extrínsecamente a un fin determinado, que es,
en este caso, la recuperación de las fuerzas del alma y el ulterior trabajo.
Concluye Santo Tomás: "Algunos ponen la felicidad en el juego, por el
deleite que hay en el juego. La felicidad tiene, es verdad, cierto deleite,
porque es operación según la virtud, que existe con gozo. Pero no, sin embargo,
con el gozo del juego. Porque siendo la felicidad el bien sumo del hombre, es
preciso que consista en las cosas óptimas. Pues bien, decimos mejores a las
cosas virtuosas, que se obran con seriedad, que a las risueñas, que se hacen
con juego. Y esto es claro: porque la operación que es de la mejor parte del
alma, y que es propia del hombre, es más virtuosa. Es claro que la operación
que es de la mejor parte, es mejor, y por consiguiente más feliz" (9).
Tal es la doctrina aristotélico-tomista acerca de la virtud de la eutrapelia.
No será el juego lo más elevado del hombre; con todo "el juego es
necesario para el desarrollo de la vida humana" (10).
La virtud de aquellos que, al decir de Aristóteles, saben "desenvolverse
bien", comportarse adecuadamente cuando están en grupo, ocupó un lugar
importante en el sistema de virtudes del hombre culto tradicional. Fue en ese
clima de eutrapelia donde se formó un alto ideal griego del hombre alegre y
serio a la vez (11).
La eutrapelia, en última instancia, fue para el pensamiento antiguo la virtud
que rige las relaciones de la amistad y la afabilidad (12).
Al asumir la enseñanza de Aristóteles e impregnarla con el espíritu del
Evangelio, luego de siglos en que los autores se habían inclinado a confundir
la eutrapelia con la bufonería, el Doctor Angélico puso las cosas en su punto.
La ética cristiana heredó así el ideal del humanismo griego y lo llevó a su
plenitud, cosa que sólo el cristiano era capaz de realizar perfectamente,
porque sólo él tiene conciencia exacta de su situación entre el cielo y la
tierra, entre Dios y el mundo, entre el espíritu y la carne, entre la esperanza
y la desesperación. Sólo el cristiano que vive en gracia puede ser de manera
plenaria un homo ludens; fundado en Dios, puede "orientarse" como
corresponde, ser eutrapelos. Doctrina grandiosa, comenta Hugo Rahner; entonces
el cristiano puede jugar y divertirse, entonces el sonreír y el reír pueden ser
una virtud. "Acá se abren las puertas para la teología medieval del
cristiano gozoso, capaz de percibir en todas las cosas creadas sus límites e
insuficiencias, y por eso justamente puede reírse de todo, porque sabe de la
santa seriedad de lo divino. El que no comprende esto pertenece al grupo para
los cuales Santo Tomás acuñó la exquisita expresión de ´non molliuntur
delectatione ludi´ (no se ablandan con el placer del juego)" (13).
De hecho, la doctrina tomista de la eutrapelia penetró el tejido social de la
Edad Media, tan erróneamente considerada como una época triste y aburrida. Las
llamadas risa paschalia; las escenas burlescas representadas en los
bajorrelieves de numerosos templos y catedrales, como por ejemplo en la iglesia
de Vézelay (14); las denominadas "fiestas de los locos", en que se
festejaba una suerte de superación o abolición de la razón, en un espíritu
semejante al que caracteriza a "los locos por Dios" del mundo eslavo;
la "fiesta de los asnos", con sus rebuznos lanzados contra altos
"dignatarios" no siempre tan dignos; la llamada "fiesta de los
obispillos", donde un grupo de chicos se disfrazaban de obispos, tomando
en chacota a las jerarquías locales; son otras tantas expresiones del humor
medieval, libre y ocurrente (15).
Como dijimos al comienzo, la enseñanza moral de los últimos siglos fue
olvidando más y más la doctrina del Angélico y el espíritu lúdico medieval. La
virtud de la eutrapelia entró en un cono de sombra, no subsistiendo de ella
sino una breve y seca definición en los manuales de teología moral. Quizás fue
Kierkegaard el primer cristiano moderno que llamó la atención sobre la
importancia del humor no sólo para la cultura del hombre sino también para el
progreso mismo de su vida religiosa.
Autor: cristiandad.org
* * * * *
1. Cuando se afirma que la modestia es una parte
potencial de la virtud de la templanza, se quiere decir que es una de estas
virtudes que pertenecen al ámbito de la templanza, pero que moderan las cosas
que son más fáciles de moderar. A la modestia pertenecen distintas virtudes,
entre las cuales se encuentra nuestra querida eutrapelia.
2. Comm.
in Eth. Nic., lib. IV, lect. 16, n. 851.
3. Summa
Theol. II-II, 168, 2, c.
4. Íbid.
5. Ética a Nicómaco, lib. IV, cap. 14.
6. Comm.
in Eth. Nic., lib. IV, lect. XVI, nn. 857-858.
7. Ética
a Nicómaco, lib. X, cap. 6.
8. Comm.
in Eth. Nic., lib. X, lect. IX.
9. Íbid.
10. Santo
Tomás, Summa Theol. II-II, 168, 3, ad. 2.
11. Cf. Platón, Leyes, I, 647d.
12. Cf. art. "Eutrapélie", de H. Rahner,
en Dict. Sp., col. 1726-1727.
13. "Eutrapelie, eine vergessene Tugend",
en Geist und Leben t. 27 (1954), 350.
14. Tales escenas, y otras posteriores, han
suscitado curiosas reacciones e interpretaciones en diversas personalidades y
especialistas de arte: "¡Qué irreverencia, qué diluvio de fábulas sobre la
Virgen, los santos y el mismo Dios!", exclamaba Renan; Viollet-le Duc
intentaría introducir la explicación del imaginero laico, antierreligioso y
librepensador, y algunos españoles prefirieron culpar a algún erasmista
infiltrado o a presuntos imagineros tocados de luteranismo...
15. Cf. J. Lozano, "Humor y
cristianismo", en Razón y Fe 187 (1973) 440-442. Para comprender mejor
cómo la Edad Media valoró la eutrapelia, cf. asimismo las detalladas recomendaciones
que se daban a los Reyes en orden a vencer la tristeza en Siete Partidas II, V,
XX; y los diversos consejos contra la acedia en Glosa castellana al Regimiento
de Príncipes, de Egidio Romano, Libro del Caballero Zifer y Libro del caballero
et del escudero, de Don Juan Manuel.